Si bajas un poco el foco de tu matrimonio, puede que mejore A veces, justo eso es lo que ayuda: dar un paso atrás. Salir de la situación y observar desde afuera nos permite ver las cosas con más claridad, y la relación no es la excepción.
Un consejo poco común
Trabajo como terapeuta de pareja y mi labor principal es facilitar una comunicación auténtica entre ambos. Que se abran, sin secretos ni resentimientos guardados, y que su matrimonio sea un espacio seguro para compartirlo todo: hablar de los problemas y trabajar en ellos.
Pero si después de un tiempo (unos seis meses) uno de los dos sigue infeliz, vale la pena que esa persona reflexione si el problema no está en sí misma, bloqueando el buen funcionamiento de la relación. Esto suele sorprender, pero entonces recomiendo que se concentre solo en sí mismo, no en la pareja, para descubrir la raíz de su insatisfacción.
En muchos casos, se revela que el problema no es con la pareja, sino que la persona sufre ansiedad, depresión, o carga con traumas no resueltos, un estilo de apego desarrollado antes del matrimonio (por ejemplo, evitativo), o un trastorno de personalidad no diagnosticado. Por eso, cuando no hay mejoría, enfocarse en uno mismo y buscar terapia individual puede ser la clave.

¿Quién tiene la culpa?
Durante dos años sufrimos mi esposo y yo; algo no funcionaba entre nosotros, pero no sabíamos qué. Estaba convencida de que era culpa de él, pero fui sola a un especialista y descubrí cosas sobre mí que me sorprendieron.
Resultó que seguía patrones negativos de relaciones que vi en mi familia y culpaba a mi pareja, cuando en realidad yo estaba viendo las cosas mal. Al trabajar esos malos hábitos, nuestra relación mejoró.
El camino más fácil
Aprendí en carne propia que siempre es más fácil culpar al otro que enfrentarnos a nosotros mismos: a nuestra baja autoestima, ansiedad, miedos y errores. Ya estábamos organizando el divorcio cuando finalmente entendí que el problema no era el matrimonio, sino yo.
Por separado
La terapia de pareja no nos ayudó, pero cuando empezamos a trabajar individualmente con especialistas, la mejora fue casi inmediata. Dos personas heridas intentaban encajar, pero no lo lograban. (Cuando digo "heridos", no me refiero a traumas graves, sino a experiencias, patrones y recuerdos difíciles que ambos debían trabajar).
La lección fue clara: dos piezas dañadas nunca funcionarán juntas, a menos que primero las arreglemos por separado.
La presión
Casi pierdo mi matrimonio por el nuevo trabajo de mi esposo. Llevaba años esperando un ascenso y parecía feliz en su nuevo puesto. Pero cuando las peleas se hicieron insoportables, le dije que me iba a casa de mi madre por un mes para ver si la distancia nos hacía bien.
En la segunda semana me llamó para decirme que sin mí también estaba igual de estresado y que, en el fondo, odiaba su nuevo trabajo. Ni siquiera se lo había admitido a sí mismo, pero no se sentía bien en ese puesto, así que volvió a su antiguo trabajo y todo mejoró.

Causa y efecto
Después del nacimiento de nuestro tercer hijo, tuvimos problemas serios, aunque queríamos y esperábamos al bebé más pequeño. Por más que hablábamos y lo intentábamos, sentía que algo no estaba bien. Una amiga me aconsejó que analizara mi vida “sin mi esposo” y tenía razón.
Descubrí que no era mi pareja el problema, sino que yo estaba ansiosa porque me asustaba la llegada del tercer hijo. Manejar tantos niños era más difícil de lo que esperaba y sentía que nos habíamos sobrecargado. Eso me consumía por dentro y buscaba la causa en el lugar equivocado: en mi matrimonio.











