Confesiones de hombres sobre la dualidad que llevan dentro y cómo transforma sus relaciones.
Todo cambia con el tiempo
Nunca quise engañar a ninguna de mis parejas. Pero con el tiempo, toda relación se transforma. Al principio, la motivación siempre es la misma: conquistar a la chica y no perderla jamás. Y cuando lo consigues, es maravilloso. Necesitas ese cuidado, esa calma, esa sensación de que ya no tienes que luchar cada día. La intimidad que solo da una relación estable.
Pero entonces aparece otra mujer. Una que despierta en ti algo que llevaba mucho tiempo dormido. Vuelve la adrenalina, la química salvaje, esa electricidad que hace que la seguridad de casa parezca, de repente, aburrimiento. Y ante eso, muchos hombres sienten que no pueden hacer nada.
La metáfora del fuego
Estudié Literatura, así que lo explicaré con una metáfora. Todo empieza con una chispa. Así le pasa a cada hombre, y quien diga lo contrario, miente. La chispa aparece, la avivámos, y se convierte en fuego. Vivimos para ese fuego. Nos consume.
Pero el fuego —como todo fuego— acaba convirtiéndose en ceniza, porque nada arde para siempre. Eso es exactamente lo que ocurre cuando te instalas junto a una mujer por la que antes perdiste la cabeza. Bajo la ceniza todavía queda brasa: cálida, reconfortante... pero ya sin llamas. Y sin darte cuenta, empiezas a añorar el fuego otra vez. Y si salta una nueva chispa —con otra mujer— la tentación de avivarla se vuelve casi irresistible.
Dos necesidades distintas
Soy un hombre con una buena posición económica. Mis amigos también. Y sé, de todos ellos, que tienen una amante además de su esposa. Igual que yo. La razón es sencilla. La esposa es la mujer con quien quisiste formar una familia, la madre de tus hijos, el pilar que sostiene el hogar, quien gestiona el día a día y cuida de los que más quieres.
La amante es el deseo, la aventura. Con ella no eres padre ni cabeza de familia: eres, simplemente, un hombre.
La caza que nunca termina
La mayoría de los hombres divide a la mujer ideal en dos, porque ninguna mujer puede —ni debería tener que— satisfacer todas nuestras necesidades, al menos no para siempre. Sería inútil negarlo: lo que nos mueve es la caza. Una mujer nos interesa mientras no la hemos conquistado del todo. Cuando ya es nuestra, cuando sabemos que nos espera en casa y no tenemos que perseguirla, algo empieza a faltarnos lentamente. La ausencia de la caza. Porque lo que ya hemos conquistado no puede volver a conquistarse.
¿Te identificas con alguno de estos patrones? La infidelidad emocional también tiene sus señales, y muchas veces empieza mucho antes de que ocurra algo físico.
Una cuestión de respeto
En mi caso, todo tiene que ver con el respeto. Con mi amante hago cosas en la cama que jamás le pediría a mi esposa. Ni se lo pediría, ni querría que ella lo hiciera. Porque mi esposa es otra cosa: es quien me recibe con una cena caliente, quien me consuela cuando algo va mal, a quien me alegra volver cada noche, junto a quien envejeceré. La amo, y ella me ama. Daría mi vida por ella.
Pero mi amante satisface una necesidad que mi esposa no puede cubrir. Con ella me permito descontrolarme. Me vuelve loco, en el mejor sentido. Solo pensar en ella me altera. Sé que no estará en mi vida para siempre, y eso me aterra y me alivia al mismo tiempo. De cada una recibo algo distinto. Y, para ser honesto, siento que necesito a las dos.











