Normalmente no notamos nuestros propios cambios mientras ocurren. Claro, hay excepciones y a veces te das cuenta de que estás tomando un nuevo camino, pero realmente solo reconoces tu transformación cuando ya se ha vuelto parte de tu rutina diaria.
Un buen ejemplo es la pérdida de peso: cuando empiezas a bajar esos kilos de más, te sientes mejor, recibes cumplidos y los aceptas. Pero por dentro no estás feliz, aún no has llegado a ese lugar emocional; eso no cambiará hasta que alcances el peso deseado o te sientas satisfecha con lo que ves en el espejo.
Lo mismo pasa en las relaciones: tu pareja ya nota y siente tu cambio hace tiempo, pero solo lo aceptas cuando tú también te das cuenta.
Cuando las diferencias aumentan y las discusiones son más frecuentes, no siempre significa que la otra persona esté arruinando todo. Probablemente tú tampoco eres perfecta. Estas seis señales te pueden ayudar a identificarlo:
No estás satisfecha contigo misma
Puede sonar a cliché, pero es verdad: cuanto más te aceptes y te quieras, más amor genuino podrás dar a tu pareja. Si luchas constantemente con la inseguridad, abres la puerta a problemas como los celos, la ansiedad, el pesimismo y la incertidumbre. Todo esto afecta tu vida diaria y, por supuesto, tu relación.
Te ofendes con facilidad
Es agotador emocionalmente para ambos cuando, tras una discusión, te cierras y no quieres hablar. Si no puedes dejar atrás lo que pasó y sigues sacándolo a relucir, además de esperar que tu pareja te consuele o pida perdón, complicas mucho la convivencia.
Discutir está bien, y tomarse un tiempo para reflexionar también, pero no está bien guardar rencor por horas o días. Así solo te castigas a ti misma, a tu pareja y a la relación.

No comparten las responsabilidades por igual
Una relación saludable se basa en compartir las tareas y responsabilidades. No siempre es perfecto en cada situación, pero lo importante es apoyarse mutuamente.
Varios estudios han confirmado que las relaciones y la vida sexual mejoran cuando ambos comparten las cargas. Esto incluye no solo el dinero, sino también las tareas del hogar, el cuidado de los hijos, la organización del tiempo libre y los planes.
No reconoces tus errores
Ser terco o orgulloso puede ser valioso, pero no cuando se trata de resolver conflictos en pareja. Es negativo si ves a cada uno como partes separadas en lugar de un equipo, eso no ayudará a avanzar.
Debes asumir la responsabilidad de tus errores, y tu pareja también. Si no, nunca encontrarán soluciones juntos. En lugar de enfocarse en quién tiene la razón, es más útil concentrarse en cómo resolver el problema.
Asumes que la culpa siempre es del otro
No tienes que culparte por todo, pero es fundamental aceptar que todos cometemos errores en la relación. Si piensas que la culpa siempre es externa, no ayudas a solucionar nada.
Es curioso cómo funciona la naturaleza humana: cuando la relación va bien, reconocemos que ambos ponen de su parte.
En esos momentos sabemos que el trabajo en equipo es lo que ha hecho posible la armonía. Pero cuando llegan las dificultades, pocos admiten sus errores y es más fácil culpar al otro. Sin embargo, para que las cosas mejoren se necesitan dos, y ambos deben asumir la responsabilidad de enfrentar los problemas.

Piensas lo peor de tu pareja
No hay mejor manera de preparar una discusión que no confiar en lo mejor de tu amor. Sin embargo, muchas personas cometen este error y esperan que la otra persona intente herirlas.
Exceptuando las relaciones abusivas (que no tienen futuro real), la mayoría no busca lastimar a su pareja a propósito. Las ofensas suelen ser fruto de descuidos, impulsos o enojo, no de mala intención. En lugar de esperar esos errores, es mejor aprender a dejarlos pasar y no darles más importancia.











