¿Qué edad se considera "mayor" para buscar pareja? Si le preguntas a alguien de veinte, te dirá que a partir de los 40. Los treintañeros apuntan a los 50, y los cuarentones señalan los 60. Pero da igual dónde pongas la línea: la realidad es que buscar el amor se vuelve más complicado con los años.
No es que sea imposible. Es que llega con un equipaje que a los veinte ni imaginabas. Estas son las trabas más reales de enamorarse cuando ya tienes una vida hecha.
Las manías que ya no puedes cambiar
Pasados los cuarenta, todos somos personalidades ya formadas, con nuestras rarezas incluidas. En una relación que empieza tarde, esas manías no se moldean poco a poco: recibes al otro "ya hecho", y por eso cuesta más tolerarlo.
Seguro que yo también tengo costumbres que sacan de quicio a mi pareja, y a mí me desesperan sus pequeños rituales. Por ejemplo, no come los encurtidos con la comida, sino aparte, cuando ya ha terminado el plato principal. ¿Quién hace eso? ¿Y por qué me irrita tanto una tontería semejante?
Cuerpos que ya no son los de antes
Una cosa es liarte cuando eres joven y guapo y ver cómo tu cuerpo envejece poco a poco, casi sin darte cuenta, junto al del otro. Y otra muy distinta es desnudarte por primera vez ante alguien pasados los 50.
A él le incomoda no estar tan fuerte como antes y tener el vello del pecho gris. A mí me da apuro que la gravedad haya hecho su trabajo, sin piedad, en mis pechos y mi trasero.
Estilos de vida que no encajan
A los 43 me enamoré de un hombre fantástico de 47. Estábamos locamente enamorados y, aun así, no conseguimos hacer encajar nuestros estilos de vida.
Yo vivía mi segunda juventud: salía de fiesta, viajaba. Él ya había pasado por todo eso y estaba en su fase tranquila, cultivando el huerto y horneando pan. Acordamos despedirnos, pero mantener el contacto, por si dentro de unos años encajábamos mejor. Si para entonces seguíamos solteros, claro.
Si te reconoces en esta etapa, quizá te interese leer también sobre las señales de la crisis de los hombres maduros.
La familia lo cambia todo
Como padre divorciado, yo me alegraba de que mis hijos ya hubieran volado del nido y de tener por fin tiempo para mí. Pero mi novia era la matriarca de su familia.
Sus hijos adultos seguían dependiendo de ella, cuidaba de dos nietos pequeños y atendía a su madre anciana. Sencillamente no tenía tiempo para una relación: su familia dependía demasiado de ella.
El dinero también pesa
Yo vivo en una casa grande a las afueras, salgo a restaurantes y conciertos, viajo. Mi ex alquilaba un pequeño estudio en la ciudad, porque al divorciarse dejó la casa para la familia. Paga pensión por tres hijos, así que económicamente no encajábamos.
Y a esa edad ya no podía decirle aquello de "ya encontrarás un trabajo mejor pagado". Al final rompió él, porque no podía costear los planes que a mí me apetecían, y su orgullo no le permitía (ni yo lo quería) que los pagara yo.
Nunca hay tiempo suficiente
No lográbamos pasar suficiente tiempo juntos, porque mi ex tenía tres hijos que pasaban con él los fines de semana, justo cuando yo habría querido desconectar.
La paciencia se agota antes
Él tenía su crisis de la mediana edad y yo estaba con la menopausia. Al principio nos reíamos de la coincidencia, pero a largo plazo la relación no funcionó, porque ninguno de los dos tenía suficiente paciencia con el otro.
A esta edad la mecha es más corta y te estresas por cosas que a los veinte o los treinta habrías dejado pasar con un gesto. Es la realidad de envejecer: tarde o temprano, todos nos convertimos en viejos gruñones y viejas cascarrabias.
La nostalgia de lo que nunca vivimos
Conocí a mi pareja a los 47; él tenía entonces 49. Llevamos cinco años juntos. Estamos bien, pero a veces me pongo a pensar en lo bonito que habría sido encontrarnos antes.
Cuando estamos con amigos, salen a menudo los recuerdos de juventud: cómo fue la primera cita en la universidad, el primer piso de alquiler siendo jóvenes sin un duro, la alegría del primer hijo. Nosotros, en cambio, no tenemos un pasado juntos, no tenemos recuerdos compartidos de juventud, y eso a veces se echa de menos.
¿Es más difícil encontrar pareja después de los 40?
No es imposible, pero sí más complejo. A esa edad ambas personas ya tienen su personalidad, sus costumbres y su vida organizada, así que hay menos margen para amoldarse el uno al otro.
¿Por qué influyen tanto los hijos y la familia?
Porque en la madurez muchas personas cargan con responsabilidades: hijos, nietos, padres mayores o pensiones que pagar. Todo eso deja menos tiempo y energía para una relación nueva.
¿Qué es lo que más se echa de menos al enamorarse tarde?
La falta de un pasado compartido. No hay recuerdos de juventud en común, ni las primeras experiencias vividas juntos, y ese vacío puede notarse sobre todo cuando otros los recuerdan.
¿Puede funcionar una relación que empieza en la madurez?
Sí. Como muestra la propia autora, cinco años juntos son prueba de que puede funcionar. La clave está en aceptar las diferencias y tener paciencia, algo que a veces cuesta más con la edad.











