Si alguna vez has sentido que haces todo lo que se supone que debes hacer — trabajar duro, ahorrar, vivir con moderación — y aun así la idea de tener tu propia vivienda parece una fantasía inalcanzable, no es que estés fallando. Es que el sistema no está diseñado para ti.
La propiedad de la vivienda, ese hito que durante décadas se consideró una etapa natural de la vida adulta, se aleja cada vez más del alcance de las generaciones jóvenes. Y no es por culpa del aguacate en tostadas ni de los viajes en low cost.
Los datos son contundentes: en Estados Unidos, los Baby Boomers — nacidos entre 1946 y 1964 — controlan el 42% del valor total de los inmuebles del país. Los millennials, en cambio, apenas alcanzan el 14%, según datos de la Reserva Federal.
En Europa el panorama es igual de desalentador. Un informe de Eurostat de 2023 revela que casi el 75% de los mayores de 55 años son propietarios de su vivienda. Entre los menores de 30 años, esa cifra no llega al 20%. Los alquileres se han disparado, los tipos de interés han subido con fuerza, y pedir una hipoteca se ha convertido en una decisión que muchos piensan dos veces... o directamente descartan.
La ilusión de "ya heredaremos las casas de nuestros padres"
Existe una narrativa reconfortante que dice que, tarde o temprano, los Boomers transferirán su patrimonio a la siguiente generación. Pero esa idea tiene más agujeros de lo que parece.
La mayoría no va a "pasar" sus propiedades sin más. No porque no quieran a sus hijos, sino porque también necesitarán ese capital para financiar su propia jubilación.
El coste del cuidado de personas mayores no para de crecer en toda Europa. Muchas familias solo pueden costear esa atención vendiendo su mayor activo: la vivienda familiar.
Y hay otro factor que reduce aún más las expectativas: hace unas décadas las familias eran más numerosas, lo que significa que el patrimonio se reparte entre varios hermanos, diluyendo considerablemente lo que le toca a cada uno.
¿Y habrá alguien que pueda comprar esas viviendas?
Los precios de la vivienda en gran parte de Europa — Países Bajos, Austria, España, entre otros — han crecido tanto que las generaciones jóvenes ya no se ven como posibles compradores, sino como inquilinos permanentes sin salida a la vista. Lo cual plantea una pregunta incómoda: si nadie puede comprar, ¿quién va a adquirir todas esas propiedades cuando los mayores quieran venderlas?
Conozco bien esa sensación de empezar desde abajo. Cuando mi pareja y yo quisimos comprar, los precios no habían llegado a los niveles actuales, pero nosotros no partíamos de cero: partíamos de números negativos. Mi familia no podía ayudarnos económicamente, y mi pareja estaba intentando salir de una hipoteca en francos suizos que literalmente se había tragado su piso anterior.
Fue entonces cuando tomamos una decisión difícil pero necesaria: si algún día queríamos tener un hogar propio, teníamos que volcarnos en ello con todo. En los últimos diez años hemos reformado dos casas. No fue fácil. Mi pareja trabajó en el extranjero durante meses, pasamos largas temporadas separados, y yo sostuve el frente en casa. Hubo momentos muy duros — especialmente después de que naciera nuestra hija — muchas renuncias y muchísimo trabajo. Pero mirando atrás, valió cada sacrificio.
Un mercado que no está hecho para la mayoría
En el sistema actual, solo tienen ventaja quienes ya cuentan con capital propio — porque han podido trabajar bien pagados durante años — o quienes reciben ayuda familiar para dar el primer paso. ¿El resto?
O se quedan alquilando para siempre, o asumen riesgos, deudas y compromisos enormes con la esperanza de llegar algún día a ser propietarios.
Mientras tanto, el 10% más rico de la sociedad acumula cada vez más patrimonio. En EE.UU., ese grupo controla cerca del 44% de todos los inmuebles, y en Europa la concentración no es muy diferente. La mitad de los hogares sobrevive con lo justo.
Según los expertos, la burbuja inmobiliaria actual se sostendrá mientras haya compradores dispuestos — y capaces — de pagar estos precios. Cuando ese grupo desaparezca, los precios caerán. Pero la gran pregunta es: ¿eso supondrá una oportunidad real para los jóvenes, o simplemente será el inicio de otra crisis?











