Ya hace tiempo que no voy a la escuela, no hay timbres, ni compras con mamá y mi hermana, ni horarios. Sin embargo, hacia mediados de agosto siento cada vez más que se me aprieta el estómago, y una vocecita en mi cabeza susurra: algo está llegando a su fin.
No estoy sola en esto — y quizás tú tampoco
Busqué este sentimiento para ver si otros también lo experimentan tan profundamente en relación a una época del año. Y resultó que no soy la única. Una terapeuta galesa, Ginny Scully, llamó a este fenómeno "ansiedad otoñal". Observó que muchas personas ya sienten ansiedad y tensión a finales de agosto o principios de septiembre, como si algo se estuviera preparando. No es depresión clínica ni un diagnóstico oficial, sino una sensación extraña, difícil de describir, pero muy real.
Y si lo pensamos, tiene sentido: el otoño no solo trae una nueva estación, sino también un nuevo ritmo. Nuevos horarios, nuevas tareas, la vuelta al ajetreo.
Esto sucede incluso si nada cambia visiblemente en tu vida; tu cuerpo, tu sistema nervioso y tu alma recuerdan que esta época siempre ha significado al mismo tiempo un final y un nuevo comienzo.
En las últimas semanas del verano, la presión por rendir se intensifica
Para mí, otro desafío de agosto es la presión por aprovechar al máximo y el miedo a perderse algo (FOMO). Esa sensación de “debí haber aprovechado más el verano”, de no haber estado suficiente tiempo en la playa, de no haberme bronceado ni descansado tanto como quería. Pero el verano no debería tratar de eso, sino de desacelerar, dejar que los días fluyan y simplemente estar. Solo que las redes sociales, la publicidad y nuestra voz interior nos dicen que aún falta vivir algo más. Y para finales de agosto ya no se puede recuperar todo el descanso y las experiencias veraniegas.

El síndrome del domingo: el mañana ya pesa
Hay otro sentimiento muy parecido: el domingo por la noche. Cuando aún eres libre, pero ya no puedes disfrutar sin preocupaciones porque la sombra del lunes está sobre ti. Lo llaman “Sunday scaries” y muchas personas lo sufren. En ese momento ya no descansas, solo te preparas para algo. Es un síntoma típico de ansiedad anticipatoria en una mente sobrecargada. Y es totalmente comprensible que los domingos y agosto sean difíciles de sobrellevar por eso. Es como si el presente dejara de importar porque tu mente ya está en el próximo desafío.
¿Cómo aliviar esta sensación?
No es fácil, pero sí posible. Si entiendes que es una ola que vuelve cada año, te arrastrará un poco menos. A mí me ayudan estas cosas:
- Planifico actividades "veraniegas" para septiembre. Un picnic en el parque, un día en la playa, un desayuno relajado en la terraza: aunque el verano calendario termine, aún puedes disfrutarlo. Además, a menudo el clima en septiembre es más agradable. Así que un viaje corto puede alargar la sensación de verano.
- Establezco una rutina consciente. Volver a la rutina puede dar miedo, pero si la diseño yo y no me la imponen, me da control. Una rutina matutina sencilla y estable puede hacer maravillas.
- Dejo espacio para el descanso. No intento llenar cada minuto. Me permito no estar siempre de buen humor. No todos los días tienen que ser productivos: agosto no se trata de eso.
- No me aíslo. Organizo planes con otros, ya sea un café rápido, una cena, una parrillada, cualquier cosa que me permita ver a amigos y familia.
No es culpa del verano, ni del otoño, sino del silencio antes de la transición y el nuevo comienzo. Si ahora te cuesta disfrutar los últimos días de verano, si te sientes inquieto sin saber por qué, recuerda que no estás solo. De hecho, esa sensibilidad puede ayudarte a vivir más profundamente cuando la luz regrese.
Y mientras tanto: respira hondo, mira cómo el sol aún entra por la ventana. Recuérdate que pase lo que pase, ya has superado estas transiciones muchas veces, así que esta vez también podrás.











