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Si siempre dices que sí para no decepcionar a nadie, esto te interesa

Nyul Debóra7 min de lectura
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Si siempre dices que sí para no decepcionar a nadie, esto te interesa — Estilo de vida
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¿Qué es lo más importante para ti normalmente? ¿Tu felicidad, tus deseos y tus planes… o eres capaz de dejarlo todo de lado en un segundo con tal de contentar a los demás, porque sientes que solo así te valorarán de verdad?

Si te identificas con lo segundo, es muy probable que vivas con una necesidad constante de agradar. Y aunque parezca algo inofensivo —incluso amable—, a corto y largo plazo puede afectar tu vida de muchas maneras.

Para entender qué significa realmente, cómo superarla y cómo apoyar a alguien que quieres si detectas en esa persona las señales, hablamos con la psicóloga Rita Horváth.

¿Cuándo hablamos realmente de necesidad de agradar?

Agradar, en sí mismo, no es necesariamente algo dañino. Hay situaciones que exigen dejar de lado nuestras propias necesidades por un momento y adaptarnos a lo que ocurre a nuestro alrededor.

El problema empieza cuando esto se vuelve excesivo y compulsivo. Hablamos de necesidad de agradar cuando actuamos y pensamos de manera que siempre estamos pendientes de lo que los demás quieren, hasta el punto de perdernos a nosotros mismos. Buscamos en otros lo que en realidad ya está dentro de nosotros.

¿Qué hay detrás de esta necesidad?

El deseo de conectar es una necesidad humana básica. Queremos pertenecer a distintos grupos, encajar y, de niños, ser «buenos hijos» para nuestros padres. Desde que nacemos nos vemos a través de los demás y nos vamos formando según cómo nos miran.

La primera persona de referencia en nuestra vida es nuestro padre o nuestra madre, ese cuidador al que queremos hacer feliz y al que tratamos de no convertir en una carga. Ahí nace el deseo de complacerle. Y a medida que crecemos, vamos pasando por distintos entornos sociales, cada uno con sus propias expectativas.

Tanto en el colegio, por parte de los profesores, como en nuestras primeras amistades, podemos vivir experiencias muy tempranas que nos hacen creer que, para encajar, debemos actuar según lo que esperan los demás.

Si de pequeña mis amigos me dejan de lado, puedo interpretarlo como que algo en mí no estuvo bien, que no fui una buena amiga. Y para evitar que vuelva a pasar, concluyo que tengo que cambiar y comportarme según lo que los demás necesitan.

Un rechazo en la infancia o la presión por contentar a un profesor exigente pueden empujar a un niño a sentir que, tal como es, no es suficiente. La relación de poder crea una posición de vulnerabilidad que puede sembrar la semilla de la necesidad de agradar.

¿Cuáles son sus señales más habituales?

Desde fuera, solemos ver a esa persona como alguien que se adapta de maravilla a su entorno y que disfruta haciendo felices a los demás. Pero detrás puede esconderse una enorme ansiedad. El deseo constante de complacer puede llegar al punto de que ya no se atreva a ser ella misma.

Quien lucha con la necesidad de agradar suele tener poca autoestima, tiende a pensar de forma negativa sobre sí misma, evita los conflictos y cree que los demás valen más que ella.

Busca constantemente la aprobación ajena, le cuesta tomar decisiones por su cuenta, es incapaz de decir que no y no marca sus propios límites. Otra señal frecuente es no poder sentir ni expresar ciertas emociones —ya sea alegría o enfado— porque las vive como algo inaceptable.

¿Cómo afecta a nuestra vida a corto y largo plazo?

Puede complicar el día a día y aumentar nuestro nivel de estrés, lo que a largo plazo llega a favorecer la aparición de distintas enfermedades. A medida que crece la ansiedad, nos volvemos más irritables y nos esforzamos de forma cada vez más obsesiva por cumplir los deseos de los demás.

Como ya no actuamos según nuestros propios criterios y puntos de referencia —que muchas veces ni siquiera conocemos—, poco a poco vamos relegando nuestras necesidades, nos convertimos en personas que huyen del conflicto y corremos el riesgo de perdernos a nosotros mismos.

¿Qué podemos hacer para liberarnos?

El primer paso, y el más importante, es tomar conciencia. Tenemos que reconocer de qué deseo nace, qué recuerdos guardamos de momentos en los que no nos sentimos «suficientes» y que nos llevaron a creer que solo complaciendo a los demás podemos salir adelante.

Cuando ya sabemos a qué nos enfrentamos, ayuda identificar el «lema» de nuestra necesidad de agradar: qué nos decimos a nosotros mismos cuando dejamos de lado lo que queremos para contentar al otro. «Si no le ayudo, pensará que soy mala persona» o «Si me muestro tal como soy, me quedaré sola». Estas creencias conviene trabajarlas con ayuda profesional.

Es posible liberarse de la necesidad de agradar, pero en cada persona la alimenta una creencia distinta, por eso aquí resulta clave una ayuda personalizada.

También quiero dejar algunos consejos prácticos para que el día a día sea más llevadero. A largo plazo ayuda mucho aprender a marcar límites y decir que no en ciertas situaciones. Pero para eso necesitamos tener claros nuestros propios valores, deseos y necesidades.

Hay que aceptar nuestras imperfecciones y aprender a ser un poco más «egoístas» de vez en cuando. En todo esto ayuda mucho pasar más tiempo a solas con nuestros pensamientos y llegar a conocernos de verdad. Si te interesa, también puede venirte bien repasar las señales de que vives con necesidad de agradar.

¿Cuándo conviene pedir ayuda profesional?

Para lograr cambios duraderos, lo más recomendable es buscar el apoyo de un profesional. En mi consulta, los jóvenes que luchan con la necesidad de agradar han integrado de tal manera ese deseo de complacer a los demás que lo primero que necesitan es acercarse a sí mismos: descubrir qué es importante para ellos y cómo se comportarían de forma auténtica en determinadas situaciones.

Ese suele ser el primer paso del camino, y muchas veces ya es un reto en sí mismo, porque llevan tanto tiempo actuando según lo que esperan los demás que ni siquiera tienen claras sus propias necesidades.

¿Qué consecuencias tiene si no la abordamos a tiempo?

La necesidad de agradar dificulta claramente la aceptación sincera e incondicional y los vínculos profundos y seguros. No podemos abrirnos en una relación siendo fieles a nosotros mismos, ya sea con un hermano, entre padres e hijos, con amigos o en pareja.

Es fácil quedarse atrapado en situaciones, trabajos y relaciones que no merecemos si no reconocemos este patrón de funcionamiento y no lo trabajamos.

¿Cómo actuar si detectamos las señales en alguien a quien queremos?

Es importante saber que la necesidad de agradar es una distorsión cognitiva que siempre habla de nosotros —de quien vive ese deseo de complacer— y no del entorno ni de los demás. Se basa en la creencia de que sabemos qué espera el otro de nosotros y que debemos cumplirlo a la perfección.

Como padres, profesores o amigos, lo mejor que podemos hacer es comunicarnos de forma abierta. Hablar de nuestras propias necesidades y animar al otro a atreverse a ser él mismo, porque en nuestra relación puede sentirse a salvo. Cuantas más experiencias así viva, más fácil le resultará comportarse con autenticidad y dejar de estar pendiente de los deseos ajenos.

¿La necesidad de agradar es siempre algo malo?

No. Adaptarnos y dejar de lado nuestras necesidades de forma puntual es normal y a veces necesario. El problema aparece cuando se vuelve excesivo y compulsivo, hasta el punto de hacernos perder nuestra propia identidad.

¿Cuáles son las señales más claras de que vivo para complacer a los demás?

Algunas de las más frecuentes son la baja autoestima, la incapacidad de decir que no, la dificultad para marcar límites, la búsqueda constante de aprobación y no poder expresar emociones como la alegría o el enfado.

¿Se puede superar la necesidad de agradar?

Sí, es posible. El primer paso es tomar conciencia y reconocer las creencias que la alimentan. Como en cada persona esa creencia es distinta, la ayuda profesional personalizada resulta especialmente útil.

¿Cómo puedo ayudar a alguien que quiero si veo estas señales en esa persona?

Lo más valioso es comunicarte de forma abierta: hablar de tus propias necesidades y animarle a ser él mismo, transmitiéndole que en vuestra relación está a salvo. Cada experiencia así le ayuda a comportarse con más autenticidad.

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