Artículo de opinión: Bárbara López
En los últimos años, afortunadamente, cada vez hablamos más de que pedir ayuda no es una señal de debilidad. Que no hay que esperar a tocar fondo para acudir a un psicólogo. La idea de que a veces nos quedamos bloqueados y que es completamente válido buscar apoyo profesional está dejando de ser tabú.
Sin embargo, hay algo de lo que todavía se habla sorprendentemente poco: que no todos los psicólogos van a ser los adecuados para nosotros. Y creo que es fundamental decirlo en voz alta, sobre todo porque muchas personas, tras una mala experiencia, se desencantan por completo de la terapia. Como si el hecho de que no funcionara con un profesional concreto significara automáticamente que "la psicología es una pérdida de tiempo" o que "conmigo no hay nada que hacer". La realidad es mucho más matizada.
Lo sé por experiencia propia: a veces hay que pasar por varios terapeutas antes de encontrar a aquel con quien realmente puedes trabajar.
Y eso no significa necesariamente que el psicólogo anterior fuera mal profesional. Aunque tampoco se puede negar que en esta profesión también hay personas menos competentes. Tener un título no garantiza que alguien trabaje bien, que sea atento, que esté actualizado o que sea genuinamente capaz de acompañar a otras personas en momentos difíciles.
Cuando sientes que no te está escuchando de verdad
Una de las señales de alarma más importantes es cuando sientes que tu psicólogo realmente no te presta atención. No me refiero a que a veces pregunte algo de nuevo o malinterprete algo puntual, eso es completamente humano. Me refiero a cuando, sesión tras sesión, tienes la sensación de que estáis empezando desde cero la misma conversación. Cuando el terapeuta no recuerda detalles importantes, confunde historias o claramente no está del todo presente.
La atención es la base de la terapia. Sin ella, construir confianza se vuelve casi imposible.
Algo que también aprendí es que una buena terapia suele tener una dirección compartida. No hablo de un plan rígido y milimétrico, sino de tener una idea más o menos clara de en qué estamos trabajando y por qué. Que el psicólogo te ayude a formular objetivos y tenga alguna noción de qué herramientas pueden ser útiles para avanzar hacia ellos.
Estuve con un profesional con quien, meses después, seguía sin entender qué estaba pasando realmente. Hablaba, él escuchaba, asentía de vez en cuando, y yo salía de cada sesión cada vez más frustrada, con la sensación de que dábamos vueltas en círculos. En aquel momento pensé que el problema era mío. Hoy sé que habría tenido todo el derecho a preguntar: ¿hacia dónde vamos exactamente?
La conexión personal también importa
Hay otro aspecto del que se habla poco: la relación entre psicólogo y paciente es también una relación profundamente humana. No es una amistad, claro, pero la dinámica personal sí importa. Alguien puede ser un profesional excelente y, aun así, simplemente no encajar contigo.
Hay personas a quienes les ayuda un enfoque más estructurado y concreto; otras necesitan conversaciones más libres y abiertas. Algunas prefieren analizar en profundidad, otras buscan herramientas prácticas. Y, por supuesto, los psicólogos tienen distintas especialidades. Que alguien sea brillante tratando la ansiedad no significa que sea la mejor opción para el procesamiento de un trauma o para dificultades en la pareja.
Las personas somos distintas, y por eso los métodos terapéuticos no funcionan igual para todos. Y luego está ese factor intangible, difícil de racionalizar: si sientes que, con el tiempo, podrías abrirte de verdad ante esa persona. A veces no hay una razón concreta a favor o en contra; simplemente hay personas con quienes conectamos y personas con quienes no.
Puedo saber intelectualmente que mi psicólogo es un profesional formado, pero si en cada sesión estoy tensa, retengo mis pensamientos o siento constantemente que no nos entendemos, eso es una señal. La confianza no siempre surge, y eso por sí solo no es un fracaso.
El miedo a cambiar de terapeuta
Creo que muchas personas permanecen en relaciones terapéuticas que no funcionan simplemente porque tienen miedo de dar el paso. Porque les resulta incómodo decir: "Gracias, pero creo que no podemos trabajar juntos." Sin embargo, es una decisión completamente legítima.
Y si te preocupa que tu terapeuta se ofenda, permíteme tranquilizarte: no lo hará. Y si lo hace, esa es la señal más clara de que no es la persona que necesitas a tu lado.











