Columna de opinión: Schuster Borka
Debajo de casi cada artículo, publicación o conversación sobre la violencia hacia las mujeres aparece el comentario inevitable: «no todos los hombres». Y es cierto. La mayoría de los hombres no acosa, no abusa de su poder ni cruza los límites de nadie.
Sin embargo, cuando hablamos del sexismo, el acoso o la cosificación que sufren las mujeres, no podemos señalar solo a quienes los cometen. Porque existe otra capa de la que se habla mucho menos: la de quienes se quedan callados.
Son esos hombres que no cometen estos actos, pero que están presentes, lo ven, lo oyen… y aun así no dicen nada.
Los culpables directos son evidentes
Los hombres que actúan como acosadores, que siguen patrones de depredador sexual, que no respetan el consentimiento o para quienes los límites de otra persona no significan nada. Su responsabilidad es indiscutible. Pero el problema no termina en ellos.
La investigación del comportamiento social conoce desde hace tiempo el «efecto espectador»: cuanta más gente presencia una situación problemática, menor es la probabilidad de que alguien intervenga.
Esta dinámica también aparece en situaciones de acoso, sexismo o violación de límites. Y es precisamente eso lo que mantiene el problema vivo.
Cuando en un grupo de amigos alguien suelta un comentario cosificador y nadie reacciona, el mensaje es que eso está permitido. Si en una fiesta alguien no acepta un «no» y el resto lo mira en silencio, el mensaje es que también está permitido. Si un amigo habla de forma degradante sobre las mujeres una y otra vez y nadie lo cuestiona, ese comportamiento se normaliza. Y ahí es donde la actitud del «yo no fui» empieza a ser parte del problema.
El silencio no es neutral: encuadra y valida
Muchos piensan que no es asunto suyo meterse en el comportamiento de los demás, sobre todo entre amigos. Que «no es su batalla», o que simplemente no quieren conflictos. Es una reacción humanamente comprensible. El conflicto incomoda, las amistades son frágiles y nadie quiere convertirse en la «policía moral» del grupo.
Y aun así, hay un punto en el que esa neutralidad deja de serlo. Cuando alguien cruza los límites de otros de forma habitual y no hay consecuencias, ya no se trata solo de su conducta, sino también del entorno que la tolera.
Esto no significa que todos los hombres sean responsables de los actos de los demás. Pero sí que cada hombre es responsable de su propia reacción. De su propio silencio. Y esas decisiones se suman: las normas sociales no surgen solas. Se construyen a partir de esas pequeñas reacciones cotidianas que marcan qué es aceptable y qué no.
En un grupo de amigos tiene mucho más impacto que alguien diga «esto no está bien» que cualquier debate teórico y abstracto sobre qué cuenta como falta de respeto. Puede que sea incómodo. Puede que genere tensión. Puede incluso que ponga a prueba una amistad.
Pero cada vez que alguien decide no decir nada, la balanza se inclina un poco más hacia el lado en el que ese comportamiento resulta aceptable.
Para cambiar las cosas, hacemos falta todos. Como comunidad, tenemos que dejar claro que la cosificación, el acoso y cruzar los límites no son aceptables, ni siquiera a pequeña escala.
Y quien no lo haga, mejor que lo tenga claro: puede que él no sea el acosador, pero un poco de esa culpa también recae sobre su conciencia.
¿Qué es el efecto espectador?
Es un fenómeno estudiado por la psicología social según el cual, cuanta más gente presencia una situación problemática, menos probable es que alguien intervenga. Cada uno asume que otro dará el paso.
¿Por qué el silencio también forma parte del problema?
Porque callar ante un comentario cosificador o un límite ignorado envía el mensaje de que ese comportamiento está permitido. Así es como se normaliza poco a poco.
Si no soy yo quien acosa, ¿tengo alguna responsabilidad?
No eres responsable de los actos de otros, pero sí de tu propia reacción y de tu silencio. Esas pequeñas decisiones cotidianas son las que construyen las normas del grupo.
¿Qué puedo hacer en mi grupo de amigos?
Decir «esto no está bien» tiene mucho más impacto que cualquier debate abstracto. Puede resultar incómodo, pero cada vez que alguien lo señala, marca dónde está el límite de lo aceptable.











