Los agresores apuntan a mujeres similares y no se fijan en la ropa que llevan.
El protocolo
Toda mujer conoce esta situación. Caminas por la calle, un hombre empieza a mirarte y seguirte. Desde jóvenes aprendemos a no mirar, a no responder si nos hablan, y a alejarnos rápido y con paso firme.
También aprendemos que, aunque los hombres suelen ser más grandes y fuertes, un golpe en la entrepierna es muy efectivo, al igual que técnicas básicas de defensa: como sujetar las llaves entre los dedos, cerrar el puño y apuntar a los ojos del agresor si es necesario.
Es triste pensar que las chicas ya en la adolescencia saben que una llave no solo sirve para abrir puertas, sino también para defenderse.
Indignación
En lugar de enseñar a los chicos y hombres a controlarse, se enseña a las mujeres a protegerse o a mantenerse alerta.
Leí la historia de una mujer estadounidense que paseaba a su perro en el parque cuando dos hombres comenzaron a silbarle y hacer comentarios sexuales. Cansada de soportarlo incluso a los 58 años, en vez de seguir en silencio, se acercó a ellos, les gritó groserías y les advirtió que soltaría a su perro si no se callaban.
Para su sorpresa, los hombres se asustaron. Luego pensó en lo extraño que era no haber actuado así antes, porque a veces ese comportamiento puede salvar una vida.

Elección de la víctima
En un estudio, 47 convictos fueron preguntados cómo elegían a sus víctimas. Estos hombres estaban presos por delitos como violencia contra mujeres, secuestro, asesinato y agresión sexual.
Les mostraron videos de mujeres caminando por la calle y les preguntaron a quiénes atacarían. Casi todos eligieron a las mismas mujeres.
La ropa provocativa o conservadora, o la estatura, no influyeron en la elección. Los agresores evaluaban la “vulnerabilidad”. Observaban la postura, el lenguaje corporal y la forma de caminar: la velocidad, la firmeza, el tamaño de los pasos y la conciencia del entorno.
Una mujer que camina con la cabeza baja, escuchando música y mirando el móvil es más vulnerable que otra que camina erguida, con paso decidido y mirando a su alrededor.
No es culpa de la víctima
Por supuesto, no culpamos a las mujeres que caminan más reservadas. La única responsabilidad de un ataque es del agresor, quien debe ser castigado.
Y hay ataques que no se pueden evitar por más precaución que se tenga, especialmente si son varios agresores. Pero si sabemos qué buscan los atacantes en una “víctima ideal”, podemos reducir la probabilidad de ser elegidas.
Los delincuentes eligen según el movimiento y la vulnerabilidad. Incluso tener un perro puede disuadirlos porque representa un riesgo.
Muchos creen que hablar por teléfono da seguridad, pero no es así. El móvil, al igual que escuchar música con auriculares, distrae y hace a la persona más vulnerable.
Como en la naturaleza, los depredadores prefieren presas que se mueven despacio o de forma irregular e insegura. Quien camina rápido, directo y con propósito muestra confianza y es menos manipulable.
La agresión sexual no se trata tanto de sexo, sino de control: el agresor quiere dominar a la víctima. Ningún agresor comienza con una mujer que percibe capaz de defenderse.
La lección es clara: camina con la cabeza en alto y paso firme, mantén la atención en tu entorno y evita hablar con extraños sospechosos. Si sientes que alguien te sigue, enfréntalo y grita que te deje en paz. Una actitud agresiva (“mujer fuerte”) suele disuadir a la mayoría de agresores. Quien no parece víctima, tiene menos probabilidades de serlo.











