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Como húngara en una relación interracial: así reacciona mi entorno

Schuster Borka3 min de lectura
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Como húngara en una relación interracial: así reacciona mi entorno — Estilo de vida

Crecer en Hungría como una húngara blanca me hizo creer durante años que el racismo era solo una cuestión teórica. Claro que sabía de él. Escuchaba comentarios, veía cómo hablaban de “los otros”, notaba las diferencias sistémicas: que quien no tiene mi color de piel tiene menos oportunidades, más obstáculos y motivos distintos para preocuparse. Pero nada de eso me tocaba personalmente. No era para mí. No hablaban de mí. Así es fácil pensar que entiendes el problema, cuando en realidad solo lo observas desde afuera.

Eso cambió cuando de adulta tuve una pareja que viene de un matrimonio mitad árabe, mitad húngaro. Creció aquí, su lengua materna es el húngaro y vive según códigos culturales húngaros. Muchas veces nadie nota su origen hasta que dice su nombre. Entonces algo cambia en el aire. Una media sonrisa, una pregunta, un “ah, ya entiendo”, que suele seguir un chiste. O algo que quieren que sea un chiste. No con mala intención, pero que me aprieta el estómago.

Porque el racismo no siempre grita

A menudo es silencioso, “inocente”, con tono de broma. Aparece en comentarios que esconden prejuicios, pero se dicen riendo. Y noté que eso me molesta mucho más a mí que a él. Él suele encogerse de hombros o sonreír con indulgencia. Está acostumbrado. Ya no se lo toma personal. Sabe que no es sobre él, sino sobre quienes lo dicen. Yo, en cambio, porque lo amo, me ofendo por él también. Me enojo. Me pongo tensa. Quisiera responder. Defenderlo. Aunque él no lo pida.

Una de las lecciones más difíciles en esta relación fue entender que su experiencia no es la mía. Que no me corresponde reaccionar por él en cada situación. Que mi indignación bien intencionada a veces habla más de mí que de él. Que me impacta lo que para él es parte de su día a día. Y mientras yo estoy aprendiendo todo esto, él ya lleva tiempo construyendo estrategias para sobrevivir.

Manos entrelazadas de piel negra y blanca

Tuve que aprender a escuchar. Preguntar qué puede tolerar y qué no. Cuándo quiere que lo defienda y cuándo es mejor seguir adelante.

Tuve que aceptar que no puedo cambiar nuestro entorno de un día para otro, y que no todas las batallas son mías.

Pero también aprendí que hay momentos en que sí lo son. Cuando no se puede callar porque el silencio normaliza lo que no es normal.

La dificultad no está solo en las reacciones externas. También en que de repente veo de otra forma el país y el entorno donde antes me movía cómoda. Veo cosas que ya conocía, que había notado, pero no desde la torre que revela el problema desde otra perspectiva. Y eso a veces duele. Cansa. Enfada. Pero no afecta nuestra relación, sino que hace visible la realidad.

Lo que sí es seguro: para mi amor todo esto no importa. No lo debilita ni lo hace dudar. Porque lo amo. No amo una identidad, un origen o una etiqueta, sino a él. Y ese amor no se dejará intimidar por prejuicios tontos y limitados. Si algo aprendí es que estos comentarios no nos definen a nosotros, sino a quienes aún ven el mundo a través de clichés.

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