Artículo de opinión: Schuszter Borka
Al principio pensé que era una coincidencia. Abrí la lista de visitas de mis stories de Instagram y ahí estaba: un nombre que reconocí de inmediato. Sabía quién era, pero no le di mayor importancia. ¿A quién no le ha pasado alguna vez que, en un momento de aburrimiento, busca a la nueva pareja de su ex? La curiosidad, una pizca de inseguridad... nada del otro mundo.
Pero ese nombre volvió a aparecer en el siguiente story. Y al día siguiente. Y al otro. Y al otro.
Con el tiempo, empecé a buscarlo sin querer cada vez que revisaba mis visitas. Como una señal de fondo que yo no había puesto ahí, pero que seguía apareciendo.
Primero intenté encontrar la respuesta dentro de mí
Quizás le estaba dando demasiadas vueltas. Quizás era completamente normal. Quizás era yo la rara por sentirme incómoda con que alguien del pasado de mi pareja estuviera tan presente en mi espacio digital.
Pero esa incomodidad fue transformándose poco a poco en algo más: tensión, inseguridad y, sí, también un poco de malicia. Pues mira, ya que estás mirando, que veas lo felices que somos.
Con cada nuevo story llegaba ese pequeño momento de comprobar si había vuelto a verlo. Y cada vez que la respuesta era sí, algo se tensaba dentro de mí.
Empecé a pensar antes de publicar. A preguntarme «¿esto va dirigido a él de alguna forma?» o «¿cómo lo interpretará?». Pensamientos que no tenían nada que ver con mi vida real, pero que de repente estaban ocupando espacio en mi cabeza.
Era como si una tercera persona invisible estuviera presente en nuestra relación. ¿Qué debía hacer? ¿Bloquearlo? ¿Eso resolvería algo, o simplemente me dejaría dándole más vueltas? ¿Y si no lo bloqueaba, qué esperaba descubrir? ¿Que su nombre en la lista me revelaría algo que yo aún no sabía?
En medio de todas esas preguntas, un día me di cuenta de algo importante: ¿y si todo esto no tiene nada que ver conmigo?
La verdad es que esta historia no era sobre mí
¿Y si yo no tengo que pensar nada sobre esto, porque en realidad esto habla del ex? De alguien que, años después, sigue buscando el nombre de la nueva novia de su antigua pareja en el buscador de Instagram, día tras día. El asunto no soy yo. Si hay algo que merece atención, es lo que ocurre en el interior de esa persona. Pero eso no es algo con lo que yo pueda —ni deba— hacer nada.
No se trata de mi comportamiento ni de mi presencia. Se trata de alguien que todavía está atado a algo que ya no existe en su vida. Es triste, pero no es mi carga. No me corresponde interpretarlo, descifrarlo ni gestionarlo.
Mi vida, mi relación y mi tranquilidad no pueden convertirse en un efecto secundario de la historia sin resolver de otra persona.
Hoy intento no buscar su nombre entre las visitas de mis stories. Intento no vigilar mis propios pensamientos ni mis publicaciones en función de si él las verá. Y cuando su recuerdo aparece, procuro simplemente desearle que encuentre la ayuda que necesita para poder seguir adelante.











