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Créeme: no necesitas una relación de pareja para tener un vínculo traumático

Szabó Erzsébet4 min de lectura
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Créeme: no necesitas una relación de pareja para tener un vínculo traumático — Estilo de vida
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En una sesión grupal de terapia tuve una revelación: la relación con una amiga no era una amistad común, sino un vínculo traumático que operaba de manera subconsciente.

Al principio puede sonar raro, porque la mayoría asocia el vínculo traumático con relaciones de pareja, historias de amor abusivas o dramas donde conviven pasión y dolor. Pero la realidad es mucho más compleja. Por ejemplo, en mi conexión con esa amiga reconocí un patrón que conocí hace mucho, en mi infancia. Era la necesidad de complacer y el hecho de que mis propias necesidades solo podían expresarse cuidadosamente, como si ya esperara salir perdiendo.

Al crecer, la dinámica también cambia

Durante mucho tiempo (más de 20 años) esta relación y su dinámica funcionaron sin que me diera cuenta. Los viejos hábitos me guiaban: me hacía pequeña, le daba la razón, evitaba confrontaciones, cuidaba cada palabra para no herirla.

Pero un día empecé a trabajar en mí, a profundizar en el autoconocimiento, algo que ella solo apoyaba a ratos —claro, porque inconscientemente sentía que eso cambiaría las cosas entre nosotras. Con el tiempo, cada vez más podía expresar lo que pensaba sin miedo, y no me asustaba tener opiniones diferentes.

Y ahí se rompió el hechizo: lo que antes funcionaba, de repente se percibió como un ataque. Puse límites, lo que desató una guerra fría, culpa y resentimiento. Me sentí como si volviera a las situaciones de mi niñez. No fue fácil, pero ya no era la niña de antes, así que finalmente dije: esta amistad terminó.

El vínculo traumático no solo existe en el amor

Durante mucho tiempo pensé que el vínculo traumático solo se daba en relaciones tóxicas de pareja. Las películas de Hollywood lo muestran como una montaña rusa emocional, heridas profundas y reconciliaciones apasionadas que se repiten. Hoy sé que ese mismo patrón puede estar en nuestras amistades.

Lo importante no es quién es la otra persona (pareja, amigo o colega), sino que sea a la vez fuente de consuelo y de dolor. Esa dualidad une tanto que es difícil salir de la rutina o siquiera ver qué pasa dentro de nosotros.

Además, estas relaciones no son siempre malas; a menudo los momentos más hermosos crean el vínculo más fuerte: risas compartidas, secretos, sentido de alianza y la certeza de que atravesamos lo mismo. Nos aferramos a eso incluso cuando el comportamiento del otro duele. Los buenos momentos son tan nostálgicos que casi nos hacen olvidar los malos.

Parece que la relación es especial e insustituible, pero caminamos sobre cáscaras de huevo para no decir algo malo o no reaccionar “correctamente”, porque entonces llega la distancia, el daño o simplemente sentirnos sin valor.

No ayuda que en estas dinámicas casi siempre nos culpemos a nosotros mismos, no al otro. Pensamos que si habláramos diferente, si fuéramos menos sensibles o no pidiéramos tanto, todo estaría bien. Pero así solo trabajamos en contra de nosotros mismos. Dejamos de lado nuestras necesidades para no “estropear nada” y terminamos atrapados aún más en ese vínculo.

El precio de la libertad: la identidad

Mi cambio llegó cuando dejé de culparme y dije lo que sentía. No de forma agresiva ni hiriente, sino con sinceridad. Y la reacción fue la que me convenció.

Mi amiga primero empezó a insultarme y herirme, luego, al reconocerse, sugirió “volver a temas cotidianos”. Sí, esos temas garantizan la calma y que nada cambie.

La pérdida fue dolorosa, porque esa amistad fue parte importante de mi vida durante muchos años. Pero también fue liberadora: ya no tenía que andar con cuidado ni temer que su buen humor o cariño dependieran de cuánto cumpliera sus expectativas. En soltar estaba la revelación de que no debo aferrarme a algo que ya no me nutre, sino que me frena, y la energía liberada la pude dedicar, entre otras cosas, a profundizar mis otras amistades.

El vínculo traumático no es debilidad ni significa que seas menos o que el otro sea terrible, sino que las experiencias del pasado aún trabajan en ti. El primer paso es reconocerlo: darte cuenta de que no es normal vivir siempre inseguro, tenso o culpándote en una relación. El siguiente es poner límites y decir qué ya no estás dispuesto a tolerar.

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