Coche deportivo, novia joven y pastilla azul: ese es el kit clásico de la crisis de mediana edad masculina. Las mujeres, en cambio, rara vez caen en ese espiral. No porque no envejezcan, sino porque no tienen un solo minuto libre para lamentarse de ello.
Sin pausa
Personalmente, no tengo tiempo de procesar que ya soy una mujer de mediana edad porque la menopausia consume toda mi energía. Mi marido ha empezado a ir al gimnasio y está pensando en un implante capilar. Yo, mientras tanto, sobrevivo entre insomnio, sofocos y kilos que aparecen de la nada. Le dije que si mi pelo sigue cayendo a este ritmo, pronto tendrá que reservarme turno a mí también en la clínica capilar.
¿Y cuándo, exactamente?
Cada día llego a casa agotada del trabajo y me encuentro el caos. Los niños no han sacado al perro, mi hijo ha decidido que no quiere seguir estudiando y mi hija quiere hacerse un tatuaje. Un día sí y otro también subo a casa de mi madre, que apenas puede salir a la cocina, para cocinarle y ayudarla a ducharse. En el coche lleva semanas haciendo un ruido raro, pero no puedo llevarlo al taller porque lo necesito cada día. Esta mañana me he recogido el pelo en un moño y le he echado champú en seco porque anoche no tuve fuerzas para lavármelo.
Entonces, ¿cuándo se supone que tengo que sentarme a llorar por mi juventud perdida?
Una o la otra
Life hack de mediana edad: la crisis existencial de los 40 no te alcanza si ya llevas años inmersa en una crisis existencial cotidiana. Mis sueños se rompieron hace tiempo. Los lloré, los enterré y seguí adelante. Ahora no persigo nuevas ilusiones; intento disfrutar de lo que tengo. Es menos romántico, pero funciona.
Un privilegio masculino más
El famoso "pánico al cierre de puertas" es, básicamente, otro lujo que solo se pueden permitir los hombres. Ellos añoran su juventud con nostalgia; nosotras, en cambio, hace poco hablábamos con amigas de que no volveríamos a tener veinte años ni aunque nos pagaran. Sí, a esa edad estábamos estupendas físicamente, pero también estábamos llenas de inseguridades y complejos que nadie echa de menos. Con más de 40 años nos hemos aceptado a nosotras mismas, hemos encontrado nuestro lugar en el mundo y ninguna quiere perseguir una juventud que ya pasó. Ese melodrama condescendiente se lo dejamos con gusto a ellos.
¿Qué crisis?
¿De qué pánico me hablan? Yo, con 43 años, siento por primera vez que estoy exactamente donde quiero estar. Económicamente he llegado a un punto en el que no tengo que pelearme con cada mes. Disfruto de mi trabajo. Tengo tiempo para cocinar, para hacer deporte, para cuidarme. Hasta mi madre, que siempre tiene algo que criticar, reconoce que nunca me ha visto tan bien. No tengo hijos, pero tengo libertad para viajar y, por primera vez en mi vida, una relación de pareja equilibrada y tranquila. La crisis de los 40 no me ronda, porque me siento demasiado bien como para dejarla entrar.
Un nuevo capítulo
Ahora que mis hijos se han independizado, puedo volver a ocuparme de mí misma. Dejé el balonmano cuando nacieron; ahora he vuelto a un equipo de "veteranas" y me encanta. La bisutería artesanal también la abandoné por la familia; ahora vuelvo a tener tardes para crear en casa, y la disfruto enormemente. Mi marido gestiona su crisis de los 40 comprándose un velero. Yo me subo encantada. En enero pasamos dos semanas en Camboya, los dos solos. Eso no es cerrar puertas, es abrirlas: un nuevo capítulo en el que volvemos a ser compañeros de aventuras, como cuando éramos jóvenes, antes de los niños.
Respirar de nuevo
Yo salí de un matrimonio que me ahogaba a los 40 años, y lo viví como un renacimiento. No caí en la desesperación por estar sola a esa edad; al contrario, sentí una fuerza nueva al darme cuenta de que tenía otra vida entera por delante. Cuarenta años más para hacer lo que yo quiera, sin adaptarme a nadie, sin vivir pendiente de los demás. Mi edad no me preocupa, porque por fin soy libre.











