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«Mi padre fue terrible, pero mi madre también por permitirlo» - Un mal infancia no es culpa de un solo progenitor

Szőke Angéla4 min de lectura
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«Mi padre fue terrible, pero mi madre también por permitirlo» - Un mal infancia no es culpa de un solo progenitor — Familia
En este artículo

No hablaremos de casos graves donde el padre abusa de la hija y la madre finge no saberlo, sino de situaciones mucho más sutiles —y comunes— que muchos reconocerán.

Tu madre

“Tu madre es una histérica neurótica, ¡por ella soy tan miserable!”

De niña no entendía mucho, pero mi padre siempre me decía que su mal humor venía por culpa de mi madre ansiosa y que por eso no avanzaba en nada. Nunca lo pensé así, pero mi terapeuta me hizo ver lo injusto que fue que mi padre me contara la infelicidad de su matrimonio y la culpara directamente a mi madre.

Círculo vicioso

De niño veía a mi padre beber y a mi madre gritarle. Papá era molesto y terrible, pero mi madre también por permitirlo. Además, ella era quien mantenía la casa, podíamos habernos ido en cualquier momento. Prometí que nunca bebería y así fue, pero aun así elegí una esposa que siempre me grita. Ese es mi legado familiar.

Mujer contando a su terapeuta

Tío Berci

De pequeño me caía bien mi tío, era alegre y siempre nos saludaba con cariño, a diferencia de mi abuelo que ni nos prestaba atención. Charlaba largo con nosotros. Pero al crecer, mi hermana y mi madre me advertían antes de cada visita familiar: “cuidado con el tío Berci”. Mi madre me susurraba que solo lo saludara y me alejara, y mi hermana rodaba los ojos diciendo “no seas muy amable con ese viejo descarado”.

Entonces no entendía por qué decían eso, ni qué significaba “descarado”. Pero poco a poco caí en cuenta porque los comentarios de tío Berci (“¡Qué bien creces, ya pareces toda una mujercita!”) y sus abrazos largos se volvieron incómodos. Recuerdo que luego yo advertía a mis primos menores que tuvieran cuidado con él, y eso era normal en ese entonces. Solo de adulto me indignó que fuera mi madre quien me advirtiera en vez de alguien ponerle un alto, por ejemplo mi padre. La familia entera lo permitía y ese viejo acosador estaba en todas las reuniones.

Retrato de mujer llorando bajo luz azul

Dependencia

Mi madre me usaba como su basurero emocional, incluso cuando yo era un niño pequeño. Había noches a la semana en que lloraba “por culpa de mi padre”. Siempre estaba angustiada por él, a quien casi no veía de pequeño. Cuando discutían (a menudo), mi padre se iba a dormir a casa de mi abuela. Entonces mi madre entraba llorando a mi cuarto y en vez de hacer la tarea, tenía que escuchar sus quejas.

De adulto solo elijo mujeres que se quejan constantemente, pero nunca soy su prioridad: repito el mismo papel que tuve en la vida de mi madre.

El papel

“Llegaste tarde otra vez, seguro estabas con esa zorra! Te dejo y me llevo a los niños, ¡nunca más nos verás!”

Así discutía mi madre con mi padre, quien realmente llegaba tarde, según él, solo porque no quería volver a casa con mi madre histérica. Mi hermano y yo temíamos que algún día tuviéramos que mudarnos. Aunque mi madre llegó a hacer maletas dramáticamente —mientras mi hermano lloraba y yo me quedaba paralizado— nunca nos fuimos. Mi padre siguió llegando tarde hasta su muerte y mi madre le gritó hasta el final.

De adulto entendí que mi madre siempre interpretó ese papel de mártir: necesitaba sufrir para sentirse viva. Si mi padre no hubiera sido así, habría encontrado otra razón para gritar y lamentarse, así era ella… Ya de adolescente supe que no todos los padres y madres discuten gritando todos los días, hasta entonces pensé que era normal en todas las familias.

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