Espíritu competitivo
Con 38 años, competía con mis hijos de 11 y 8 años para ver quién saltaba desde más alto en las escaleras. Gané, pero me torcí el tobillo y me di un golpe en la cabeza que hizo un agujero en la puerta. Mi marido no podía creer que hubiera sido tan tonta, pero para mí la victoria y la imagen de mamá genial eran lo más importante.
La llama
Tenía 16 años y estaba en mi habitación cuando me entró la curiosidad por saber qué tan inflamables eran los pósters en mi pared. (No entiendo por qué, nunca tuve pensamientos pirómanos). Fui a la cocina, tomé el encendedor de mi madre y acerqué la llama al póster de Maroon 5. El resultado: pasamos un año entero en casa de mis abuelos hasta que arreglaron el piso quemado.
La caída
Estaba en el coche de un amigo, él conducía, y pensé en lo exagerado que muestran en las películas cuando alguien salta de un vehículo en movimiento. Íbamos despacio, así que abrí la puerta y salté antes de que mi amigo se diera cuenta. Puedo asegurar que las películas no exageran. Terminé con cuatro dientes rotos, una muñeca y clavícula fracturadas, y una fuerte conmoción cerebral.

El dibujo animado
En una fiesta en el jardín, grité a mis amigos: «¡Miren, soy un personaje de dibujo animado!» y salté sobre un rastrillo en el césped. Lo siguiente que recuerdo es un golpe fuerte en la cabeza y luego estar en el hospital. El esposo americano de mi hermana dijo que mi grito sonaba como cuando un jugador de béisbol golpea la pelota con toda su fuerza.
La prueba
¿Recuerdan el encendedor del coche? Un día, aburrida, lo presioné y cuando salió no parecía caliente. Para comprobar la temperatura —no me pregunten por qué— metí la lengua. Literalmente chisporroteó, como cuando se cocina carne en teflón.
La botella
Le lancé una botella de plástico al ventilador y ésta rebotó directo a mi ojo. En urgencias, el médico, la recepcionista y las asistentes me preguntaron por qué lo hice, pero no supe qué responder. Desde entonces, mi visión en ese ojo está un poco borrosa.

La tinta
Me aburría tanto en la oficina que metí mi bolígrafo en el microondas. Saltó chispas, explotó y llenó el interior del aparato de tinta. Tuve suerte de que quedara poca gente a esa hora, así que llevé el microondas destrozado al coche y lo tiré en casa, luego compré uno igual. Lo llevé temprano a la oficina y nadie se enteró.
Error fatal
Una vez, cuando tenía unos 12 años, tomé unas tijeras y corté un poco de mi cabello, y un poco más, hasta que terminé con la cabeza llena de parches calvos. Pensé que ya daba igual, así que me afeité las cejas y corté las pestañas. Mis padres me llevaron años al psicólogo infantil. El segundo error más grande sin razón lo cometí de adulta, a los 27 años: me casé.
La espina
En un restaurante elegante en el extranjero, almorzábamos en una terraza llena de plantas. Había un cactus a mi alcance y decidí darle un golpe para ver si era real. No fue buena idea: terminé en urgencias. Me dolía muchísimo y al día siguiente no pude ir a la excursión en barco que había pagado.
¿Por qué?
Copié en un examen para el que estaba preparada y conocía el material. Me pillaron y suspendí.











