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«Ni siquiera era capaz de darle de comer» — Historias desgarradoras sobre la depresión posparto

Szőke Angéla5 min de lectura
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«Ni siquiera era capaz de darle de comer» — Historias desgarradoras sobre la depresión posparto — Salud
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Se habla poco del baby blues y de la depresión posparto, y sin embargo afecta a muchas más mujeres de las que imaginamos. No siempre se manifiesta con tristeza. A veces es rabia, miedo, vacío o pensamientos que asustan. Estas son las historias reales de madres que lo vivieron en silencio.

Cuando caía el sol

Me ponía ansiosa cada vez que empezaba a anochecer, porque el sol poniéndose significaba otra noche a solas con el bebé. Y eso me aterraba. Le tenía miedo a mi propio hijo. Era un bebé precioso y perfecto, y aun así yo no podía estar a solas con él sin sentir pánico.

Pensamientos que envenenan

Antes de tener a mis mellizos era una chica alegre, despreocupada. Luego di a luz y de repente todo me sacaba de quicio. Tenía explosiones de ira que no podía controlar: gritaba, lloraba, me sentía completamente desbordada. Estaba convencida de que mi marido me iba a dejar, porque ¿quién podría querer a alguien tan roto? Y me decía a mí misma que mis hijos estarían mejor sin mí, que él volvería a casarse y les daría una madre de verdad, no una inútil como yo.

La reacción equivocada

Recuerdo mirar a mi marido mientras mecía al bebé en el sillón. Me sonrió. Y en lugar de ternura, lo que sentí fue rabia. Pensé: ¿de qué se ríe este? ¿Qué tiene de bueno todo esto si es una pesadilla absoluta? Hoy me avergüenzo de haberlo pensado, pero en ese momento yo simplemente no era yo.

Madre con su recién nacido

Un mar de lágrimas

De los primeros ocho meses tras el parto apenas tengo recuerdos. Todo es una niebla densa. Solo sé que lloraba constantemente, mucho más que el bebé. El tiempo pasaba y yo no estaba presente.

La foto

Estaba convencida de que había arruinado mi vida y la de mi marido. Todos los días miraba fotos antiguas nuestras, llorando a moco tendido, y pensaba —culpando al bebé—: «Mira qué felices éramos en esta foto. Tú lo destruiste. Es tu culpa. Mataste nuestra felicidad.» Hoy me horroriza recordarlo, pero así es esta enfermedad: te saca completamente de ti misma.

Derrumbada

La depresión me paralizó por completo. No comía, no me duchaba, no hacía nada. Solo quería morir. Era incapaz de levantarme de la cama para darle de comer al bebé; mi marido lo hacía todo. Llegué a pensar que si algún gobierno pudiera reproducir artificialmente esa sensación, sería el método de tortura más efectivo del mundo. Porque aquello era el infierno. Mi marido vio lo cerca que estaba del límite y me llevó a un especialista. Eso, sin exagerar, me salvó la vida.

Madre consolando a su bebé que llora

El golpe tardío

Mi parto fue traumático, pero sentí que lo había superado bien. Estaba perfectamente. Y entonces, cinco días después: BOOM. Todo se derrumbó. Lo describiría como una tristeza aplastante mezclada con miedo a morir y ansiedad constante, durante cada minuto del día. Se me fue la leche, se me fue la energía, creía que podía morir en cualquier momento. Por suerte, mi madre me ayudó, y cuando empecé con la medicación mis hormonas por fin se estabilizaron. Tardé años en dejar de sentir culpa y poder decirme a mí misma: no soy mala madre por haber dado leche de fórmula a mi bebé.

Desmoronada en silencio

Intenté ocultárselo a mi marido, fingir que todo iba bien. Hasta que un día, sin previo aviso, me derrumbé en el suelo de la cocina y me puse a llorar a gritos. El pobre no entendía qué pasaba y llamó a su madre presa del pánico. Fue una época de oscuridad indescriptible. Y todavía hoy me enfado, porque la depresión posparto me robó la posibilidad de recordar con cariño los primeros meses de vida de mi hijo.

Una rabia que no reconocía

Mi bebé tenía nueve meses cuando me cayó encima la depresión. Hasta entonces, nada. De repente me sentí extraña en mi propio cuerpo, ajena a mi propia vida. Con el bebé no tenía ningún problema, pero quería matar a todo el mundo a mi alrededor. Odiaba a mi marido tanto que no podía ni mirarlo. Habría estrangulado a mi madre. Mi padre —al que adoro— me ponía de los nervios. Y hablaba con mis amigas de una forma tan agresiva que se quedaban sin palabras. Una de ellas, por suerte, reconoció que esa rabia descontrolada era una señal de depresión posparto.

Hasta las alucinaciones

La privación crónica de sueño me llevó a un punto en el que empecé a tener alucinaciones y tuvieron que ingresarme. Tenía tanto miedo de que algo le pasara al bebé que no me atrevía a dormir a su lado. Me despertaba al mínimo sonido y me quedaba veinte minutos mirándolo para asegurarme de que respiraba. No pedí ayuda. Pero a los seis meses, mi cuerpo dijo basta.

La depresión posparto no siempre se parece a la tristeza. A veces se parece a la rabia, al miedo, al vacío. Si algo de lo que has leído te resulta familiar, pide ayuda. No estás sola y no es tu culpa.

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