Soy una persona hipersensible. Y todavía no sé con certeza si eso es una ventaja o una desventaja. La sensibilidad no solo significa que reacciono con mayor intensidad ante una crítica, un comentario o cualquier estímulo externo. También significa que tengo una capacidad de empatía extraordinariamente profunda: puedo resonar con los demás a un nivel casi visceral, leer entre líneas con una sola mirada, y percibir si alguien es sincero o no antes de que abra la boca. La otra cuestión es cuántas veces dejo que la racionalización apague ese instinto.
La sensibilidad como puente hacia los demás
En muchas situaciones, esta capacidad es una ventaja enorme. A menudo siento lo que va a pasar antes de que ocurra: cómo va a reaccionar alguien, qué gesto va a hacer, si el día va a ser luminoso o tormentoso. Y en mi trabajo, esta empatía también juega a mi favor: como especialista en comunicación, me permite fundirme con una marca, entender su identidad desde adentro, captar la necesidad real del cliente y construir una conexión genuina con él.
Claro que para aprovechar todo esto al máximo, necesito atreverme a escuchar mi voz interior y confiar en ella. Me he dado más de una palmada en la frente por no haber hecho caso a mi intuición cuando todo me estaba diciendo que sí.
Cuando la sensibilidad se convierte en infierno
Pero esta misma sensibilidad puede ser un infierno. En la mayoría de las situaciones, no puedo simplemente apagar mis emociones. No siempre consigo ver que una reacción negativa no va dirigida a mí, sino a la circunstancia, o que hay factores externos que impiden que las cosas salgan como quiero.
Si alguien usa una palabra con el matiz equivocado, soy capaz de entrar en pánico y cuestionar toda la relación, así como la confianza que habíamos construido hasta ese momento.
En esos instantes, mi mente me dice que no soy querible, o que estoy haciendo algo mal. En los casos más intensos, cuando siento miedo ante algo desconocido o estoy muy nerviosa, esa tensión se convierte en síntomas físicos. El cuerpo habla cuando la mente no puede más.
Palabras que se graban en los huesos
Comunicarme con personas más reservadas o que tienen dificultades para expresar sus emociones me supone un reto enorme, precisamente porque yo soy todo lo contrario. Una sola palabra, un gesto, una imagen pueden grabarse tan hondo en mí que ninguna fuerza del mundo logra borrarlos. Para quienes no funcionan así, puedo parecer una persona excesivamente frágil. Durante mucho tiempo escuché frases como:
«No te lo tomes tan a pecho, no seas tan sensible.»
Como si hubiera un interruptor que pudiera controlar lo que ocurre dentro de mí cuando alguien me critica, me rechaza, o cuando mi estómago empieza a temblar en situaciones completamente cotidianas.
La incomodidad como entrenamiento
Me gustaría que los momentos más críticos no me afectaran tanto. Me observo a mí misma e intento atrapar la emoción antes de que me arrastre. Pero mentiría si dijera que siempre lo consigo.
Lo que sí he tenido que reconocer es que las situaciones difíciles que he tenido que afrontar sola en los últimos meses han resultado ser un entrenamiento brutal. Cuando tienes que abandonar un piso al que te mudaste hace apenas un mes por razones ajenas a ti, y luego resulta que el siguiente también está en venta y el casero no te lo dijo, y encima desfilan compradores por tu casa constantemente... algo en ti empieza a cambiar. Aprendes a reaccionar de otra manera. Y eso es solo uno de los seis o siete frentes que te ponen a prueba cada día.
Convertir el dolor en energía
Sin embargo, precisamente de esa hipersensibilidad nace una capacidad que considero única: la de transformar el dolor y la tristeza en fuerza. Puede que necesite unos días para digerir lo que ha pasado, pero después de ese proceso encuentro una energía que me hace imparable. Y esa energía compensa, de alguna manera, la fragilidad, la inseguridad y el deseo constante de ser aceptada.
Hay días y etapas en los que todavía caigo muy hondo. Pero he llegado a un punto en el que miro mis debilidades como rasgos que, en ciertos aspectos, me hacen más completa. Y eso, hoy, me llena de orgullo.











