Si naciste a principios de los años noventa, el cambio de milenio fue tu gran verano con mayúsculas. Fue justo entonces cuando empezaron a llegar esos juguetes que lo cambiaron todo, capaces de reordenar por completo la jerarquía del barrio.
Eran las maravillas rodantes y los cacharros (aparentemente) digitales por los que había que librar auténticas batallas de prestigio con nuestros padres. Porque, seamos sinceros: valían más que la paga del helado. Eran los símbolos de estatus sin los que, sencillamente, no podíamos existir, y por los que estábamos dispuestos a hacer de niño modelo durante semanas o incluso meses, con la esperanza de que los adultos acabaran cediendo.
Responsabilidad digital
La primera de estas locuras digitales con la que nos obligamos a asumir responsabilidades de padres fue el Tamagotchi. Aquella maravilla japonesa con forma de huevo y tres botones estalló alrededor de 1997. Llegamos a renunciar por completo al partido de fútbol o al juego en la calle con la excusa de que no podíamos bajar porque nuestra mascota estaba a punto de morir de hambre.
Aquel pequeño cacharro era una auténtica montaña rusa emocional: los más afortunados exprimían la versión original, otros se conformaban con la copia del mercadillo, y los menos afortunados ni siquiera eso.
Nuestra primera crisis existencial se la debemos a una carcasa de plástico con una pila de botón. Y aun así, lo adorábamos.
El salvador de los viajes eternos
Oficialmente quizá se llamaba Brick Game, aquel «ordenador de mano» alargado, gris o negro, que se encontraba en cualquier bazar o en la feria del pueblo, pero todos lo conocíamos simplemente como el tetris. Su diseño era bastante rudimentario: los botones empezaban a desgastarse la primera semana, y era casi obligatorio tapar el altavoz con cinta adhesiva si no queríamos que nuestros padres sufrieran una crisis nerviosa con aquel pitido monótono.
Yo tuve muchísima suerte, porque a mi madre también le encantaba, así que este me lo agencié relativamente pronto y sin peleas. Aunque la caja presumía orgullosa de la función «9999 in 1», la realidad era que se trataba de unas doce versiones distintas de Tetris, Snake y Space Invaders, solo que a diferentes velocidades. Aun así, cuando íbamos rumbo a la playa en aquellos viajes en coche sin aire acondicionado, esa maquinita era nuestra salvación.
La batalla de estatus del barrio
Hacia principios de los dos mil, además de la tecnología, el transporte también subió de nivel: los patinetes pesados de toda la vida, con ruedas hinchables, fueron reemplazados de golpe por los patinetes plegables de aluminio. Aquello era la cima de la libertad sobre ruedas, y si tenías uno, te convertías al instante en el rey de la calle. Los padres, claro, se llevaban las manos a la cabeza, porque costaban un pequeño dineral.
Aquel verano llegamos a casa con más moratones y rodillas peladas que nunca, pero la experiencia lo valía todo. A mí al final no me tocó patinete, pero a cambio surcaba el barrio con unos patines en línea igual de molones. Todavía siento cierta punzada de nostalgia cuando recuerdo lo decepcionada que me quedé por no tener el patinete. Pero si lo pienso con cabeza fría —las cuestas empinadas y el asfalto en pésimo estado por los que me lanzaba con los patines, y las veces que acabé en el hospital para que me cosieran algo—, tengo que admitir que mis padres decidieron sabiamente.
Los tesoros heredados del hermano mayor
Como niña nacida en el 89, tenía un arma secreta en la batalla de estatus de mi generación: mi hermano mayor. Esa situación traía una ventaja enorme: para conseguir los objetos más molones no siempre tenía que suplicar a mis padres, bastaba con esperar pacientemente a que mi hermano se cansara de ellos.
Así llegó a mis manos aquel láser con carcasa metálica, cuyos cabezales intercambiables permitían proyectar el símbolo del dólar o un ovni en la pared del edificio de enfrente cuando anochecía. Y así heredé también el yoyó, pero no el cutre de la feria, sino aquella versión pesada, «de embrague», con la que los mayores hacían trucos en la plaza como si desafiaran a la gravedad. A mí, por supuesto, al primer tirón enérgico se me enrolló toda la cuerda en la muñeca, pero el puro placer de tenerlo compensaba mis torpezas.
El círculo más enrollado del patio
Con el paso del tiempo, cuando mi hermano entró en la adolescencia, llegó a casa otro objeto de culto: el hacky sack. Aquella pequeña bolsa de ganchillo rellena de bolitas era el súmmum de lo cool, algo que los mayores hacían malabares en corro por los pasillos del instituto o en el parque. Parecían tremendamente enrollados mientras se pasaban la bola con el empeine, el exterior o el talón sin que cayera al suelo ni una sola vez. Naturalmente, tarde o temprano también acabé rogando por uno, aunque no supe hacer prácticamente nada con él. Pero lo llevaba orgullosa en el bolsillo, por si acaso alguien lo veía.
Hoy, en la era de los smartphones, los patinetes eléctricos y las PS5, los niños nos miran totalmente perplejos cuando les contamos que éramos capaces de dar la lata a nuestros padres durante semanas por una máquina que solo apilaba muros de píxeles, o por un huevo de plástico que lloraba de madrugada pidiendo comida virtual.
A cambio, nosotros lo sabemos: no fue la tecnología perfecta lo que hizo inolvidables aquellos veranos, sino la fantasía y la creatividad con las que llenábamos los días. Está bien ver la comodidad y el progreso del mundo actual, pero en secreto estoy infinitamente agradecida de haber vivido la era de aquellas maravillas analógicas de traqueteos, pitidos y tobillos rotos.
¿Qué era exactamente un Tamagotchi?
Era una maravilla japonesa con forma de huevo y tres botones que estalló hacia 1997. Funcionaba como una mascota virtual a la que había que alimentar y cuidar, provocando auténticas montañas rusas emocionales.
¿Por qué llamábamos «tetris» a la Brick Game?
Aunque oficialmente se llamaba Brick Game, todos la conocíamos como el tetris. Presumía de la función «9999 in 1», pero en realidad eran unas doce versiones de Tetris, Snake y Space Invaders a distintas velocidades.
¿Qué hacía tan especial al patinete de aluminio?
A principios de los dos mil, los patinetes plegables de aluminio reemplazaron a los pesados de toda la vida. Eran la cima de la libertad sobre ruedas, y tener uno te convertía al instante en el rey de la calle.
¿Qué es un hacky sack?
Es una pequeña bolsa de ganchillo rellena de bolitas con la que los adolescentes hacían malabares en corro, pasándosela con el empeine, el exterior o el talón sin dejarla caer. Era el símbolo absoluto de lo cool.











