De niña vi a mi madre sufrir mucho junto a mi padre alcohólico. No solo emocionalmente, sino también económicamente estaba atrapada: no sabía cómo salir de esa situación porque quedarse sola le parecía más aterrador que seguir en algo que la consumía día a día. Mi yo infantil decidió entonces: conmigo eso nunca pasará. Nunca dependeré de nadie. Nunca seré vulnerable.
De adulta, siempre me mantuve fiel a eso. Construí mi vida para estar siempre en pie por mí misma. Mi propio hogar, mis ingresos, mis decisiones. Si una relación terminara, no perdería mi entorno habitual: esa era mi red de seguridad tejida por mí misma. Y en cierto modo, eso fue una suerte. Creo que la independencia económica es fundamental: da libertad, confianza y estabilidad. Pero, y esto lo noté mucho después, también levanté muros emocionales a mi alrededor.
Me acostumbré a resolver todo sola, sin pedir ayuda. Si tengo un mal día, prefiero quedarme callada. Si tengo un problema, lo soluciono.
Aprendí que apoyarme en alguien es peligroso, porque si esa persona se va, yo también me derrumbo. Por eso durante mucho tiempo no dejé que nadie se acercara realmente.
Lo más extraño es que ahora, cuando realmente soy feliz, también me asusta esa sensación. Porque para mí la felicidad no solo significa alegría, sino también vulnerabilidad. Si dejo que alguien se acerque de verdad, ya no solo es mi destino: sus decisiones, sus estados de ánimo, su presencia —o ausencia— me afectan. Y esa idea da miedo.
Durante mucho tiempo pensé que el amor era que dos personas se entrelazaran y se fundieran en una sola. Que se volvieran dependientes —algo que siempre quise evitar.
Ahora siento que el amor también es atreverse a ser vulnerables el uno frente al otro. Pero todavía lo estoy aprendiendo. En mi relación actual, por ejemplo, siento que la confianza no significa estar segura de que la otra persona nunca me hará daño. Claro que lo espero, pero nunca podemos estar seguros. Sin embargo, creo que si duele, también seré capaz de levantarme.
Me cuesta mirar el futuro con optimismo. A veces todavía me contengo para no ser "demasiado feliz".
Es como si la felicidad fuera algo frágil que no debemos acostumbrarnos demasiado, porque la vida siempre la quita. A veces no dejo que mi pareja me ayude porque tengo un miedo profundo: si muestro que necesito su apoyo, me verá débil. O peor aún: yo me veré débil.
Pero sé que esa no es la solución. La fuerza de una relación no está en que nadie baje ni un muro, sino en que haya espacio para la confianza. En dejar que el otro vea cuando algo duele. En atreverse a ser vulnerable y confiar en que eso no hará que todo se derrumbe.
La clave quizás sea esta: aceptar que el amor nos hace vulnerables y que no podemos evitarlo si queremos vivirlo de verdad. Porque la felicidad no nace en un espacio estéril y seguro, sino donde arriesgamos. Donde permitimos que alguien vea esas partes nuestras que antes escondíamos.
Y sí, puede que duela. Puede que alguien abuse de mi confianza alguna vez. Pero no tiene sentido evitar un posible dolor futuro a costa de no permitirme ser feliz ahora. Porque quizás eso es lo único que realmente puedo perder: la oportunidad de amar con todo mi corazón en este momento.











