Sentirse segura en casa no es un lujo. Es una necesidad básica. Y tener un espacio privado, intocable, es un derecho. El problema es que hay quien no lo respeta. A mí me pasó con un alquiler, y llegó un momento en que no pude más.
En un artículo anterior ya os conté que el piso al que me mudé por segunda vez estaba a la venta, y que los propietarios no me lo dijeron al firmar el contrato. Me enteré del modo más brusco: un día llamaron a la puerta con posibles compradores, sin avisar. Eso, de entrada, no es una situación normal. Y cada vez me pesaba más tener que adaptarme constantemente a algo que, de haberlo sabido, jamás habría aceptado.
Siempre en último lugar
Que aparecieran varias veces sin concertar cita ya me parecía poco correcto. Pero recibir un mensaje del tipo "vamos a las cinco de la tarde" también me generaba ansiedad. ¿Y si esa hora no me venía bien? ¿Aceptas que entren cuando no estás en casa? A mí eso tampoco me resultaba cómodo.
Yo lo habría imaginado de otra manera: acordar uno o dos días fijos a la semana y una franja horaria concreta para las visitas, o que el comprador propusiera al menos dos opciones que le vinieran bien, ponernos de acuerdo, y así yo no me sentiría acorralada. Sé que eso también exige flexibilidad por parte de los propietarios.
Y ojo, cuando yo buscaba piso para comprar, alguno tenía inquilino dentro, y solo había una franja de dos horas, un único día, para ir a verlo. Sí, ese propietario respetaba los límites de la otra persona.
En alerta permanente
A pesar de todos los consejos, hubo veces en que dejé que entraran aunque yo no estuviera en casa. Sencillamente no podía reorganizar el día, o estaba en un estado mental tan malo que prefería salir a caminar, porque cualquier cosa era mejor que sonreír a desconocidos mientras paseaban por encima de mi vida.
Mi sistema nervioso ya vive en un estado de alerta constante. Lo que no podía gestionar era no poder relajarme ni siquiera en mi propia casa, tener que vivir siempre "en un escaparate", cuando tengo derecho a mi vida privada y a protegerla.
Cuando se cruza la línea de la intimidad
La cuerda se rompió definitivamente uno de los días más caóticos, cuando intentaba mantenerlo todo bajo control y, encima, tenía que contar la señal del piso que quería comprar, que estaba sobre la cama. Sonó el timbre. Oí que el propietario venía con el agente inmobiliario y unos posibles compradores.
Como ni mi ropa era la que llevaría para recibir a nadie, el dinero estaba a la vista y encima no encontraba mis llaves, no abrí de inmediato. Y justo aquel día, por casualidad, había olvidado cerrar con llave.
Mientras intentaba a toda prisa ponerme un pantalón y guardar el dinero, vi cómo bajaban el picaporte y, al no abrirse la puerta por el resbalón atascado, empezaron a forcejear con ella. Aquellas décimas de segundo me provocaron un miedo tan profundo que creo que nunca lo olvidaré.
Respetar la vida del otro
Ni a mi propia madre ni a mis amigos les entraría así en casa. Mucho menos a una inquilina que ocupa la vivienda de forma totalmente legal. Y más aún cuando no había ninguna cita acordada.
No entiendo a quién le parece normal que, si alguien no abre la puerta, se intente entrar igualmente.
Aquella situación ya fue bastante incómoda, pero no quiero ni imaginar qué habría pasado si hubiera estado en la ducha, durmiendo o algo parecido, y ellos entrando con el comprador.
Al límite
No fui amable cuando abrí la puerta. Nada amable. Y el propietario y los compradores solo sonreían diciendo que no querían molestar.
Pues sí, sí que molestáis. Que lo digáis con buenas palabras no cambia el hecho de que, otra vez, no sabía nada de esto.
Como la semana anterior tampoco los había dejado entrar por motivos parecidos, hasta al propietario le resultaba ya violento. Estaba tan fuera de mí que, en tono cortante, dije: "¿sabéis qué?, pasad". Aunque el piso tampoco estaba en condiciones para enseñárselo a nadie.
La mala situación y mi rechazo solo empeoraron con los comentarios del agente inmobiliario, sobre todo cuando describió como parte del mobiliario del piso electrodomésticos y muebles que son míos. A la visita le puso fin mi frase: "Hace 31 grados a pesar de que el aire está a 22." El comprador dio media vuelta, aunque creo que lo que más le molestó fue mi tono.
Dos mundos completamente distintos
Por enésima vez intenté hablar con el propietario para decirle que así las cosas no funcionaban. Pero recibí la respuesta de siempre: "intentamos no causar molestias". Dejé claro que, por desgracia, eso no bastaba, aunque para ellos manda el comprador: si quiere venir de inmediato, hay que amoldarse.
Puse mi propio ejemplo. Curiosamente, como compradora yo sí supe adaptarme a lo que le venía bien a los demás, y tanto el vendedor como yo buscábamos, de común acuerdo, una hora cómoda para todos.
Luego, de pura casualidad, me enteré de que ese mismo día por la tarde volvían a venir interesados. Fue entonces cuando lo decidí: hasta aquí. En una semana me mudo.
¿Puede el propietario enseñar el piso sin avisar al inquilino?
Presentarse sin concertar cita no es una situación correcta ni cómoda. Lo razonable es acordar días y franjas horarias concretas para las visitas, respetando la vida privada de quien vive en la vivienda de forma legal.
¿Estás obligada a dejar entrar cuando no estás en casa?
En mi caso, aceptar que entraran sin estar presente me generaba una gran incomodidad. Tienes derecho a tu intimidad y a protegerla, aunque adaptar el día no siempre sea sencillo.
¿Qué hago si vivir de alquiler en un piso en venta me supera?
Merece la pena intentar hablar con el propietario y proponer un sistema de visitas más respetuoso. Si aun así la situación no cambia y afecta a tu bienestar, plantearte mudarte, como hice yo, es una opción legítima.











