Cuando conocí a mi pareja y supe que tenía TDAH y trastorno del espectro autista, no sentí que eso cambiara nada entre nosotros. Pensé que la comprensión, la paciencia y la apertura lo resolverían todo. Porque cuando amas a alguien, te adaptas, ¿verdad?
Hoy, después de varios años juntos, digo: el amor realmente soporta mucho, pero el camino hacia la aceptación no siempre es recto ni fácil.
Al principio de nuestra relación todo era nuevo, y las diferencias parecían interesantes.
Pero al pasar más tiempo juntos, poco a poco me di cuenta de que algunas cosas que antes daba por sentadas no funcionan igual con él. Por ejemplo, no soporta que le toque la cara al despertar por la mañana.
Para mí, eso siempre fue una de las formas más bonitas de ternura: un toque, una sonrisa, un “buenos días”. Para él, en cambio, es un estímulo abrumador. Se estremece, se aparta, como si se asustara. Antes me dolía, ahora sé que no se trata de mí.
De igual modo, tiene una rutina estricta antes de dormir que sigue paso a paso. Por ejemplo, nunca omite escribir en su diario, incluso tras una noche romántica cuando yo solo quiero que se acueste a mi lado. Al principio me costaba entender por qué sus notas eran más importantes que estar conmigo en ese momento. Ahora sé que no es cuestión de prioridades.
Simplemente así funciona su cerebro. Esa rutina le da seguridad, previsibilidad y estabilidad. Si la omite, solo puede estar conmigo físicamente, porque su mente estará en otro lugar. De hecho, sufre. Y yo no quiero eso, porque lo amo.
Con los años aprendí que “comprender” no siempre significa captar todo lógicamente. Hay cosas que nunca sentiré completamente porque mi cerebro está cableado de otra manera. Como neurotípica, puedo analizar o explicar las razones o necesidades, pero llega un punto en que la clave es aceptar, no entender.
Aprendí que no necesito respuestas para cada sentimiento ni justificar racionalmente cada hábito. Hay cosas que simplemente hay que aceptar, como el clima: a veces impredecible, pero parte del mundo que amo.
Claro, no fue de un día para otro. Hubo momentos en que sentí que todo recaía sobre mí: que yo me adaptaba, yo aprendía, yo prestaba atención. Y muchas veces esperaba que él “mejorara” o se acercara a mi mundo. Luego entendí que nuestra vida juntos no trata de que uno renuncie a sí mismo, sino de encontrar ese punto medio donde ambos podamos existir. Él aprende a responder con más flexibilidad, y yo aprendo que el amor no siempre está donde antes lo buscaba.
Hoy no intento entender cada uno de sus gestos. Y definitivamente no quiero “arreglarlo” ni “normalizarlo”. Acepto que vive el mundo de otra manera y agradezco que haya espacio para mí en esa diferencia. Él también acepta y respeta mis necesidades, y hace todo lo posible para que se cumplan mis expectativas. Al fin y al cabo, eso es el amor, ¿no? Aceptar al otro tal como es y alegrarse de que se atreva a ser él mismo a nuestro lado.











