Artículo de opinión: Schuster Borka
Después de cinco años juntos, empezar a pensar en el matrimonio me pareció algo natural. En realidad, llevo pensando en ello desde el principio: cuando conocí a mi pareja, supe que era la persona a la que quería llamar mi marido. Que quería que nuestra relación tuviera también un marco formal. No tanto por la ceremonia en sí, sino porque el matrimonio representa para mí una decisión compartida sobre el futuro: un "sí" no solo el uno al otro, sino a la idea de que esto lo tomamos en serio.
Mi pareja, en cambio, no es de ese tipo
Y si soy honesta, nunca lo ha sido. No creció viendo el matrimonio como una meta vital, y aunque no lo descarta por completo, nunca se imaginó pasando por el altar. Me dice que quiere estar conmigo, que quiere pasar su vida a mi lado, pero que el matrimonio le parece algo superficial. Según él, la gente se promete cosas que en realidad no puede saber si podrá cumplir. Nadie sabe lo que sentirá dentro de diez o veinte años, así que el matrimonio sería más un gesto simbólico que una garantía real.
Hay una parte de mí que entiende ese razonamiento. A veces incluso lo comparte. Es verdad que ningún papel ni ninguna promesa pronunciada en voz alta puede impedir que las personas cambien.
La vida es impredecible, y toda relación lleva en sí la posibilidad del cambio. En ese sentido, el matrimonio realmente no garantiza nada.
Y sin embargo, hay otra emoción dentro de mí. Una necesidad que es más difícil de resolver con lógica. Esa parte no busca una prueba, sino una sensación de seguridad. No necesito que algo esté garantizado para siempre, sino que podamos decir en voz alta: ahora mismo esto lo queremos de verdad, y nos elegimos el uno al otro con todas las consecuencias. Para mí eso no es solo una formalidad, es también un ancla emocional.
Y aquí es donde la imagen empieza a desdibujarse
Porque mientras yo busco una confirmación que apunte al futuro, quizás me estoy perdiendo el presente. Mi pareja no tiene dudas sobre nuestra relación. No me dice que no quiere estar conmigo, sino que para él esta relación es suficiente tal como es, sin necesidad de validación externa. Y yo, mientras tanto, puede que esté dándole vueltas a la ausencia de un gesto simbólico que no es condición necesaria para que nos amemos.
Poco a poco, mi dilema ha dejado de ser si habrá boda o no. Ahora es sobre qué considero más importante: la forma de una promesa orientada al futuro, o la certeza del presente que vivo día a día.
Tal vez mi deseo de casarme no tiene tanto que ver con el futuro como con querer saber con seguridad que lo que sentimos ahora importa. Pero quizás ese tipo de certeza no la da un "sí" pronunciado ante testigos, sino la manera en que nos tratamos cada día.
Y si eso es verdad, entonces puede que la pregunta no sea si tengo derecho a pedirle matrimonio. Sino si soy capaz de soltar la ilusión de que existe alguna forma que pueda ser más tranquilizadora que lo que ya estamos viviendo juntos.











