Artículo de opinión: Schuszter Borka
Desde que mi pareja me pidió matrimonio, más o menos una de cada dos conversaciones que tengo gira en torno a las mismas preguntas: ¿Cuándo es la boda? ¿A cuánta gente vais a invitar? ¿Habrá ceremonia religiosa? ¿Qué vestido quieres? ¿Ya tenéis el sitio? ¿La decoración? ¿El grupo de música? ¿El fotógrafo?
Y cada vez me cuesta más encontrar la manera de decirle a la gente que todo esto, de corazón y con total honestidad, no me interesa lo más mínimo. Es más: no lo quiero ni regalado.
No tenemos ninguna gana de meternos en la organización de una boda, así que se nos ocurrió una idea revolucionaria: simplemente no organizar boda. Sí, ya lo sé, es una locura que dos personas adultas decidan no hacer algo que no es obligatorio y que no les apetece. Pero es que nosotros somos así de rebeldes.
Creo que mucha gente da por hecho que, tras el compromiso, se activa dentro de una un modo automático de "organizadora de bodas". De repente empiezas a crear tableros en Pinterest, a mirar vestidos de novia, a soñar con arreglos florales y a contar con ilusión cuántas noches faltan para el gran día.
Pues a mí ese interruptor se me quedó sin instalar
El ramo de novia no me emociona. Las tarjetas de asignación de mesas no me ilusionan. No quiero pensar en la calidad del papel de las invitaciones, y tampoco voy a ser más feliz pasándome meses angustiada por quién se ofenderá según en qué mesa lo sentemos.
Por suerte, mi prometido piensa exactamente igual.
Lo más probable es que tengamos una ceremonia civil donde nos casemos oficialmente. Y ya está.
No habrá banquete. No habrá fiesta hasta el amanecer. No habrá baile de novios, primer baile ni corte de tarta. No porque nos dé pena el dinero, sino porque, sencillamente, a ninguno de los dos nos apetece.
Y, por alguna razón, esto incomoda a mucha gente. Como si una boda tuviera que incluir obligatoriamente a cien invitados, una decoración cuidadosamente diseñada y un programa que dure todo el día. Como si el matrimonio solo fuera lo bastante serio si antes nos hemos estresado con él durante meses.
Que no se me malinterprete: no tengo nada en contra de quien desea exactamente eso. Al contrario. A las bodas a las que me invitan voy encantada. Me gusta ver la alegría de los demás, me encanta cuando dos personas celebran que unen sus vidas. Si alguien lleva soñando desde la infancia con una gran boda, ojalá tenga justo la que imaginó.
Lo único que no entiendo es por qué cuesta tanto aceptar que a otra persona eso mismo simplemente no le importa.
A mí, por ejemplo, solo pensarlo ya me agota: coordinar con distintos proveedores, pedir presupuestos, escribir listas de invitados, negociar concesiones y, entre medias, darle vueltas a quién se va a molestar por no estar invitado o por no sentarse donde esperaba.
Me cuesta imaginar cómo se puede organizar una boda sin acabar, en algún momento, cumpliendo las expectativas de los demás. Y lo último que quiero es pasarme meses estresada y gastar una fortuna para montar algo que, en realidad, sirve para satisfacer las necesidades de otras personas.
No quiero angustiarme durante meses por un evento que, para mí, no aporta ningún valor especial. No quiero gastar una fortuna en un solo día solo porque lo dictan la tradición o la presión social. Y, siendo sincera, no quiero invertir dinero y energía en una fiesta en la que se supone que debo pasarlo genial y sentirme libre… mientras mi abuela me observa.
El hecho de no tener banquete no cambia nada: al día siguiente seguiremos queriéndonos igual.
Y aunque no haya fotos profesionales de la entrada entre bengalas o de una decoración perfectamente coordinada, seguiremos siendo marido y mujer exactamente igual.
La verdad es que me ilusiona muchísimo más la idea de que, con el dinero que gastaríamos en un solo día, nos vayamos de viaje los dos. A algún sitio donde no haya plano de mesas, ni horarios, ni la obligación de quedar bien con nadie. Solo nosotros dos. Tal y como nos gusta estar.
¿Es raro no querer celebrar una gran boda?
Para nada. Es una decisión personal tan válida como cualquier otra. Que a alguien no le ilusione el ramo, la decoración o el banquete no dice nada sobre su compromiso ni sobre lo serio de su relación.
¿Casarse solo por lo civil hace que el matrimonio sea menos válido?
No. Una ceremonia civil oficializa el matrimonio igual que cualquier otra celebración. El tamaño de la fiesta no determina la fuerza del vínculo.
¿Por qué la gente insiste tanto en la boda perfecta?
Muchas personas dan por hecho que, tras el compromiso, se activa un "modo organizadora" automático. También pesan la tradición y las expectativas sociales, que llevan a pensar que una boda debe incluir muchos invitados y un gran despliegue.
¿Qué hacer con el dinero si no se celebra una gran boda?
Cada pareja decide. En este caso, la ilusión está en invertir ese dinero en un viaje juntos, sin plano de mesas ni horarios, para disfrutar el momento a solas.











