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El matrimonio no es una escritura de propiedad: por qué no cambiaré mi apellido al casarme

Szabó Erzsébet4 min de lectura
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El matrimonio no es una escritura de propiedad: por qué no cambiaré mi apellido al casarme — Familia

Casarse es una de las promesas más profundas que puede hacer una persona. Dos vidas que eligen encontrarse, construir algo juntas y enfrentar lo que venga. Pero hay una pregunta que, tarde o temprano, aparece en casi todas las conversaciones sobre bodas: ¿vas a cambiar tu apellido?

Mi respuesta siempre ha sido no. Y no porque rechace el matrimonio ni la tradición, sino porque mi apellido no es solo un conjunto de letras en un documento. Es la primera capa de mi identidad, la que me ha acompañado desde el principio.

Quien fui, sigo siendo — también dentro del matrimonio

Esta certeza no llegó de golpe. Desde pequeña, de manera casi instintiva, supe que si algún día me casaba, no dejaría mi apellido en el altar. No era rebeldía ni un gesto político. Era algo más sencillo y más profundo a la vez: una convicción interior de que mi nombre soy yo.

Cuando lo hablé con mi pareja, me sentí enormemente agradecida por su reacción. Ni siquiera se le pasó por la cabeza cuestionarlo. En el registro civil, en cambio, recibí algún que otro comentario amable pero cargado de intención — que aún tendría unos días para "reconsiderarlo". Mi convicción no se movió ni un milímetro.

No tengo una relación especialmente estrecha con mi padre biológico, pero sí admiro profundamente a las personas que han formado mi vida. Aun así, mantener mi apellido no va de vínculos familiares. Va de continuidad interior: ese hilo invisible que conecta a la niña que fui con la mujer que soy hoy.

Mi apellido es testigo de mi historia: en él están todos mis logros, todos mis tropiezos y el camino que recorrí sola antes de que existiera un "nosotros".

Lo entendí con una claridad inesperada el día que estuve frente a la tumba de mi abuela. En la lápida no figuraba el apellido de su marido, sino el suyo propio, el que tuvo desde que nació. En ese momento silencioso comprendí que conservar el propio nombre puede ser también la última expresión de la dignidad individual, la que permanece más allá de cualquier rol que hayamos desempeñado.

El apellido como sello de nuestra historia personal

No estoy sola en esto. Las tendencias internacionales muestran que las mujeres de entre treinta y cuarenta años son cada vez más conscientes de esta decisión. Muchas llegan al matrimonio con una carrera consolidada, un reconocimiento profesional construido con años de esfuerzo y una identidad pública que llevan su nombre.

Tiene todo el sentido: si durante años has publicado, creado o trabajado bajo tu apellido, cambiarlo no es solo una cuestión emocional. Es también una pérdida práctica y real. En el mundo actual, tu nombre es tu huella digital, el fundamento de tu credibilidad y el hilo conductor de tu historia. Además, la generación de los treinta suele llegar al matrimonio después de años de convivencia en pareja, con una dinámica de igualdad ya establecida en la que cada uno preserva su propia identidad. En ese contexto, el cambio de apellido puede sentirse como un paso hacia atrás.

Sé que todavía hay quienes consideran que compartir el apellido es el verdadero sello de una familia. Yo lo veo de otra manera. Para mí, mantener el mío no es un rechazo al matrimonio, sino una forma de honestidad conmigo misma. Nunca pude identificarme con la idea de "pertenecer" a alguien con una firma, cuando lo que realmente quiero es elegir estar a su lado.

Creo que la verdadera unión no está en compartir las mismas letras, sino en compartir los mismos valores y en los gestos cotidianos que nos hacemos el uno al otro.

Y también creo esto: puedo estar plenamente presente en nuestra vida en común precisamente porque no he perdido a la mujer en la que me convertí antes de este matrimonio. A la mujer que mi futuro marido amó. A la mujer cuyo nombre lleva el sello de su propia historia.

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