Quizá no eres una obsesa del control. Quizá tu pareja simplemente es descuidada.
Si alguna vez te has sentido como la "histérica" de casa por pedir algo cinco veces sin resultado, este relato te va a resultar incómodamente familiar. Porque hay una línea muy fina entre ser demasiado rígida y estar simplemente agotada de cargar con todo.
La petición que nunca se cumple
Le pido algo. Dice que sí, que lo hace. No pasa nada, así que se lo pido de nuevo. Dice: "vale, ahora mismo". No lo hace, se lo vuelvo a pedir, se lo pido otras cinco veces sin éxito y, al final, la histérica soy yo por haberlo hecho yo misma y estar enfadada con él. Y esto se repite todos los días.
El efecto dominó
Mi marido es el típico padre divertido y payaso, y los niños lo adoran. Me alegro por ello, pero eso también significa que yo soy la madre estricta, la aguafiestas. No me gusta ese papel, porque en el fondo soy una persona relajada, pero alguien tiene que asumirlo para que la vida familiar funcione.
A mi marido le encanta darles de cenar a los niños por las noches. Hace poco le contó a mi cuñada que él ayudaría encantado, pero que yo no le dejo, porque "todo tiene que ocurrir con precisión de reloj y no soy nada flexible". Primero respiré hondo, porque ya lo hemos hablado cien veces y se me hincharon las venas al instante. Luego le expliqué con calma a mi cuñada por qué me he vuelto tan tiquismiquis.
Por supuesto, la cena la preparo yo y la sirvo yo, porque si esperara a que la hiciera él, los niños se morirían de hambre. La comida se enfría sobre la mesa mientras él todavía no ha conseguido sentar a los niños; soy yo quien tiene que gritarles para que se acerquen.
La cena es de buen ambiente, llena de bromas, y el resultado es que dejan el doble de desorden que si yo supervisara. Recoger y fregar también es tarea mía. Con tanta broma la comida se alarga muchísimo, porque encima empezaron tarde, y como se ríen más de lo que comen, al final apenas prueban bocado.
Por eso el baño se retrasa, y con él la hora de dormir, que se vuelve más difícil porque los niños están alterados y sobreexcitados. No se duermen a tiempo, por la mañana no consigo despertarlos, se levantan con hambre porque no cenaron bien, llegamos tarde a la guardería y, en consecuencia, yo llego tarde al trabajo.
Y en momentos así surge la pregunta legítima: ¿soy yo demasiado rígida, o es que mi marido no sabe ni dar de cenar a sus propios hijos?
¿Y si lo hace mal a propósito?
Estoy convencida de que mi ex marido lo hacía todo fatal a propósito, para que dejara de pedirle ayuda con las tareas de casa. A los conocidos, claro, les decía que tiró la toalla porque era imposible complacerme.
Es una jugada más común de lo que parece: hacer algo tan mal que la otra persona acabe prefiriendo hacerlo ella misma. Y funciona.
"Ya no pienso intentarlo más"
Mi marido declaró solemnemente que no volvería a intentar ayudarme en nada, porque total, para mí nunca está bien. Me habría dado con la cabeza contra la pared, porque durante meses, con una paciencia infinita, le fui enseñando cómo hacer cada cosa en casa y con el niño.
¿Por qué tengo que darle yo un curso a un hombre adulto sobre cómo fregar a mano o poner una lavadora?
Valoraba que lo intentara, pero le mencionaba con amabilidad cuando algo salía mal: por ejemplo, cuando lavó la ropa de color junto con la blanca (así se estropeó mi top favorito, pero no le monté ningún numerito), cuando dejaba los platos con manchas o cuando no hacía eructar bien al bebé.
O sea, que hago todo yo, y encima le enseño y arreglo lo que él estropea. Todo esto con la paciencia de un Buda. Y aun así es él quien se ofende y dice que no ayuda más porque para mí nada está bien.
Le dije, resignada, que si no es hábil es porque se le nota que las tareas de casa le dan igual, que en realidad no quiere ayudarme. Lo hace todo de cualquier manera, a la ligera, y así me genera más trabajo. Le pregunté si de verdad cree que el problema es mi mano dura, o que a él lo supera un simple fregado de platos.
Una cuestión de confianza
Era incapaz de dejar el váter limpio después de usarlo. Una vez le pregunté que si ni siquiera puedo confiarle cosas tan pequeñas, cómo iba a confiarle algo más importante, como el coche, el niño o nuestras finanzas. Se ofendió muchísimo.
Y quizá esa sea la pregunta de fondo de tantas parejas: no se trata de quién friega mejor, sino de si sientes que puedes soltar el control sin que todo se venga abajo.
¿Soy una controladora o mi pareja es descuidada?
No siempre es fácil distinguirlo. Si tú asumes todo el trabajo y encima corriges lo que la otra persona hace mal, es probable que el problema no sea tu rigidez, sino un reparto desigual del esfuerzo.
¿Por qué acabo siendo yo la "exagerada"?
Porque cuando pides algo varias veces sin resultado y al final lo haces tú, el enfado se ve, pero el motivo que lo provocó no. Así es fácil quedar como la histérica de la casa.
¿Es verdad que algunas parejas lo hacen mal a propósito?
En el relato, la autora sospecha que su ex hacía las tareas mal deliberadamente para que dejara de pedirle ayuda. Cuando alguien hace algo tan mal que prefieres encargarte tú, el resultado es que acabas cargando con todo.
¿Es normal tener que "enseñar" tareas domésticas a una pareja adulta?
La autora se pregunta precisamente eso: por qué debe dar un curso a un adulto sobre cómo fregar o poner una lavadora. Refleja el desgaste de asumir no solo las tareas, sino también la responsabilidad de organizarlas.











