Artículo de opinión – Borka Schuster
Durante mucho tiempo estuve convencida de una cosa: si surgía una tensión entre nosotros, había que resolverla ya. En ese mismo instante. Como si dejarla pasar aunque fueran unos minutos fuera peligroso.
Pero en los últimos años, poco a poco, descubrimos algo que lo cambió todo. A veces, la mejor técnica de comunicación es no intentar comunicarte de inmediato.
Como persona con un apego ansioso, apenas aparecía un roce entre nosotros, yo ya quería solucionarlo. Se me disparaban todos los receptores del miedo y exigían respuestas al instante.
En mi cabeza, el conflicto no era una ola natural entre dos personas que se quieren. Era una emergencia que había que neutralizar con urgencia.
Y actuaba en consecuencia
Se activaba la ansiedad, con ella el miedo, y en segundos mis emociones tomaban el mando. En esos momentos no había paciencia, ni distancia, ni perspectiva. Solo esa sensación de que había que hablarlo todo ahora mismo, o algo malo iba a pasar.
El problema era que en ese estado casi nunca salía una buena conversación.
Salían frases rápidas y tensas, malentendidos, defensas y palabras que ninguno de los dos había pensado del todo.
Y muchas veces al final no resolvíamos el problema original, sino que le añadíamos otra capa. Un comentario un poco brusco, que casi siempre se arregla con un "perdón" rápido y un abrazo, se convertía en enfados innecesarios y en frases lanzadas para hacer daño.
No digo que nunca sirva aclarar las cosas en caliente. No todos los conflictos aguantan la espera, y a veces una charla rápida evita un malentendido mayor.
Pero en estos años aprendimos que, en muchísimas situaciones, lo mejor es precisamente no intentar comunicarte en el momento.
¿Conoces esa escena en la que tu pareja te saca de quicio y acabas en la otra habitación regando las plantas con rabia mientras murmuras insultos entre dientes? Reconozcámoslo: a todos nos pasa alguna vez. Pero es mucho mejor decirle esas frases —que casi nunca pensamos de verdad— al potus, y no a la cara de nuestra pareja.
Por eso empecé a "desactivar" ese reflejo de forma consciente
No literalmente, claro, pero sí en la práctica. Si noto que estoy demasiado alterada y que solo hablaría la rabia por mi boca, prefiero salir de la situación.
A veces soy yo quien sale de la habitación. Otras veces le pido a mi pareja que salga a dar una vuelta. No como castigo, ni de forma pasivo-agresiva, sino simplemente para que el sistema nervioso de los dos pueda volver a un estado más tranquilo.
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Quince minutos. A veces basta con eso para que baje la primera ola, para poder pensar bien qué queremos decir y no hablar desde el impulso, sino con la intención de hacernos entender y de entender también al otro.
Cuando volvemos a la conversación después de eso, salen palabras completamente distintas. No hablamos desde la defensa ni desde el ataque: los dos hemos tenido tiempo de pensar qué queremos decir y cómo.
De una media frase mal entendida, de una crítica soltada en un momento de cansancio, así es mucho más fácil volver. Porque ya no habla la primera rabia. Y esa diferencia lo cambia todo.
Antes pasaba que una situación que se arreglaba en cinco minutos se convertía en una pelea eterna, solo porque en el arrebato añadíamos otras cuatro cosas que ninguno pensaba de verdad, pero que, una vez dichas, ya no había manera de recoger. Hoy es mucho más raro que dejemos que esa primera ola se descontrole.
Eso sí, para llegar hasta aquí tuve que aprender a reconocer en mí misma cuándo no estoy en condiciones de hablar. Y tuve que creer una cosa: que mi pareja seguirá ahí dentro de 15 minutos, y estará dispuesta a escucharme.
¿Por qué es mala idea resolver un conflicto en pleno enfado?
Porque en ese estado suelen salir frases tensas y mal pensadas que ninguno de los dos dice en serio. En lugar de resolver el problema original, se le añade otra capa de heridas innecesarias.
¿Hacer una pausa no es lo mismo que evitar el conflicto?
No, si se hace bien. No se trata de castigar ni de ignorar al otro de forma pasivo-agresiva, sino de darle tiempo al sistema nervioso de ambos para calmarse y volver a la conversación con claridad.
¿Cuánto tiempo conviene esperar antes de retomar la charla?
A veces bastan quince minutos para que baje la primera ola de emoción. Lo importante no es el número exacto, sino volver ya sin hablar desde el impulso.
¿Siempre es mejor esperar antes de hablar?
No. No todos los conflictos aguantan la espera, y a veces una charla rápida evita un malentendido mayor. La clave está en reconocer cuándo estás demasiado alterado para hablar bien.











