¿Qué le ocurre a una persona que crece rodeada de montañas de objetos, basura y caos acumulado? Este es mi testimonio.
Una enfermedad que nadie quería ver
Mi madre tenía un trabajo bien pagado y ocupaba un cargo de responsabilidad. Pero jamás habría reconocido que tenía un problema. Ni siquiera cuando, en una ocasión, tuve que pasarme medio día apartando cosas para llegar al sifón atascado del fregadero, y entre los montones encontré el cadáver momificado de Cirmi, nuestra gata, que llevaba "desaparecida" dos años.
Ni la basura se tiraba
Mi padre no era capaz de tirar ni la basura. Una vez me gritó por intentar tirar un envoltorio de chocolate. Lo alisó con cuidado y lo guardó. Ese trauma me dejó una huella: aún hoy me cuesta desprenderme de las cosas. Tengo que repetirme en voz baja "esto es basura, no lo necesitas" antes de poder tirarlo.
El ultraminiimalismo como respuesta
En mi casa solo hay lo estrictamente necesario. Duermo en un colchón en el suelo, porque un somier me parece un lujo innecesario. No tengo mesa ni silla: como y trabajo sentada en la cama. Tampoco tengo sofá ni sillón; leo y veo la televisión desde la cama. Tengo un armario, y en él cabe todo lo que poseo. Treinta prendas de ropa, contando los zapatos, y me aseguro de no superar ese número.
No tengo libros físicos, uso un e-reader. Un vaso, una taza y un juego de cubiertos individual. Ni un solo objeto decorativo. La sola idea de tener cachivaches a mi alrededor me revuelve el estómago. Solo soy capaz de existir en el ultraminiimalismo absoluto.
El peso de la herencia familiar
Mis bisabuelos no tenían nada. Vivieron la guerra y la posguerra, y sabían lo que era la escasez real. Si una olla se agujereaba, la remendaban hasta que ya no daba más de sí, porque no había otra. Esa mentalidad la transmitieron a mi abuelo, y él a mi padre.
El problema es que mi padre ya creció en una relativa comodidad, sin carecer de nada. El resultado fue una acumulación sin sentido: le habían inculcado que no se tira nada, pero él siempre compraba cosas nuevas. Así se convirtió en el acumulador clásico, con la casa llena de trastos hasta el techo y pasillos estrechos para moverse entre ellos.
Creo que yo habría acabado igual si no fuera por mi marido, que una vez al año hace una purga implacable mientras yo estoy visitando a mi familia en el extranjero. Siempre discutimos por ello, pero hasta ahora nunca ha tirado nada que me haya faltado. En el fondo, no me quejo.
La vergüenza de invitar a alguien a casa
Solo una vez, de pequeña, invité a un compañero de clase a casa. Su cara al ver el estado del piso lo decía todo. Nunca más volvió nadie. Me daba demasiada vergüenza. De adulta, en cambio, mi casa está siempre en orden perfecto: podría comer del suelo en cualquier momento. Vivo en una limpieza y un orden casi compulsivos. Esa también es la herencia de mis padres acumuladores.
"Algo servirá para algo"
"¡Algo servirá para algo!" Era el lema de mis padres. ¿Trozos de valla de madera podrida? ¿Un barreño roto o una herramienta mellada? ¿Un alambre oxidado? ¿Una cafetera de 40 años que no funcionaba, ropa rasgada, periódicos amarillentos? Todo, absolutamente todo, iba a servir para algo algún día. Al final, nada sirvió para nada, salvo para que yo creciera entre basura y me convirtiera en una adulta con alergia al polvo, asma y ansiedad.
Yo, en cambio, limpio con precisión de reloj: la cocina cada semana, el resto de la casa cada mes. Mis hijos no van a crecer en un vertedero.
La genética no lo explica todo
Yo no me convertí en acumuladora. Mi hermana pequeña, sí. Vive exactamente igual que nuestros padres. Dos personas, la misma infancia, destinos opuestos. La genética y el entorno juegan sus cartas de maneras que no siempre podemos predecir.
Neurodivergencia y colecciones infinitas
Estoy convencida de que mi madre era neurodivergente. Se lanzaba al cien por cien a proyectos creativos que abandonaba, de media, en dos semanas. Por eso la casa estaba llena de telas, tres máquinas de coser que nunca usó, cajas de abalorios, paletas de pintura, macramé, lana, arcilla… Con todo aquello habrían podido surtirse tres tiendas de manualidades.
Mi padre, por su parte, adoraba los cacharros: televisores pequeños, radios de bolsillo, cámaras de fotos, metrónomos, relojes… Con los años, lo que empezó en su pequeño taller se fue derramando al salón, al recibidor y hasta al baño. Tenía dieciséis años cuando un día llegué a casa y encontré cajas de sus cosas dentro de mi habitación, mi único refugio. Desde entonces, de adulta, soy tremendamente territorial. No soy capaz de compartir espacio con nadie que no respete mis límites. Protejo mi pequeño rincón, donde solo hay cosas que de verdad importan.
La herencia que nadie quiere
Mis padres eran acumuladores, y yo también lo soy, aunque de otra manera. Mi madre murió hace tres años; mi padre, el año pasado. Su casa en el pueblo sigue intacta, porque no tengo fuerzas para enfrentarme a la montaña de objetos que dejaron. Me gustaría prenderle fuego a todo, pero no puedo: entre toneladas de trastos se esconden muebles antiguos de valor, joyas y fotografías que me importan.
Espero no dejarles a mis hijos una tarea tan ingrata. Aunque, en el fondo, temo que así será…
Cuando nada tiene valor sentimental
Mi madre no tiraba nada. Si una máquina se rompía sin remedio, la guardaba igualmente, "por si servía de piezas". Después de su muerte, pagué una fortuna a una empresa para que se llevara todo lo que había acumulado. En el fondo del jardín había lavadoras, televisores antiguos, vídeos y neveras. La casa estaba llena hasta el techo de ropa y trastos de todo tipo. Solo para la ropa hicieron falta tres contenedores.
Yo soy exactamente lo contrario. Tiro todo lo que no funciona a la perfección. No llevo nada al taller: me deshago de ello y compro uno nuevo. Para mí, los objetos no tienen valor en sí mismos. Solo lo tiene el espacio vacío que dejan.











