Hay quienes dicen que la ilusión se va apagando poco a poco con los años, sin que uno se dé cuenta. Pero hay otros que recuerdan el momento exacto: el día, la hora, la frase que lo cambió todo. Estas son sus historias.
La menopausia
Tenía 50 años cuando llegó la menopausia y lo arrasó todo. Luché con todas mis fuerzas: deporte, hormonas, medicamentos. Pero al final me rendí, porque nada funcionaba. Engordé donde nunca había engordado, el pelo se me cayó a mechones y perdió todo su brillo, y mi piel, que siempre había sido bonita, se volvió apagada y seca.
Con el tiempo, dejé de reconocerme en el espejo. Y aunque lo físico era solo una parte, lo cierto es que fue entonces cuando solté la lucha. Dejé ir mi juventud y con ella, algo que no supe recuperar.
La compañera de vida
Perdí el interés por la vida a los 60 años, cuando murió mi mujer. Ella se quedó para siempre con 57 años: guapa, llena de energía, llena de vida. Yo me rompí por dentro y ya no tuve fuerzas para salir del pozo. Desde que ella no está, nada me motiva. Solo espero poder seguirla.
El golpe más duro
Tenía 34 años cuando sacrifiqué dos años de mi vida por un ascenso. Era el trabajo de mis sueños y estaba dispuesto a todo: dos años de esfuerzo brutal, de vivir solo para la empresa, de no tener vida propia. Y al final no me eligieron a mí, sino al favorito del jefe.
Ese día aprendí que la vida no es justa. Y desde entonces no he vuelto a ilusionarme con nada de la misma manera.
El altar
A los 27 años, mi prometido me dijo dos días antes de la boda que estaba enamorado de otra persona. Algo se rompió dentro de mí que nunca volvió a soldarse. Desde entonces no soy capaz de confiar en los hombres, y eso me hace incapaz de tener una relación de verdad.
La pérdida más grande
Tenía 29 años cuando mi hijo murió de repente a causa de una enfermedad. Tenía cuatro años. Desde ese día, el mundo que antes era de colores se volvió gris.
La deuda que se llevó todo
A los 30 años pedí una hipoteca. Me lo podía permitir: tenía trabajo estable y encontré un piso a buen precio. Pero la crisis no estaba en mis planes. Las cuotas fueron subiendo y llegó un momento en que no pude pagarlas. El banco se quedó con el piso.
Fue entonces cuando se apagó la llama. Desde ese día vivo de alquiler, la mitad de mi sueldo se va en el alojamiento y no consigo ahorrar nada. Vivo al límite mes a mes, y eso me ha amargado por dentro.
Abandonada
Después de un mal matrimonio y varias relaciones fallidas, a los 45 años conocí a alguien especial. Era como una flor marchita que vuelve a abrirse con agua. Nunca había sido tan feliz. Sentí que era él, que todo el sufrimiento anterior había tenido sentido para poder valorarlo de verdad.
El milagro duró dos años. Un día se plantó delante de mí y me dijo que para él ya era suficiente, que me deseaba lo mejor, pero que quería seguir explorando. Ese fue el momento en que todo se derrumbó. Han pasado siete años y todavía no lo he superado.
Mi padre
Tenía 18 años cuando mi padre, al que adoraba por encima de todo, se divorció de mi madre, formó una nueva familia con otros dos hijos y nunca más volvió a buscarme.
Los sueños que no pudieron ser
Desde pequeño quise ser piloto de caza, pero mi vista no era buena. Entonces pensé en ser médico, pero me desmayo al ver sangre. Después quise ser rockero, pero no tengo ningún talento musical. Por último me dije que sería programador, porque ganan bien, pero tampoco tenía aptitudes para eso.
A los 20 años ya lo había soltado todo. Sabía que tendría una vida corriente, sin nada especial, como cualquier persona del montón. Y así fue.
¿Qué llama?
¿De qué llama habláis? En mí nunca hubo ninguna llama. Toda mi vida solo he intentado sobrevivir. Nunca sentí que ardiera nada dentro de mí.











