Esta vez, sin embargo, todo quedó en segundo plano por una cirugía programada. Sé que muchos no salen del país durante años; nosotros también pasamos largos periodos en casa cuando construíamos o cuidábamos al bebé. Pero esta vez extrañé viajar más que nunca. Las noticias negativas que me llegaban, el ambiente general, los comentarios, las expresiones en la tienda... Intenté evitarlo, pero no pude, ni siquiera por mi profesión: siento que es mi deber estar atento, leer y analizar.
En un momento me cansé. Primero miraba menos noticias, luego dejé de seguirlas por completo, pero volví a buscarlas y me volví a decidir… Mientras tanto, noté que todo esto se filtraba en mi vida personal y cotidiana. Probé otras vías: ejercicios de respiración, enfocarme en la gratitud, grupos de autoconocimiento. Ayudaron, pero no siempre ni para todo.
En el extranjero, pero aún en casa
Mi papá vive a media hora de la frontera húngara y visitarlo en verano es una tradición desde hace años. Los nietos disfrutan juntos la libertad, la vida rural, las toneladas de snacks con que los miman y, claro, las playas locales. Nosotros, los padres, aprovechamos para descansar un poco gracias a la atención de los abuelos.
Pero este año no solo esperaba el baño, el refrescante rosado o el jardín, sino también poder desconectar mentalmente. Mi cuerpo y alma necesitaban unos días en otro ambiente.

Lo que encontré me sorprendió
La primera parada fue la cafetería de un pequeño balneario. Detrás del mostrador, una joven de no más de veinte años me sonrió con una naturalidad tan genuina que me desconcertó un instante. Nada forzado ni exagerado, solo atención y apertura. Un saludo que no parecía un trámite, sino un “hola, me alegra que hayas venido”. Eso marcó una gran diferencia.
Después de tomar el café, devolví la bandeja y agradecí el servicio. Ella me dijo que le había hecho muy feliz y estaba muy agradecida.
Al salir, una señora mayor nos sonrió y dijo: “Espero que hayan disfrutado, ¡vuelvan pronto!” No era nada extraordinario, pero esa frase me llegó. No solo las palabras eran amables, sino el tono y la presencia completa.
No soy ingenua. Sé que no todos son así en el extranjero y que en una playa de pueblo la gente suele ser más atenta que en un fast food de Budapest. Pero algo se movió en mí. Me sorprendió, me llenó y me dio un poco de vergüenza darme cuenta de cuánto tiempo hacía que no contaba con la buena voluntad de otros.
También me entristecí al pensar que esta forma humana y amable de tratarse no es la norma (y no me refiero solo a situaciones de “jerarquía” como la hostelería).
¿Sonrisas por sonrisas? Tal vez no sea solo un cuento
Al día siguiente visitamos un balneario más grande, con mucha gente, y ya me preparaba para el capítulo “aquí todos serán impacientes”. Pero la gente no se empujaba, no gruñía, no vi gestos de disgusto ni escuché quejas o reclamos.
Quizá tuvimos suerte, el viaje salió bien o disfrutamos la temporada baja, cuando todos son más pacientes. O tal vez yo cambié y empecé a notar otras cosas: momentos dignos en lugar de descuidos, gestos amables en vez de cansancio.

¿Entonces solo los húngaros son gruñones?
Hay muchos estereotipos sobre nosotros: que somos pesimistas, gruñones, con un humor (demasiado) ácido. Que nunca estamos satisfechos y que siempre nos quejamos sin hacer nada. Veo que hay algo de verdad en estos estereotipos, pero no tienen que ser nuestra única realidad.
Mis amigos extranjeros suelen decir que si alguien con quien se puede tener una buena charla, ese es un húngaro.
Que aquí aún vive la autocrítica, que en muchos lugares ya se perdió. Que después del goulash, el langos, el lecso o el Balatón es difícil no enamorarse de este país extraño, que se queja pero es hermoso. Muchos mencionan que los hombres húngaros son educados, las mujeres húngaras increíbles, y que en las fiestas somos los que a las cuatro de la mañana apenas quieren irse a casa. ¿Será esa dualidad la que da el encanto especial a los húngaros? No somos simples, pero sí coloridos, vivos y seguramente memorables.
¿Y el ambiente general, qué sigue?
No quiero huir todos los días al extranjero para escapar del ambiente que hay en casa, pero me reconfortó vivir un día diferente. Fue bueno creer que no solo las noticias moldean la realidad y recordarme que puedo influir en mi estado emocional. En cómo soy y cómo me relaciono con los demás.
Puede que no me sonrían o no sean amables conmigo como yo intento serlo con ellos, pero sabré que para ellos es mucho más difícil. Porque yo solo siento ese ambiente cuando los encuentro, pero ellos quizá conviven con él todo el día, en todas partes.
No todos devolverán la sonrisa cada día, pero si lo intentamos más seguido, será un poco más llevadero hacer cola, el tráfico matutino o el calor excesivo en la playa en verano. Si no por nadie más, por nosotros mismos, ya será más fácil solo por haberlo intentado.











