Algunos papás luchan con trastornos del ánimo tras la llegada del bebé, pero pocos se atreven a hablarlo.
¿No tiene vida?
Me dijo que estaba deprimido y que no tenía vida, trabajando todo el día y luego cuidando al niño. Le expliqué que, lamentablemente, ser padre implica eso. Me reí por dentro: yo di a luz y él es el que está deprimido?!
Amigos...
Soy el papá que tuvo una depresión posparto bastante seria. Fui el último de mis amigos en tener hijos y siempre escuchaba lo maravilloso que era ser padre.
Todo lo que decían parecía invitarme a unirme a esa experiencia increíble. Cuando nació mi hija, se rieron diciendo: “¡Ja, tú también caíste, ven a sufrir con nosotros!” Me molestó que ocultaran lo difícil que es tener un hijo. Esa negatividad, sumada a medio año sin dormir y el estrés con mi esposa, me hundió. Estuve deprimido un año y medio, y solo pude salir con ayuda profesional.
Empacó y se fue
Una noche, mi esposo empacó sin decir palabra y dijo que se iba una semana, “o se suicidaría”. Entiendo la depresión posparto en hombres, pero mientras ellos pueden tomarse un respiro, las mamás no tienen ese lujo.
Una gran responsabilidad
Para mí, el detonante fue la carga repentina de responsabilidad que no pude soportar. Sostuve a ese pequeño indefenso, mi corazón se llenó de amor y entendí que él y su mamá dependían de mí. ¿Qué pasaría si perdiera mi trabajo, me enfermara o tuviera un accidente? Esa presión me aplastó, tuve ansiedad, ataques de pánico y me sentí inútil. Finalmente, hablé con mi esposa y le pedí ayuda, aunque sentí culpa porque ella también tenía que cuidarme a mí además del bebé.
Quiere recuperar su vida
Una noche, mi esposo se desplomó en la cama, llorando, diciendo que no podía más y quería recuperar nuestra vida anterior. Me impactó porque es un hombre fuerte y nunca lo había visto tan desesperado. No sabía que la depresión posparto también les afecta.

Dejé de entrenar y me derrumbé
Siempre he sido un apasionado del deporte, era mi vía para liberar tensión y procesar emociones. Cuando nació mi hijo, no podía ir a entrenar por las noches porque tenía que bañarlo, alimentarlo y acostarlo. Intenté madrugar para entrenar, pero tras semanas sin dormir por el bebé, necesitaba ese extra de sueño. Con el tiempo, me vi en el espejo con ojeras, músculos caídos y un incipiente abdomen, alguien que no reconocía. La frustración creció porque no podía entrenar y me sentí hundido, sin ganas de nada. Fue un periodo muy duro.
Sufrimiento silencioso
Este tema debería hablarse más en sociedad, porque mi esposo sufría en silencio y no se atrevía a pedir ayuda. Cuando lo descubrimos, estaba tan profundo que tuvimos que acudir a un especialista.
Lloraba todo el tiempo
Solo mi padre notó que algo pasaba, ni siquiera mi esposa, que estaba muy ocupada con nuestro bebé. Una vez, solos en el jardín, me quebré sin aviso. Mi padre me sentó y hablamos tres horas, más que en toda mi vida. Me contó que él sintió lo mismo cuando nací y cómo superó esa etapa, dándome consejos y esperanza. Sentir que alguien entendía lo que vivía fue un gran alivio.
Se arrepintió
Supe que había un problema cuando mi esposo dijo que lamentaba que nuestros hijos hubieran nacido.
Sin ayuda, todo es más difícil
Creo que nuestro problema fue la distancia: vivíamos lejos de familiares y amigos, sin apoyo. Esa soledad nos volvió locos: nos culpábamos mutuamente y descargábamos todo el estrés el uno en el otro. Caí en una depresión tan profunda que pensé que sería mejor para todos si me suicidara. Lo que me ayudó fue que mi esposa se fue un mes a casa de sus padres. La extrañé mucho, al igual que nuestro hijo, pero tenía razón: así pudimos ver claro qué pasaba y cambiar.











