Los queremos con locura, pero hay momentos en que nos sacan de quicio. Esos pequeños hábitos, manías y comentarios que solo ellos son capaces de hacer. Si alguna vez has pensado que tus padres tienen el don especial de ponerte los nervios de punta, no estás solo. Aquí van algunas situaciones que muchos reconocerán al instante.
La mártir eterna
Si vas a visitarla, se queja con los vecinos de que le invades la casa. Si no vas, sufre porque nadie se acuerda de ella. Si cocina, ha pasado el día entero esclavizada en la cocina. Si llevas tú la comida, es obvio que lo haces porque crees que ella cocina mal.
Si le pides que cuide a tu hijo, la estás explotando como canguro. Si no se lo pides, es que le estás alejando del nieto. Si pesa 59 kilos, tienes que comer más. Si pesa 60, mejor que te contengas o tu marido te dejará. Hagas lo que hagas, nunca está bien. Es la mártir perpetua e insatisfecha.
Los temas de conversación más surrealistas del mundo
Mi padre tiene el don de sacar los temas más inverosímiles en el momento más inesperado. Una vez le preguntó a mi cuñado, de la nada, qué opinaba sobre la diálisis renal. A mi novio le preguntó si creía que el arbitraje de un combate de boxeo de hace cuarenta años había sido justo. Mi novio tiene 31 años. Y a la vecina mayor, que ya no está muy bien de la cabeza, le planteó si el uso del hiyab en Oriente Medio era una forma de opresión femenina o una expresión libre de la religión.
Los mismos tres chistes de siempre
Mi padre lleva décadas torturando a toda la familia con los mismos tres chistes. Cada vez que aparece alguien nuevo en la reunión, lo primero que hace es soltárselos y reírse a carcajadas como si los acabara de inventar. Nadie más se ríe. Él sí, siempre.
El que predica y no practica
Cada vez que vuelvo a casa en vacaciones, tengo que escuchar un monólogo completo sobre lo horrible y destructiva que es la adicción al tabaco. Lo que nunca se menciona es que mi padre lleva 40 años siendo un alcohólico empedernido y que mi madre vive prácticamente dependiente de los ansiolíticos.
La sobreprotección sin límites
Mi madre es la reina de la sobreprotección. No me deja acercarme al microondas mientras está en marcha porque «¿y si explota?». Insiste en ponerme protector solar factor 50 antes de salir a la calle y quiere cubrirme de pies a cabeza para protegerme de los «mortales rayos UV». Tengo más de treinta años.
Dictando cada letra
Cuando mi padre escribe un mensaje de voz, pronuncia en voz alta cada palabra que va escribiendo. Letra por letra. Palabra por palabra. Como si el teléfono necesitara que le leyeran el mensaje en voz alta para entenderlo.
El museo del papel de cocina usado
Mi madre no permite tirar los papeles de cocina con los que nos secamos las manos, porque «todavía pueden servir para limpiar el espejo o la mesa». Ya tiene una habitación entera con varias cajas llenas de papel de cocina seco y doblado. Y cada vez que me voy, me mete un fajo en el bolso para que lo use en casa. A los demás invitados también.
Ahora las tornas han cambiado
De pequeña, mi padre me regañaba constantemente por masticar con la boca abierta, sorber la sopa y arrastrar los pies. Ahora es él quien hace exactamente todo eso. Come con la boca abierta, se niega a sonarse la nariz y arrastra las zapatillas por toda la casa de una forma que me pone los nervios de punta. Y yo le riño exactamente igual que él me reñía a mí.
La competición de enfermedades
Cuando se juntan mis padres con mis tíos, siempre acaba igual: una competición para ver quién está más enfermo. «¡Ayer tuve la tensión a 120!» «Eso no es nada, la mía llegó a 140 la semana pasada.» «¿Y el azúcar, Pepe? ¿Solo tanto? Yo lo tengo mucho más alto.» Migraña, gota, lumbago, ciática... La lista no tiene fin. Lo curioso es que, para su edad, todos están bastante bien.
Compartir para salvar el mundo
Mi madre comparte absolutamente todo en redes sociales: perros y gatos perdidos de hace años, fotos de niños enfermos de dudosa procedencia y cualquier imagen emotiva que prometa que, si la compartes, estarás ayudando a los niños hambrientos de África. Por más que le explico que eso no funciona así, ella sigue creyendo firmemente que está haciendo el bien. Y lo hace con una convicción admirable.
¿Te sientes identificado con alguna de estas situaciones? A veces la mejor terapia es saber que no eres el único que lo vive.











