¿Te suena esa sensación de llegar cansada a casa, sentarte en el sofá, empezar a navegar y de repente aparece esa persona que tanto te molesta? Ya sabes, esa cuyo estilo te irrita tanto…
Y sin embargo, sigues en su perfil. Ves sus historias, lees los comentarios e incluso se las envías a tu mejor amiga con un “mira esto, otra vez haciendo de las suyas”. A esto la psicología lo llama hate-following, o seguir con resentimiento. Aunque “odio” suena fuerte, yo lo llamaría una curiosidad negativa casi compulsiva, pero su efecto sigue siendo dañino.
¿Por qué nos hacemos esto a nosotros mismos y por qué lo hacen los demás?
Como mujeres, vivimos rodeadas de expectativas y en una época donde las redes sociales dejaron de ser solo para conectar. El mundo online se ha convertido en un escaparate digital donde sin querer nos medimos con otros. El hate-following es en realidad un mecanismo de afrontamiento invertido y extraño.
Cuando seguimos a alguien para encontrar errores en su vida, en realidad estamos compensando nuestras propias inseguridades.
Ver que esa persona “antipática” también tiene sus luchas, o que lo que hace nos parece de mal gusto, nos da la ilusión momentánea de ser más valiosas, fuertes o estables.
Pero esa sensación “catártica” es falsa. Estudios muestran que consumir pasivamente contenido negativo aumenta nuestro estrés y daña nuestra autoestima. Cuanta más energía dedicamos a analizar a alguien que no nos gusta, menos tiempo y oportunidades tenemos para lo que realmente nos hace felices.

Cuando la atención nace de la desconfianza: el “efecto amiga”
También he vivido ser el centro de atención (y no siempre por envidia). Varias veces hombres comprometidos empezaron a coquetear conmigo en redes. No entendía bien sus intenciones y no intercambiaba mensajes seguido, pero sentía que intentaban mantener contacto constante.
Mi mejor amigo de la infancia me aclaró que cualquier respuesta es una invitación a seguir el juego. Yo, ingenua, no lo veía así, pero probé y es cierto: la única forma efectiva contra esos acercamientos no deseados es ignorarlos por completo.
Lo curioso fue que casi al mismo tiempo aparecieron las “vigilantes”: las novias de esos hombres me enviaron solicitudes de amistad en pocas semanas.
Las acepté sin sospechas, no tenía nada que ocultar y conté estas situaciones en mi relación. Pero una experiencia me enseñó a ser más estricta con quién acepto y a quién respondo. En vez de aclarar las cosas con su pareja, la amiga decidió escribirle a mí y al papá de mi hija. Nosotros bloqueamos a todos porque no queríamos ser parte de juegos ajenos.
En otra ocasión, noté que una amiga (con la que solo nos saludábamos) era de las primeras en ver todas mis historias. Me dio pena al saber que su pareja había intentado ligar con muchas y entendí su desesperación. Finalmente, limpié mi feed y dejé de seguirlos a ambos. Desde entonces, paz y tranquilidad.

He estado en ambos lados de la barrera
He sido “vigilante” y he sentido lo que es que personas que sé que no me quieren me observen. La primera vez que me di cuenta de que alguien me molestaba regularmente, me pregunté: “¿Por qué me irrita tanto?” Creo que cuando alguien nos molesta, es porque tenemos “asuntos pendientes” con lo que representa, ya que detrás de la irritación suelen haber conflictos internos sin resolver.
En mi caso, el hate-following reveló que nuestros valores habían cambiado mucho con los años. Cuando nos conocimos, compartíamos puntos en común, pero ahora somos muy diferentes. Mi perspectiva es válida, la suya también, y reconocerlo me liberó. Después de aceptarlo, dejar de seguirlo fue mucho menos doloroso.
Otras veces, la tecnología (o el destino) ayudó a cerrar el capítulo. Quise silenciar a alguien para no ver sus publicaciones, pero accidentalmente lo eliminé de mis contactos en Instagram. Él seguía viendo mis cosas, pero yo no las suyas. Sentí que después de tanto tiempo sería raro volver a agregarlo, así que lo dejé así. Fue curioso ver qué rápido dejó de seguirme, sin que él recibiera notificación de mi error. Si un amigo común le contó o si simplemente sintió que “ya era suficiente”, nunca lo sabré. Pero lo importante es que los dos respiramos aliviados.
Al final, hay una lección clara: nuestra atención es hoy nuestro recurso más valioso, y mientras nos molestamos, otros se aprovechan de nuestro tiempo irremplazable. ¿De verdad quieres gastar esta moneda tan preciada en personas con las que ni siquiera hablarías en persona?











