Es una mezcla de curiosidad, sorpresa, un poco de defensa, pero también un reflejo profundo y cultural: la idea de que comer sin carne es pobre, incompleto o simplemente "no es lo mismo". Me di cuenta de lo arraigada que está en nuestra cultura la creencia de que vivir sin carne es como cocinar sin especias: posible, pero ¿para qué?
Pero para mí no solo no extraño su sabor: en estos 9 años comiendo a base de plantas se ha vuelto tan natural que a veces olvido cómo era cocinar y comer de otra manera.
El asco no empieza donde creemos
Puede sonar raro, pero mi respuesta no solo se basa en mi experiencia, sino en un trasfondo científico fascinante. Sabemos desde hace tiempo que los gustos y hábitos alimenticios dependen no solo de la cultura, religión o sociología, sino también de la biología. Pero ahora empezamos a entender por qué rechazamos ciertos alimentos, ya sea coles de Bruselas o carne.
Un estudio reciente (Disgust and distaste – Differential mechanisms for the rejection of plant- and animal-source foods) revela que a menudo evitamos la carne no porque no nos guste su sabor, sino porque nos provoca asco, un asco profundo, instintivo, ligado a la contaminación. No es ese "puaj, muy grasoso", sino el que sentimos al ver carne en mal estado. Nuestro cuerpo nos alerta: "¡No lo comas, es peligroso!".
Interesante, ¿verdad? Mientras que los vegetales suelen rechazarse por razones de sabor —textura, amargor o rareza—, muchos vegetarianos y veganos perciben la carne como una especie de "contaminante", algo mejor evitar a toda costa. Aunque ese asco no me caracteriza, mi alejamiento de la carne no empezó en la última década.

El famoso brassói con mucho guisante
De niño en casa decíamos que si me encerraran una semana en el huerto, no solo no bajaría de peso, sino que seguro subiría unos kilos. Amaba las verduras y frutas: el aroma del tomate fresco, el melocotón suave, el pepino crujiente o cómo la vaina de la alubia se rompía entre mis dedos. Recuerdo que cuando ya adulto preparaba brassói, siempre ponía más guisantes que carne. No sabía qué había detrás, pero sentía que así sabía mejor, más natural.
No fue un cambio de un día para otro, pero ese camino me llevó a una dieta basada en plantas. Primero dejé los lácteos, luego la carne, después los huevos, hasta que llegó el momento en que no tuve dudas: ¡esto era lo que buscaba!
La dieta que no limita, sino libera
Mucha gente piensa que dejar la carne es renunciar o perder algo, pero conmigo pasó justo al contrario. La dieta vegetal abrió un mundo nuevo en mi cocina. Antes repetía platos aburridos; ahora experimento mucho más, descubro ingredientes nuevos, uso muchas más especias y mis platos son más ricos en sabor, color y aroma. Cocinar volvió a ser una fuente de alegría creativa, y cuando logro preparar un plato con ingredientes de mi propio huerto… eso sí es felicidad.
Veo la comida con otros ojos
En estos años no solo cambiaron mis recetas, sino también mi relación con la comida. Ya no me importa solo qué hay en el plato, sino de dónde viene, cómo afecta a mi cuerpo y qué historia lleva. Hoy no podría comer con buena conciencia algo que implicó sufrimiento para un ser vivo. No es una postura moralista, sino de simple humanidad y sensibilidad. No me molesta que otros coman carne a mi lado, pero a veces me siento incómoda y aprendo a desconectarme.
Pensé que sería difícil dejar ciertos sabores y experiencias, pero en su lugar surgieron nuevos favoritos, nuevos rituales y una conexión mucho más consciente entre mi plato y yo.
Hoy no me pregunto qué no como, sino cómo sacar lo mejor de cada ingrediente en sabor, nutrientes y experiencia. Muchos aún dudan de que se pueda vivir así, pero yo solo sonrío. Sé que no necesito discutir: basta mostrar que este camino es feliz, sabroso, creativo y saludable. Para muchos, eso es mucho más inspirador que convencer con palabras.











