Para mí, el otoño siempre ha sido como un nuevo año. Quizás porque después del caos del verano, vuelve un ritmo, una estructura, y siento que es momento de replantear, adoptar nuevos hábitos y definir qué quiero para lo que queda del año.
El aire fresco del otoño inspira, el fresco de la mañana me recuerda que algo ha comenzado. Pero este otoño es distinto. No quiero ser más, ni hacerlo mejor. Solo quiero hacerlo bien.
Este no será un otoño para replantear todo de nuevo, sino para aquietarme y reencontrarme conmigo misma. Un tiempo para permitirme que no todo sea perfecto, bonito o exacto, sino auténtico. Porque a veces el mayor cambio es no buscar la perfección, sino sentirnos bien en nuestra propia piel.
La temporada en la que queremos demasiado de nosotras mismas
En otoño, el deseo de que todo esté en orden se intensifica. Reorganizamos la casa, empezamos nuevas rutinas, cocinamos platos de temporada, quedamos con amigos que no vemos hace tiempo, salimos, conectamos, estamos presentes… mientras decoramos, horneamos y buscamos crecer. El otoño casi susurra: “ahora hay que estar realmente organizadas”.
Pero, ¿de quién son esas expectativas que intentamos cumplir? ¿Quién dijo que tenemos que tener ganas de todo? ¿Que desacelerar solo vale si hay velas encendidas y pasteles en el horno? ¿Que descansar solo es válido si queda bien en Instagram? Quizás este otoño necesitamos otro tipo de plenitud.
No siempre hace falta un nuevo objetivo. Basta con una nueva actitud.
Ya no soy la misma que en primavera o verano. He cambiado. Me he cansado de algunas cosas y entiendo otras mejor.
Y puede que solo marque unos pocos objetivos nuevos, mientras intento estar presente de otra manera en el día a día: menos tensa, menos guiada por expectativas, más tranquila.
Lo que me gusta del otoño es que no grita. No exige. Cambia en silencio y, sin embargo, todo se transforma. Eso es lo que quiero ahora: un cambio interno, no llamativo. No solo resultados externos, sino equilibrio interior.

La naturaleza también desacelera, ¿por qué nosotras no?
Los árboles lentamente dejan caer sus hojas. No porque no tengan nada que hacer, sino porque llegó el momento de retirarse. Es el orden natural. Y sin embargo, cuando llega el otoño, tendemos a acelerar: trabajar, organizar, rendir. Como si de adultos comenzáramos un nuevo curso escolar, donde hay que demostrar que “ahora sí nos tomamos la vida en serio”.
Pero quizás el paso más maduro sea decir: no quiero acelerar ahora. Voy a desacelerar. Escuchar lo que necesito. No ir al máximo, sino estar presente.
No hace falta un clima perfecto
¿Cuántas excursiones de fin de semana ha arruinado la lluvia? ¿Cuántos planes bien pensados se han frustrado por un cansancio inesperado, una enfermedad o simplemente falta de ganas? ¿Y cuántas veces hemos sentido esos momentos como fracasos?
Quizás sea hora de aceptar que la espontaneidad también puede formar parte del plan otoñal. No pasa nada si llueve. No pasa nada si no tenemos ganas de salir. No pasa nada si en vez de puré de calabaza pedimos pizza. No pasa nada si en casa no hay velas ni castañas en la terraza, y tampoco si sí las hay.
El otoño hay que vivirlo, no cumplirlo
¿Y si el inicio de esta nueva estación no fuera para llenar la agenda, sino para escucharnos mejor? ¿Si viéramos el otoño como una invitación a reconectar con nuestras necesidades internas?
No hace falta retirarse del mundo, pero sí sería bueno reencontrarnos con nosotras mismas. Preguntarnos:
- ¿Qué necesito realmente ahora?
- ¿Dónde me he cansado?
- ¿Qué me recarga?
- ¿Con qué quiero llenar las próximas semanas?
En la imperfección está la libertad
Creo que cuando soltamos el deseo de perfección, nos liberamos. No todo tiene que encajar. No toda comida tiene que salir perfecta ni todos los días ser productivos. Podemos tener noches caóticas, mañanas con retraso, tardes de abrazos, cosas pendientes… y aun así, estar bien. De hecho, a veces somos más nosotras mismas en esos momentos.











