Ser amable beneficia a todos: tanto a quien la recibe como a quien la practica. Cuando somos atentos y serviciales, también nos afecta positivamente: mejora nuestra autoestima, nos sentimos más felices y fortalecemos la confianza en el mundo. Ser bueno es genial, ¿qué podría salir mal? Solo que más allá de cierto límite, la amabilidad puede hacer daño. La cortesía forzada puede esconder una necesidad de agradar que trae consigo emociones reprimidas, enojo contenido y autoengaño; y a largo plazo, esta amabilidad impostada puede enfermarnos.
La verdadera amabilidad nace de una creencia básica: que nuestra actitud positiva hacia los demás despertará amabilidad en ellos. Pero la amabilidad sana tiene límites y no es incondicional. Normalmente, sentimos cuánto podemos dar y sabemos decir que no.

¿Qué hay detrás de la amabilidad excesiva?
Quien ayuda apretando los dientes y reprimiendo sus propias necesidades no actúa por convicción, sino por ansiedad. Cree que esa es la expectativa que debe cumplir para ser querido y se somete a los demás. Tiene miedo de mostrarse tal como es, porque teme decepcionar, ser rechazado o enfrentarse. Piensa que lo más fácil es comportarse siempre bien y ser amable con todos para evitar problemas.
Pero el enojo, la tristeza, la envidia y la ira son emociones válidas y necesarias; nadie las evita por completo. Por eso la amabilidad constante y la buena voluntad permanente generan sospechas cuando alguien siempre quiere agradar a todos. La amabilidad continua implica represión, porque nadie puede vivir siempre así. Las emociones reprimidas pueden estallar inesperadamente, causando aún más culpa.
La amabilidad fingida puede generar agotamiento, depresión y un desgaste total.
Las relaciones también sufren, porque quien se muestra diferente no puede ser realmente conocido ni acercarse de verdad. La amabilidad fingida crea vínculos superficiales. Al final, las oportunidades perdidas por querer complacer a otros en lugar de a uno mismo pueden traer arrepentimientos y más tristeza.
¿Cuál es la solución?
No tenemos que renunciar a la amabilidad, solo importa qué la motiva: nuestros valores positivos o la ansiedad y la inseguridad interna. Podemos ser honestos sin herir y amables sin sacrificarnos.
La persona siempre amable que nunca muestra emociones negativas no existe sin esfuerzo; su amabilidad es un escudo para esconderse de un mundo que le asusta. Por eso su comportamiento, aunque parezca agradable, no es sincero y su ayuda no nace de una motivación interna. Aunque es cortés con los demás, en realidad necesita apoyo y comprensión.











