Seamos honestas: la moda de los años 90 fue, en muchos sentidos, un auténtico crimen estético. Y aun así, cada vez que nos acordamos de aquella época, nos entra una sonrisa enorme. Porque sí, lo llevábamos con una seguridad aplastante y lo dábamos todo. Aquí van los momentos más icónicos —y más cuestionables— de esa década irrepetible.
El pelo rizado eléctrico
El pelo creppado al estilo popstar era lo más. El resultado final parecía que acababas de meter los dedos en un enchufe, pero eso era exactamente el objetivo. Recuerdo cuando una compañera de clase trajo la rizadora de su hermana mayor al vestuario del gimnasio y nos pasamos el recreo rizándonos el pelo unas a otras.
Con el tiempo aprendí a conseguir ese efecto sin aparatos: dormía con el pelo trenzado en pequeñas trenzas y, al soltarlas por la mañana, el resultado era un afro creppado glorioso. El toque final era sujetar toda esa melena con cientos de pequeñas horquillas de mariposa. Cuantas más, mejor.
El tirante de silicona "invisible"
En los 90, lo de silicona no era el pecho, sino el tirante del sujetador. Lo llamaban tirante invisible, aunque aquella tira de plástico brillante se veía desde el otro extremo de la discoteca. Nos daba igual: lo adorábamos. En verano tenía el bonus añadido de que sudabas de una manera verdaderamente espectacular debajo.
La diadema de zigzag
Si en los 80 el protagonista era el bote de laca, en los 90 el pelo se llenó de accesorios de plástico de todo tipo. Además de las horquillas de mariposa, la gran reina fue la diadema de zigzag, tan versátil que la llevaban chicas con pelo largo, chicas con pelo corto e incluso chicos.
El ritual era siempre el mismo: primero la ponías en el cuello —donde, con sus dientes afilados, parecía un instrumento de tortura medieval— y luego la deslizabas con cuidado hasta la cabeza intentando no sacarte un ojo. Y cuando te la quitabas por la noche, se llevaba consigo una cantidad generosa de pelo sin el menor remordimiento.
Los zapatos de plataforma
Hace poco han vuelto a ponerse de moda las zapatillas con plataforma, pero no tienen nada que ver con los monstruos que calzábamos entonces. Aquellos zapatos —apodados cariñosamente "aplastacucarachas"— solucionaban el problema de la estatura de golpe: te daban fácilmente unos veinte centímetros de altura instantánea.
Estoy convencida de que mis pantorrillas son tan fuertes hoy en día gracias a cargar con aquellos artefactos, porque pesaban lo suyo. Los chicos también tenían su versión: las Buffalo, igual de exageradas y orgullosas.
La purpurina, sin límites
Brillábamos mucho antes de que los vampiros de Crepúsculo se pusieran de moda, porque en cada fiesta del cole nos pasábamos con la purpurina. En la cara, en el cuerpo... no había zona segura. Recuerdo haber empezado a aplicarme purpurina en roll-on en el escote, pensar que también quedaría bien en los hombros y acabar con los brazos enteros cubiertos, como si me hubiera revolcado en un bote de manualidades.
Las puntas decoloradas en los chicos
¿Para qué teñirte todo el pelo de rubio si puedes teñirte solo las puntas? Esa debía de ser la filosofía detrás de este look que lucía prácticamente cada cantante masculino de la época. Desde los grupos de pop hasta los raperos, las puntas aclaradas eran señal inequívoca de que eras alguien en los 90.
Las mechas de tigre
Las chicas también teníamos nuestra versión del decolorado extremo. Pero no hablamos de las mechas finas y naturales ni del balayage actual: en los 90 triunfaban las mechas gruesas y contrastadas. Cuanto más llamativas, mejor. El objetivo era salir de la peluquería con un aspecto entre cebra y tigre, y lo conseguíamos con creces.
El top tubo, icono de la década
Un top tubo para cada una podría haber sido perfectamente el lema oficial de los 90. Era la prenda básica de cualquier chica de la época: el top tubo —con su correspondiente tirante de silicona— combinado con unos pantalones de tiro tan bajo que hoy en día probablemente requerirían algún tipo de advertencia de contenido para adultos.
Los pantalones paracaídas
MC Hammer es el único responsable de este crimen fashion: el pantalón paracaídas. Con ellos parecías un pachá otomano, pero siempre podías compensarlo con un top ajustado y mucha actitud. Y actitud, en los 90, no nos faltaba.
Las cejas de lápiz
Hoy celebramos las cejas naturales y abundantes, que enmarcan el rostro y dan carácter. Pero no siempre fue así. En los 90, la moda mandaba llevar cejas finísimas como un lápiz, un look que no le favorecía a nadie y que encima envejecía.
Algunas chicas optaban directamente por afeitárselas y dibujarlas con lápiz al estilo Marlene Dietrich. El problema, como muchas sabemos por experiencia propia, es que esas cejas perfectamente depiladas nunca volvieron a crecer del todo. Un recuerdo permanente de los 90 que llevamos literalmente en la cara.











