Siempre me he considerado una persona resistente. Desde adolescente supe que tenía un sentido de justicia tan fuerte que no podía quedarme callada. Si algo no me parecía justo, lo decía. Aunque no fuera asunto mío. Aunque pudiera traer problemas. Y los trajo. Con profesores, compañeros, el sistema. No podía aceptar la lógica de "no es tu problema" cuando alguien sufría una injusticia evidente.
Este espíritu rebelde y ganas de cambiar el mundo no han desaparecido con los años, y siendo sincera, espero que nunca lo hagan. A punto de cumplir cuarenta, sigo creyendo que somos jóvenes mientras sintamos que nos importa lo que sucede a nuestro alrededor. Que no solo somos víctimas, sino participantes del mundo. Que tenemos derecho y responsabilidad de reaccionar, preguntar, cuestionar. Cuando eso desaparece, no es sabiduría, es agotamiento.
Lo que ha cambiado no es mi resistencia interna, sino mis herramientas. Con los años aprendí que no todas las batallas valen por ser ruidosas. No toda injusticia merece una respuesta impulsiva. No digo que no haya injusticias que aún me hagan hervir la sangre. Pero para los choques diarios, pequeños y constantes, ahora elijo otro camino.

Elegí la amabilidad
En un mundo donde está de moda pasar por encima de otros, donde nuestra primera reacción es ofendernos o atacar, donde todos empujan sus intereses con codazos, voces y cinismo, yo elegí la amabilidad. No por ingenuidad. No porque no vea lo que pasa a nuestro alrededor. Justo porque lo veo.
La amabilidad tiene un poder desarmante increíble. Lo digo por experiencia. Cuando alguien se acerca con hostilidad sin motivo —como un comentario desagradable y provocador en una publicación mía en redes sociales— no respondo con ira. Aunque podría. Soy escritora, con una frase podría callar a cualquiera. Pero sé a dónde llevaría eso: a otra pelea sin sentido donde nadie escucha y todos gritan más fuerte.
En cambio, elijo otro método: saludo con tono amable. Agradezco su comentario. Y respondo con la mayor sinceridad posible a la pregunta que claramente no hizo por interés, sino para generar conflicto. Las reacciones suelen ser sorprendentes. Como si la otra persona perdiera el equilibrio. Como si no esperara ese guion.
Mi experiencia es que la gente está muy frustrada. Cansada. Abrumada. Llena de rabia contenida que necesita liberar.
El mundo digital y los pequeños conflictos diarios son el terreno perfecto para esto: rápidos, sin consecuencias, a menudo impersonales. Pero cuando alguien no entra en la provocación, no se pone a la defensiva, sino que responde con amabilidad, a menudo los desconcierta. Es como si recordaran de repente que pelear no es la única forma de liberar tensión. Puede existir una conversación humana. Un tono respetuoso. Una conexión real. Y eso también nos ayuda a sentirnos mejor.

Claro que este método no siempre funciona. No con todos. Y no tiene que ser siempre exitoso. La amabilidad no es una varita mágica ni una obligación. Pero para mí es una decisión consciente cada vez más fuerte. Una resistencia silenciosa contra una cultura que enseña que solo la reacción violenta, ruidosa y cínica vale.
“Kill them with kindness” —dice el inglés. Yo prefiero decir: no te mates peleando todo el tiempo.
Para mí, la amabilidad no es retroceder, sino fuerza. La señal de que no dejo que la rudeza del mundo me transforme en alguien que no quiero ser. Y si eso es resistencia, lo llevo con orgullo.











