Le preguntamos a varias mujeres sobre su decisión de volver al trabajo mucho antes de lo que se considera "normal". Estas son sus historias.
Todo depende de quién eres
A mi hermana le encantó la maternidad desde el primer momento. Después de su primer hijo tuvo otros dos en rápida sucesión, y hoy sigue feliz y entregada a ese rol. La observé durante años y fue precisamente eso lo que me hizo darme cuenta de algo importante: yo no soy ese tipo de persona.
Adoro a mi hija, pero estar con ella las 24 horas del día era demasiado para mí. No critico a quienes se sienten realizadas en ese papel, simplemente sé que yo me habría vuelto loca si mi vida hubiera girado durante años alrededor de pañales y canciones infantiles. Volví a trabajar a los tres meses y no me arrepiento en absoluto. Soy peluquera y me encanta mi trabajo. Siempre he pensado que un hijo no tiene por qué destruir tu vida, sino integrarse en ella.
Los sueños que se desvanecen
Pocas mujeres reflexionan de verdad sobre el impacto que puede tener la maternidad en su carrera profesional. Cuando lo digo en voz alta, la gente pone los ojos en blanco, pero no lo digo desde un lugar de ambición desmedida. Lo digo porque lo he visto de cerca.
Una amiga mía estudió oftalmología. Ya era residente cuando se quedó embarazada. Tuvo a su hijo, y dos años después, a su hija. Cuando quiso retomar su formación, le dijeron que no había plazas disponibles en la ciudad, solo en lugares remotos. Su marido trabajaba en la capital, los niños estaban escolarizados allí, así que mudarse o pasar cuatro horas diarias viajando era imposible.
Terminó trabajando en una oficina, donde al principio ganaba incluso más que su antigua compañera oftalmóloga. Pero diez años después, la empresa quebró. Desde entonces va saltando de trabajo de oficina en trabajo de oficina, mientras su compañera ya es jefa de servicio. Años de carrera médica, una vocación entera, sacrificada por la maternidad. Yo soy arquitecta, no médica, pero siempre tuve claro que si tenía un hijo, no iba a relegar mi carrera a un segundo plano. Y así lo hice.
La decisión más racional que tomamos
Fue mi pareja quien empezó a hablar de tener hijos. Me dijo que no quería ser un padre mayor que no pudiera jugar al fútbol con sus hijos. Le dije que perfecto, que podíamos tenerlos, pero con una condición: él se quedaba en casa con el bebé.
En aquel momento yo ganaba el doble que él con su pequeño negocio, y además acababan de ascenderme a un puesto que me apasionaba. Lo pensó bien y, con su lógica pragmática, llegó a la conclusión de que era la mejor solución. Y así fue. Desde entonces se lo recomiendo a todas las mujeres que conozco. Mi marido tiene una relación mucho más estrecha con nuestro hijo, no hemos sufrido económicamente y la carga está repartida de verdad, sin que mamá lo haga todo mientras papá descansa.
Nunca te pongas en una situación vulnerable
Mi prima Celia llevaba cuatro años y medio fuera del mercado laboral cuando su marido la dejó por una chica de 22 años. Se quedó sola con dos hijos pequeños y tuvo que rehacer su vida desde cero. Encontrar trabajo fue una pesadilla: las empresas no se pelean precisamente por contratar a una madre soltera con hijos pequeños.
Yo lo vi y lo aprendí. Desde el principio de mi relación dejé claro que eso no me iba a pasar a mí. Cuando empezamos a planear tener un hijo, puse mis condiciones: o mi pareja me transfería mensualmente el equivalente a mi sueldo en una cuenta bancaria solo a mi nombre, o me ayudaba a encontrar la manera de volver a trabajar a los tres meses.
Como es un hombre inteligente —por eso me casé con él— entendió perfectamente que la maternidad es, en la práctica, trabajo no remunerado: mientras él seguía construyendo su carrera, yo caía fuera del mercado laboral durante años, para volver después en clara desventaja, empezando casi desde cero.
La solución que encontramos fue activar a las dos abuelas, que se turnaban entre semana para estar con el bebé mientras yo trabajaba media jornada. Tres días iba a la oficina y dos los hacía en remoto. Me sacaba la leche y, por suerte, mis ausencias coincidían con las siestas de dos horas de la niña. Funcionó perfectamente. No me importa lo que piense nadie: fue la mejor decisión para todos, para mí, para mi marido, para las abuelas y para la bebé.











