¿Alguna vez te has preguntado cuántas encrucijadas invisibles has cruzado en tu vida, donde un simple "sí" o un "no" te separaba de un destino completamente diferente? Yo me lo he preguntado muchas veces. Y una de esas encrucijadas sigue volviendo a mi mente: aquella vez que casi lo dejé todo para irme a plantar árboles al otro lado del mundo.
La libertad era mi único norte
Cuando pienso en mis primeros años de veintena, veo una etapa en la que el tiempo parecía infinito y las posibilidades se extendían ante mí como un horizonte sin límites. Acababa de terminar el bachillerato, estaba a las puertas de la universidad y me encontraba en ese extraño vacío en el que ninguna obligación importante te ata todavía a nada. No tenía responsabilidades sobre nadie más, no debía explicaciones por mis decisiones, y la famosa "página en blanco" no era una metáfora gastada, sino mi realidad cotidiana.
Esa libertad era tan liberadora como aterradora, porque venía acompañada de muy poca seguridad económica. Prácticamente ninguna, si soy honesta.
Y sin embargo, había algo embriagador en esa escasez: la certeza de que podía tomar cualquier tren o cualquier avión si reunía el valor suficiente para hacerlo.
En ese estado de efervescencia me mudé durante unas semanas a la capital, convencida de que el ritmo de la ciudad grande me daría las respuestas que buscaba. Mientras repasaba ofertas de empleo y acudía a entrevistas, en la pantalla se colaban constantemente esos mundos lejanos con los que había soñado. La idea del voluntariado, especialmente el relacionado con la conservación natural o el trabajo social en continentes remotos, me atraía como un imán. Recuerdo cuántas veces me imaginé en los bosques tropicales de Ecuador, plantando árboles, o ayudando a comunidades en algún rincón perdido de África, lejos de la rutina de siempre.
Llegué incluso a enviar algunas solicitudes. Cada correo electrónico que mandaba me hacía sentir un poco más lejos de la comodidad de casa y un poco más cerca de esa aventura que podría haberlo cambiado todo.
Pero la vida, como siempre, tenía otros planes
Mientras organizaba mentalmente mis viajes al otro lado del mundo, algo inesperado ocurrió en mi vida personal. De forma suave pero decidida, una historia que estaba comenzando a tomar forma me devolvió al presente. De repente importaba la cercanía, la presencia, esa seguridad emocional que prometía una relación que volvía a florecer. Me convencí de que, si estaba escrito, los bosques de Ecuador podían esperar, y que por ahora lo más sensato era apostar por los estudios, aquí, en casa.
"Solo es un pequeño aplazamiento, una decisión inteligente para ganar tiempo... en unos años no me habré perdido nada" — me decía a mí misma, prometiéndome que después de la carrera me lanzaría a explorar el mundo con más experiencia y más recursos.
Lo que vino después fue simplemente la vida, con toda su corriente impredecible y maravillosa. Los seis años que pasé bajo la promesa del "ya lo haré más adelante" se fueron volando sin que me diera cuenta. Mi carrera profesional fue avanzando casi por inercia, encontré trabajos que me dieron crecimiento, nuevas amistades y la libertad que tanto anhelaba, aunque de una forma distinta a la que imaginaba.
Mi relación se convirtió en familia, y antes de que pudiera darme cuenta, habíamos construido un hogar juntos. La imagen de mí misma plantando árboles en Ecuador fue desvaneciéndose poco a poco entre pañales, plazos de entrega y el eterno dilema de qué cocinar mañana. No desapareció porque la olvidara, sino porque fue reemplazada por una felicidad concreta y profunda que antes ni siquiera era capaz de imaginar.
Lo que enseñan los caminos que no tomamos
A veces me pregunto quién sería hoy aquella chica que, a sus veinte años, hubiera elegido el billete de avión en lugar del impreso de matrícula. Probablemente una persona muy diferente, con una vida completamente distinta reflejada en el espejo: quizás más independiente, quizás con más mundo recorrido, pero sin duda sin conocer esa fuerza que hoy sostiene todo lo que soy.
Me reconforta saber que, aunque no fui a plantar árboles al otro lado del planeta, aquí, en mi propio jardín y rodeada de mi familia, también he echado raíces profundas. Porque nuestra vida no se mide por las oportunidades que dejamos pasar, sino por las elecciones que nos convirtieron en quienes somos hoy.











