Nadie sabe más sobre el arrepentimiento que quienes trabajan en cuidados paliativos, a quienes los moribundos confiesan qué hicieron mal en la vida.
Sé fiel a ti mismo
La mayoría lamenta no haber tenido el valor de ser ellos mismos: no vivieron la vida que deseaban, sino la que otros esperaban. Cuando enfrentamos la muerte, miramos atrás y vemos cuántos sueños quedaron sin cumplir. La mayoría cumple menos de la mitad y se dan cuenta de que fue por sus propias decisiones. Es vital que nos aceptemos y persigamos tantos sueños como podamos, porque cuando perdemos la salud, ya es tarde.
Trabajo
Casi todos los hombres moribundos, y cada vez más mujeres, dicen: “Ojalá hubiera trabajado menos.” El ritmo agotador los alejó de sus parejas y les hizo perder la infancia de sus hijos. En el lecho de muerte, se dan cuenta de que eso era lo importante, no el trabajo. Trabajar es necesario, pero este arrepentimiento muestra lo crucial que es equilibrar trabajo y disfrute: nadie en su lecho de muerte desea haber trabajado más.
Expresión personal
“Ojalá hubiera tenido el valor de mostrar mis emociones.” Este es uno de los arrepentimientos más conmovedores. Reprimimos lo que sentimos para mantener la paz o por miedo al rechazo, o para no herir a alguien. Declarar amor o confrontar no es fácil, pero no podemos controlar la reacción ajena. Si nos atrevemos a ser sinceros, elevamos la relación o nos liberamos, y en ambos casos ganamos.

Para eso están los buenos amigos
Muchos lamentan no haber mantenido el contacto con sus amigos. Es triste cuando una persona mayor pide que busquen a un amigo y no pueden encontrarlo. A veces se distanciaron por orgullo o simplemente dejaron que la relación se enfriara. Todos estamos ocupados con nuestras vidas y prioridades, pero en el lecho de muerte, todos lamentan haber dejado morir esas conexiones.
Felicidad
“Ojalá me hubiera permitido ser más feliz.” Esta es la realización más triste. La vida es dura y es fácil quedarse atrapado en la rutina y la comodidad. Muchos temen lo desconocido y no se atreven a superar sus límites. Nos conformamos con una comodidad aburrida y nos engañamos pensando que estamos bien, cuando en realidad no salimos de nuestra zona de confort. En el lecho de muerte, nadie se preocupa por lo que otros piensen; entonces entendemos que debimos vivir plenamente. Escalar esa montaña, ser músico en vez de contable, dejar a una pareja tóxica, correr un maratón, comprar esa casita en Italia o probar el puenting. Frente a la muerte, despertamos a que solo tenemos una vida y la felicidad es nuestra elección.











