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No quiero "llegar a puerto", anhelo otro tipo de amor

Schuster Borka3 min de lectura
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No quiero "llegar a puerto", anhelo otro tipo de amor — Relación

Para muchos, la primera imagen del amor es la tranquilidad: un hogar estable, una rutina diaria predecible, una cuenta bancaria compartida, criar hijos y la certeza de que hay alguien que nunca nos abandonará. No hay nada malo en eso: la seguridad, la confianza y la fiabilidad son pilares esenciales de una relación sana.

Pero para mí, esa no es toda la historia. No quiero vivir como si el amor fuera un destino único, un muelle al que llegamos y desde donde solo queda disfrutar la vista. No quiero que el amor sea para mí una película romántica que termina con el encuentro, porque después ya no habría nada más que contar.

No quiero pensar en mi relación como "llegar a puerto", donde el barco atraca, bajamos las velas y todo está listo. Prefiero un amor que se mueva, respire y cambie constantemente — uno al que ambos aportemos cada día.

Para mí, el amor es una elección activa, no solo un título o un estado. Significa que estoy dispuesto a conquistar a mi pareja una y otra vez: prestarle atención, descubrir nuevas facetas, notar los pequeños cambios que trae la vida. Y deseo que ella también se entregue a redescubrirme — que no solo vea la rutina, sino la posibilidad de lo nuevo. Esta lucha no es una competencia; es un juego compartido donde ambos damos y recibimos.

Para mí, una buena relación es algo vivo: crece, se encoge, brota nuevas ramas, florece y a veces se marchita. Ya sea que cambies de carrera, te conviertas en padre, o que la enfermedad, una mudanza o dificultades económicas lleguen a tu vida — todos esos cambios transforman la forma y el sabor de la relación.

La cuestión no es evitar esos cambios, sino aprender a afrontarlos. Adaptarse no es sumisión pasiva; es atención consciente, conversaciones frecuentes y compromisos constantes. No es agua estancada. Es un barco en un mar tormentoso — y esa oscilación mantiene viva la pasión.

Hay momentos en que es bueno refugiarse en la seguridad — cuando las paredes de confianza mutua nos envuelven y podemos relajarnos. Esos momentos son valiosos; necesitamos descansar, recargar y sentir que tenemos un hogar al que volver. Pero es peligroso que esa calma se convierta en destino final. Si consideramos la relación "terminada", renunciamos a la posibilidad de cambiar, crecer y explorar. Porque el amor que no cuidamos, con el tiempo pierde su color.

No tengo ilusiones perfectas. No espero que la pasión esté presente cada día con la misma intensidad en una relación a largo plazo. Pero necesito que esté ahí, y que aparezca más veces que en modo ahorro. Mi objetivo no es el puerto, ni la deriva — sino un amor donde reescribamos las reglas juntos, aprendamos y no temamos a los desafíos. Y aunque confiemos, también tememos la posibilidad de perdernos. Por eso luchamos cada día para que eso no suceda.

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