Estaba sentada a la mesa de la cocina, la cuchara detenida en el aire frente a la boca de mi hija, y ella gritaba porque no le había puesto delante la taza de la que quería beber. Yo la miraba: ese cuerpecito de año y medio, sudoroso y furioso, y pensé algo terrible. No soporto a esta niña. No que estaba cansada. No que la situación era difícil. Literalmente, que a ella misma no la soportaba.
Esa noche, después de acostarla, me encerré en el baño y abrí el grifo para no oírla si lloraba. Me miré al espejo y pensé qué clase de madre siente algo así. Porque nos enseñaron que el amor es automático. Que en cuanto vemos a nuestro hijo nos inunda una ola cálida e incondicional, y que a partir de ahí hacemos cualquier sacrificio con gusto. A mí no me pasó así.
Cuando me lo pusieron por primera vez sobre el pecho, sentí más pánico que arrobamiento. Pensé que aquello llegaría después. Lo esperé durante meses.
Mi marido, claro, no lo entendió cuando por fin se lo dije, medio llorando y medio enfadada, de pie en la cocina, mientras fregaba los platos. Me dijo que seguro estaba cansada, que aquello no podía ser verdad, que cómo podía decir algo así de mi propia hija. Y en ese instante aprendí una cosa: que aquello no volvería a decírselo a nadie.
No era a mi hija a quien no quería. Era a la mujer en la que me había convertido a su lado
En las reuniones de la guardería sonreía, en el parque la elogiaba por lo bien que trepaba, y en casa a veces cerraba la puerta a mis espaldas y me quedaba de pie varios minutos en la habitación a oscuras, porque no era capaz de mirarla.
A veces le cocinaba, picaba las zanahorias, y mientras tanto mi mente daba vueltas a lo que habría pasado si en su momento hubiera decidido otra cosa. Ese pensamiento me llenaba de una culpa espantosa, pero no podía apagarlo, igual que no se puede apagar una bombilla con solo desearlo una vez que la han encendido.
Hubo una semana, quizá la peor de todas, en la que mi hija cogió la gripe y la cuidé durante tres días casi sin dormir. Le goteaba la nariz, el pijama estaba empapado de sudor, y cuando la cuarta noche se despertó otra vez gritando "mamá, mamá", algo dentro de mí se quebró. No le grité, no le hice daño, solo me senté en el borde de la cama y lloré. Y ella, esa criatura pequeña y afiebrada, gateó hasta mí y se acurrucó en mi cuello.
En ese momento no sentí amor, sino otra cosa: una responsabilidad más grande que yo, que no se podía soltar, ni siquiera cuando dentro de mí no quedaba nada que dar.
Desde entonces han pasado algunos años
No voy a decir que todo se resolvió, porque esta no es una de esas historias en las que de pronto todo encaja en su sitio. Hay días en los que la miro y pienso que es increíble que este ser haya salido de mí, que casi duele mirarla de lo mucho que la quiero. Y hay días en los que vuelve aquella vieja sensación fría, la de que somos dos extrañas compartiendo un piso.
Lo único que he aprendido es que ambas cosas no se excluyen, aunque nadie me hablara de eso antes de dar a luz.
A veces sigo de pie en el baño, dejo correr el grifo y escucho mi propia respiración. Pero ya no me avergüenza tanto tener que parar un momento antes de volver con ella.
¿Es normal sentir que no soporto a mi hijo?
Sentimientos así aparecen en muchas madres, aunque casi nadie los confiesa. Como cuenta este relato, ese rechazo puede convivir con un amor profundo hacia el mismo hijo.
¿Por qué no llega siempre el amor "automático" tras el parto?
La idea de que el amor nos inunda al instante es una expectativa muy extendida, pero no siempre ocurre así. A veces ese vínculo tarda meses en aparecer, y esperarlo puede generar mucha culpa.
¿Puede convivir el amor con el rechazo hacia un hijo?
Sí. La conclusión de la protagonista es precisamente esa: los dos sentimientos no se excluyen, aunque nadie suele advertirlo antes de ser madre.
¿Por qué cuesta tanto hablar de estos sentimientos?
Por miedo al juicio ajeno. Cuando la protagonista lo confesó, la reacción fue de incredulidad, así que decidió callarlo y llevarlo como un secreto vergonzoso.











