Todos tenemos en el móvil la foto de un pueblo colgado sobre el mar o encaramado a una roca, guardada desde hace meses con la idea de ir algún día. Y todos conocemos también a alguien que fue y volvió diciendo que "estaba lleno de gente y no era para tanto". Casi nunca el problema es el pueblo. El problema es que lo visitamos en la peor hora, con prisa y con una expectativa fabricada por imágenes tomadas al amanecer y sin nadie alrededor. Septiembre es el mes ideal para arreglar eso: la luz sigue siendo buena, el agua está templada y el flujo de visitantes baja de golpe en cuanto empieza el curso escolar.
Elegir el momento importa más que elegir el sitio
La diferencia entre un pueblo encantador y un pueblo insoportable suelen ser tres horas. Entre media mañana y media tarde llegan los autobuses, los grupos y las excursiones de un día, y el mismo callejón que a las ocho de la mañana era silencioso se convierte en una cola. Si puedes, planifica al revés que la mayoría: levántate temprano, desayuna en la plaza cuando abren las persianas y reserva las horas centrales para la playa, la siesta, un museo pequeño o la piscina del alojamiento. Vuelve a las calles cuando la luz baja y los grupos ya se han ido.
Dentro de septiembre, los días de entre semana marcan una diferencia enorme respecto al fin de semana, sobre todo en destinos a los que se llega en coche desde una ciudad grande. Y si la fecha es negociable, la segunda quincena suele estar más tranquila que la primera.
Dormir dentro cambia el viaje entero
Dormir en el pueblo, aunque sea una noche y aunque el alojamiento sea más caro o más modesto de lo que te gustaría, es la decisión que más cambia la experiencia. La primera hora de la mañana y la tarde-noche son los momentos en los que un lugar muy visitado vuelve a pertenecer a sus vecinos: se oyen conversaciones desde las ventanas, los bares se llenan de gente que no lleva cámara y las calles recuperan su tamaño.
Si el presupuesto no da, la alternativa es dormir en un pueblo cercano menos famoso y entrar temprano o al final del día. Casi todos los destinos de postal tienen a diez o quince minutos otro pueblo parecido, con la misma piedra y la misma vista, que nadie fotografía porque no salió en ninguna lista.
Ver menos para ver de verdad
La tentación es encadenar cuatro o cinco pueblos en un día para no dejarse ninguno. Es exactamente la forma de no recordar ninguno. Con dos al día, uno por la mañana temprano y otro al atardecer, vuelves con imágenes propias en lugar de con una sucesión de aparcamientos.
Y dentro de cada pueblo, sube. El mirador que sale en todas las fotos suele estar en el punto más accesible; la calle paralela, la escalera que nadie toma y la parte alta detrás de la iglesia son casi siempre las zonas donde vive la gente y donde se come mejor. Un truco sencillo para elegir mesa: mira si hay carta plastificada en cinco idiomas en la puerta o si el camarero está sirviendo a personas que claramente van a volver mañana.
¿Merece la pena ir a un sitio tan fotografiado?
Sí, siempre que ajustes la expectativa: no vas a tener el pueblo para ti, y esa foto vacía que viste se hizo probablemente al amanecer y fuera de temporada alta. Si aceptas eso y organizas tu día alrededor de las horas tranquilas, lo más famoso suele ser famoso por buenas razones. El error es ir buscando reproducir una imagen en lugar de vivir un lugar.
¿Cuántos pueblos puedo ver en un día sin agobiarme?
Dos es un buen número si están cerca, y uno solo es perfectamente razonable si el pueblo tiene cuestas, playa o un casco antiguo grande. Calcula siempre el tiempo real de traslado, aparcamiento y caminata desde el aparcamiento hasta el centro, que en pueblos peatonales puede ser bastante más de lo que marca el mapa. Deja además un hueco sin plan: los mejores momentos de un viaje así suelen aparecer justo cuando no tienes que estar en ningún sitio.











