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Ríete de ti mismo: la mejor respuesta que puedes dar en un momento vergonzoso

Farkas Margaréta5 min de lectura
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Ríete de ti mismo: la mejor respuesta que puedes dar en un momento vergonzoso — Estilo de vida
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Te resbalan los pies en el autobús y de repente todas las miradas se clavan en ti. Saludas efusivamente a alguien en la calle y resulta ser un completo desconocido. O interviens en voz alta en una reunión convencido de que estabas en silencio. Los momentos vergonzosos ocurren, y no hay forma de evitarlos. Lo único que depende de ti es lo que viene después.

El primer instinto es siempre el mismo: quisieras que la tierra te tragara. La cara te arde, el estómago se encoge y el cerebro empieza a reproducir la escena en bucle, a cámara lenta y con todo detalle. Es normal. Pero también es completamente inútil, y casi siempre dura mucho más que el propio momento incómodo. Lo más probable es que la persona que lo presenció lo haya olvidado en cuestión de minutos. Tú, en cambio, sigues dándole vueltas por la noche: qué deberías haber dicho, cómo deberías haber reaccionado, por qué no fuiste capaz de tomártelo con calma. Veamos por qué reírte de ti mismo es, de lejos, la mejor respuesta posible.

Lo que le pasa a tu cerebro cuando te da vergüenza

La vergüenza tiene un origen evolutivo. Los seres humanos somos animales sociales, y nuestro cerebro vigila con una sensibilidad extraordinaria cómo nos perciben los demás. Un momento embarazoso activa en el cerebro algo parecido a haber fallado delante de toda la tribu, y eso se interpreta como una amenaza real. Por eso se dispara de inmediato el reflejo de defensa: la cara se ruboriza, el cuerpo se tensa y la mente busca desesperadamente una salida.

El problema es que en la vida moderna este reflejo reacciona de forma desproporcionada.

Nadie te va a expulsar del grupo social porque se te haya ido el agua por el camino equivocado en una cena, o porque hayas pulsado el piso incorrecto en el ascensor. Y sin embargo, el cerebro lo gestiona como si fuera el evento más grave de tu vida. Además, cuanto más intentas disimular que te has puesto nervioso, más evidente resulta.

Por qué funciona reírse de uno mismo

Cuando te ríes de tus propios momentos incómodos, suceden varias cosas a la vez. Le estás indicando a quienes te rodean que tú mismo ves el absurdo de la situación, y eso disuelve la tensión de forma inmediata. La gente prefiere reírse contigo antes que reírse de ti, y para conseguirlo solo tienes que dar el primer paso.

Un comentario oportuno sobre ti mismo, una sonrisa, un gesto de quitarle importancia… y lo que era un momento vergonzoso se convierte de repente en un recuerdo compartido. Además, le quitas poder al momento sobre ti.

Mientras te lo tomas con una seriedad crispada, ese instante domina tu estado de ánimo. En el momento en que te ríes, eres tú quien controla la situación, no la situación quien te controla a ti. Esto no significa que todo dé igual, sino que eres lo suficientemente fuerte como para no derrumbarte por un tropiezo social. Las personas lo perciben, y encuentran mucho más simpático a alguien capaz de reírse de sí mismo que a alguien que se aferra desesperadamente a las apariencias.

El efecto foco: algo que poca gente conoce

En psicología existe un fenómeno llamado efecto foco. Describe la tendencia de las personas a creer que los demás les prestan mucha más atención de la que realmente les prestan. Cuando te encuentras en una situación embarazosa, sientes que todo el mundo lo ha visto, que todo el mundo lo recuerda y que todo el mundo habla de ello. La realidad es que las personas están fundamentalmente ocupadas consigo mismas: pendientes de su propio aspecto, de sus propias palabras, de sus propios momentos incómodos.

Tu metedura de pata pasa a un segundo plano para la mayoría en cuestión de segundos, porque algo más capta su atención. No es útil saberlo para tomarse las cosas a la ligera, sino porque cuando comprendes de verdad lo pequeño que es ese foco de luz comparado con lo que parece, resulta mucho más fácil soltar el momento y seguir adelante.

Cómo se aprende a reírse de uno mismo

Esto no sale de forma natural para todo el mundo, y eso tampoco dice nada malo de nadie. Si alguien percibe una conexión muy estrecha entre su autoestima y la opinión de los demás, los momentos vergonzosos duelen más, y no basta con decirle que simplemente se ría. El primer paso es empezar a observar cuánto tiempo sigues dándole vueltas a cada uno de esos momentos después de que ocurran. ¿Un día? ¿Una semana? Si es así, vale la pena preguntarse qué protege esa obsesión por revivir la escena.

Porque rumiar un momento vergonzoso casi nunca busca una solución: en el fondo, intenta demostrar que eres mejor que lo que pasó. Y lo cierto es que no tienes que demostrar nada. Lo mejor que puedes hacer es que la próxima vez que ocurra, sostengas la sonrisa un segundo más de lo que te resulta cómodo. Ese segundo es el que, con el tiempo, se convierte en una reacción natural.

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