Paso el día entero frente a la pantalla. No porque no sepa parar, sino porque es literalmente mi trabajo. Gestiono redes sociales, diseño contenidos, vigilo plataformas… y, en ese mismo internet que optimizo para los demás, intento conservar mi cordura.
Es un poco como ser pastelera: te pasas el día horneando tartas y, al mismo tiempo, intentas comer sano mientras no dejas de probar cada receta. No es imposible, pero exige atención. Con los años fui creando unas cuantas reglas a las que me aferro. Sin ellas, probablemente todo esto ya me habría quemado por completo.
Notificaciones: nunca
Las notificaciones están diseñadas para interrumpir lo que estás haciendo y secuestrar tu atención. No es casualidad: es una decisión de diseño deliberada.
Un aviso de Instagram o TikTok casi nunca es urgente, pero el cerebro lo trata como si lo fuera.
Yo las desactivé todas. Mi teléfono está en silencio por defecto, y si quiero mirar algo, abro la aplicación de forma intencionada, no porque la app me llame. Solo este paso ya cambia muchísimo la ecuación: decides si controlas tú el teléfono o si el teléfono te controla a ti.
Elige con conciencia a quién sigues
Por trabajo sigo muchísimas cuentas que jamás elegiría como persona particular. Competencia, clientes, tendencias. Es inevitable. Precisamente por eso mantengo mi feed personal muy limpio y muy consciente.
Ahí solo hay cuentas que de verdad quise seguir, no las que me impone el trabajo. Si alguien te deja de forma habitual una mala sensación —envidia, ansiedad o esa idea de que no eres suficiente—, es motivo más que suficiente para dejar de seguirlo. No hace falta drama ni explicaciones. El feed es tu espacio, no el de nadie más.
La regla de las tres C
Si te pasas el día viendo contenido por obligación, lo último que necesitas es hacer scroll sin sentido en tu tiempo libre. En mi perfil personal solo sigo cuentas que me aportan una de estas tres cosas: cariño, curiosidad o conexión.
Las cuentas que dan cariño me hacen reír, me levantan el ánimo, me dejan una buena sensación. Las que despiertan curiosidad me muestran cosas de las que aprendo algo o que me hacen pensar: «quiero saber más sobre esto». Y las que aportan conexión me vinculan con alguna comunidad, con personas, intereses o valores. Si una cuenta no me da ninguna de las tres, no tiene sitio en mi feed.
Si sientes que las redes te agotan más de lo que te aportan, quizá te interese leer sobre qué pasa cuando dejas las redes sociales durante un tiempo.
Usa el botón de silenciar
Silenciar es una de las mejores funciones que ha inventado nunca la vida en redes sociales. Si el contenido de alguien te deja mala sensación de forma recurrente, no necesitas dramatizar ni justificarte: simplemente lo silencias.
La otra persona no se entera, tú no te sientes mal y dejas de ver lo que no quieres ver. En las relaciones laborales esto es especialmente útil: quizá tengas que trabajar con alguien, pero no necesitas ver su contenido cada día si te irrita o te drena la energía.
La cuenta secundaria
Mucha gente tiene una, y no hay nada de qué avergonzarse. Yo también mantengo una, sobre todo para el trabajo, para que no se mezcle con lo que quiero ver como persona particular. Si miro algo por trabajo, que no me trastoque el algoritmo.
Pero sé que la cuenta secundaria tienta con facilidad a seguir la pista de personas a las que no deberías: exparejas, gente con la que ya no tienes relación, cuentas cuyo seguimiento no te hace ningún bien. Si tienes una cuenta secundaria, trátala como cualquier cosa que sabes que, usada sin medida, hace daño. No hay que renunciar a ella, pero conviene usarla con moderación.
La regla de las 24 horas
Si algo que publicaste recibe de repente muchísima atención —para bien o para mal—, la primera reacción casi siempre es no poder dejar de mirarlo. Es humano. Pero yo me impuse una regla: durante 24 horas puedo mirarlo, responder y seguir lo que pasa.
A partir de la hora 25, lo suelto. Internet avanza rápido, y tú también tienes que avanzar. Lo que el primer día parece enorme, para el segundo casi siempre ha desaparecido.
Ponte un límite de tiempo diario
Esta regla es para mí la más difícil, porque mi jornada laboral y mi scroll de ocio ocurren en la misma plataforma: es complicado saber con exactitud dónde termina una cosa y empieza la otra. Justo por eso configuré un límite de tiempo diario para las apps de redes sociales en mi teléfono personal.
Cuando se agota, el teléfono me avisa. No me bloquea al instante, pero me detiene un momento, y ese momento muchas veces basta para no pulsar el «cinco minutos más» y dejar el móvil sobre la mesa. No lo consigo todos los días, pero la simple existencia del límite ya marca una gran diferencia.
¿Por qué desactivar las notificaciones ayuda a la salud mental?
Porque las notificaciones están diseñadas para interrumpirte y captar tu atención, aunque casi nunca sean urgentes. Al desactivarlas, eres tú quien decide cuándo abrir cada app, en lugar de reaccionar a cada aviso.
¿Qué es la regla de las tres C?
Es un filtro sencillo para tu feed personal: seguir solo cuentas que te aporten cariño, curiosidad o conexión. Si una cuenta no ofrece ninguna de las tres, no merece un sitio entre lo que ves cada día.
¿Silenciar a alguien es lo mismo que dejar de seguirlo?
No. Al silenciar, la otra persona no se entera y sigues teniendo el vínculo, pero dejas de ver su contenido. Es especialmente útil en relaciones laborales donde no puedes dejar de seguir a alguien pero su contenido te agota.
¿Cómo funciona la regla de las 24 horas?
Consiste en darte un margen de un día para mirar y reaccionar a una publicación que recibe mucha atención, y soltarla a partir de la hora 25. Internet avanza rápido y ayuda a no quedarte atrapada en algo que pronto pasará.
¿Sirve de algo un límite de tiempo si no siempre lo cumples?
Sí. Aunque no lo respetes cada día, el aviso te detiene un instante y ese momento suele bastar para no seguir haciendo scroll. La sola existencia del límite ya marca la diferencia.











