Era un martes por la tarde, lo recuerdo porque ese día tocaba la reunión de equipo que ya había aplazado por tercera vez, simplemente porque no soportaba mirar mi agenda. Estaba sentada en la cocina de la oficina, con un café ya frío en la mano, y de repente me di cuenta de que llevaba unos diez minutos mirando fijamente los azulejos que hay sobre el fregadero sin que se me cruzara ni un solo pensamiento. No pensaba en nada. Simplemente estaba vacía, como una batería agotada que enchufas al cargador y aun así no carga.
Antes también había tenido días de cansancio, claro, ¿quién no los tiene? Pero esto era distinto. Por las mañanas me despertaba como si no hubiera dormido nada, aunque había pasado ocho horas en la cama. Una compañera me comentó una vez que últimamente tenía mala cara, y yo solo hice un gesto con la mano: mucho trabajo, se me pasará cuando afloje el ritmo. Me lo repetía también a mí misma, casi a diario: ya descansaré el fin de semana, ya cuando cierre este proyecto, ya cuando llegue el verano. Tenía una lista infinita de esos momentos en los que todo iría mejor.
Aquel lunes concreto
El punto de quiebre llegó un lunes por la mañana, cuando me eché a llorar porque no encontraba mi blusa azul. Por una blusa. Ahí estaba, delante del armario, en pijama, sollozando como si hubiera pasado algo irreversible, cuando en realidad solo era una prenda que seguramente estaba olvidada en la secadora. Mi marido entró a ver qué pasaba y, al verme la cara, no dijo nada: solo se sentó a mi lado en el suelo. Fue entonces cuando pronunció por primera vez en voz alta esa palabra que yo ni siquiera me había atrevido a decirme a mí misma.
No me quemé por trabajar demasiado, sino por no permitirme estar cansada durante meses.
Porque esa fue la mayor trampa. Yo creía que el agotamiento era una especie de colapso dramático, cuando una persona se derrumba en plena reunión o sale corriendo de la oficina entre lágrimas. En mi caso no fue así. En mi caso fue dejar de importarme poco a poco si la comida me sabía a algo. Fue mirar las llamadas de mis amigas en el móvil y volver a guardarlo en el bolsillo, porque no tenía nada dentro que pudiera compartir con ellas. Fue que mis logros en el trabajo, esos por los que antes me habría celebrado con una copa de vino, ahora me afectaban tanto como un correo enviado. Es decir, nada.
Hubo una noche en que una amiga me preguntó cuándo fue la última vez que me reí de verdad, a carcajadas, hasta llorar. Me quedé con el teléfono en la mano y no se me ocurrió nada. No eran semanas, eran meses sin reír, y ni lo había notado, porque mientras tanto cumplía cada plazo, respondía cada correo, preparaba cada cena. Por fuera funcionaba a la perfección. Por dentro, sencillamente, no había nadie haciendo todo aquello.
A mi psicóloga, a quien fui al final solo porque mi marido prácticamente me empujó por la puerta, lo primero que le dije fue que creía que solo necesitaba dormir. Ella me preguntó cuándo había sido la última vez que descansé sin pensar a la vez en las tareas del día siguiente. No supe responder. Fue ahí, en su consulta, cuando caí en la cuenta de que quizá llevaba años sin descansar de verdad: durante el sueño desconectaba el cuerpo, pero la mente nunca se detenía del todo.
No sé decir con exactitud cuándo empezó
Tal vez cuando empecé a sentirme orgullosa de no decir nunca que no a una tarea extra. Tal vez cuando empecé a ver el cansancio como una especie de mérito, como si demostrara lo mucho que me esforzaba. Hoy pienso que el burnout no llega de un día para otro, sino que te va robando de ti misma poco a poco, tan despacio que mientras tanto crees que todo está bien, que solo estás cansada.
Desde entonces han cambiado muchas cosas, aunque no diría que lo he resuelto, porque creo que esto no es algo que se solucione de una vez y para siempre. A veces todavía me sorprendo asumiendo tres proyectos a la vez y contando con orgullo a alguien todo lo que hago. Y entonces recuerdo aquel martes por la tarde con el café frío, y me detengo un instante. No siempre consigo parar a tiempo. Pero al menos ya sé qué buscar cuando empiezo a desaparecer de mí misma otra vez.
¿Cuáles son las primeras señales del burnout?
Según esta experiencia, no suelen ser un colapso dramático, sino un vacío silencioso: despertarse agotada tras dormir bien, dejar de disfrutar de las cosas cotidianas y desconectarte poco a poco de las personas que quieres.
¿Por qué es tan difícil darse cuenta de que una está quemada?
Porque por fuera puedes seguir funcionando a la perfección: cumples plazos, respondes correos, cocinas cada cena. El agotamiento avanza tan despacio que lo confundes con simple cansancio hasta que algo pequeño te desborda.
¿Dormir es suficiente para recuperarse del agotamiento?
No necesariamente. Como muestra este relato, se puede dormir ocho horas y seguir despertando exhausta, porque el cuerpo descansa pero la mente nunca llega a detenerse del todo.
¿Se supera el burnout de forma definitiva?
Según esta vivencia, no es algo que se resuelva de una vez y para siempre. Lo que cambia es aprender a reconocer las señales a tiempo y permitirse parar antes de volver a desaparecer de una misma.











