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Así aprendí a “vivir más despacio” en medio del constante ajetreo

Farkas Margaréta4 min de lectura
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Así aprendí a “vivir más despacio” en medio del constante ajetreo — Estilo de vida
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Recuerdo que antes todos mis conocidos admiraban lo organizada que era. Yo también estaba orgullosa y muchas veces no entendía cómo otros podían llegar tarde, olvidar cosas o simplemente perderse en sus tareas diarias. Todo tenía su lugar, cada día seguía un horario, y sentía que tenía mi vida bajo control total. Pero de repente me di cuenta de que siempre estaba corriendo. Olvidaba cosas, perdía citas, y ya no era esa persona tranquila y organizada que solía ser. Hacía más cosas, pero recordaba menos. Entonces llegó el momento en que dije: basta. Es hora de desacelerar.

Durante mucho tiempo pensé que ir más despacio era señal de debilidad. Que si no estaba siempre activa, me perdería oportunidades, trabajo o experiencias. Pero pasó justo lo contrario. Mientras intentaba abarcarlo todo, perdí mi enfoque, energía y entusiasmo. El ajetreo me agotaba física y mentalmente. Me acostaba cansada, pero sin sentir satisfacción. Mi vida parecía una lista interminable de tareas con casillas siempre sin marcar.

La primera revelación fue entender que “correr” no siempre es moverse

A menudo nuestra mente va más rápido que nuestro cuerpo: desayunamos pensando en el trabajo, trabajamos pensando en las compras, y por la noche repasamos lo que olvidamos durante el día. Nuestros pensamientos siempre van un paso adelante, y esa prisa mental constante es la que realmente agota. Empecé a enfocarme en hacer una cosa a la vez, ya sea una conversación, una comida o simplemente disfrutar mi café de la mañana.

El segundo paso fue dejar el multitasking innecesario

Antes me enorgullecía poder enviar correos, hablar por teléfono y preparar una presentación al mismo tiempo. Ahora sé que eso solo me cansaba y dispersaba. Al separar mis tareas, todo se volvió más sencillo.

Aprendí que ser eficiente no es hacer todo a la vez, sino estar realmente presente en lo que hago. Esa presencia trajo una calma a mi vida que ni siquiera sabía que necesitaba.

El tercer cambio está relacionado con el uso del teléfono

En la era de las redes sociales, casi sin darme cuenta, me descubrí agarrando el teléfono constantemente, desde el primer momento de la mañana hasta la noche cuando quería descansar. El desplazamiento infinito no solo me robaba tiempo, sino también energía. Implementé una regla: por la noche, después de cierta hora, no miro el teléfono. Al principio fue extraño, sentía que me faltaba algo, pero luego lo disfruté más y más. Empecé a leer, a tomar notas o simplemente a sentarme en silencio. Y ahí comprendí lo raro que es hoy en día el silencio verdadero.

También entendí que no todos los planes, reuniones o propuestas laborales merecen mi tiempo. Antes decía que sí a todo por miedo a perderme algo. Hoy sé que decir “no” no es rechazo, sino autocuidado.

Al decir no, en realidad hago espacio para lo que realmente importa. Un paseo, una mañana tranquila o una conversación donde no corro para encajar a alguien en mi agenda, sino que estoy realmente con esa persona.

Vivir más despacio no significa renunciar a mis metas. Al contrario: las veo más claras. Antes solo quería “sobrevivir” cada día; ahora quiero estar presente en cada momento. Me permito días sin productividad, simplemente para ser. Para caminar sin escuchar un podcast o responder correos. Para tomar un café sin pensar en la siguiente tarea.

Hoy sé que desacelerar no es ir contra el mundo, sino a mi favor. No necesito estar en todas partes ni sacar el máximo de todo. Basta con vivir lo que hay. La mayor amenaza del ajetreo no es el cansancio, sino no darnos cuenta de la belleza que nos rodea. Y si algo aprendí en este tiempo, es que la lentitud no es debilidad, sino valentía.

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