La etiqueta de “niño talentoso” es algo que muchos desearían para sus hijos. Yo también fui un “niño talentoso”: entré en programas para potenciar talentos, en grupos selectos de estudiantes, y todos a mi alrededor estaban seguros de que esa etiqueta me abriría puertas y garantizaría mis éxitos futuros.
Pero al crecer, muchos descubrimos que esa etiqueta fue más una carga que una ventaja. La psicología hoy llama “síndrome del niño superdotado” al patrón donde al niño se le alaba no por el esfuerzo o la curiosidad, sino por su talento innato, y donde las altas expectativas se arraigan tanto que afectan silenciosamente la autoestima en la adultez.
El núcleo del “síndrome del niño superdotado” es simple pero traicionero: el niño se acostumbra a recibir reconocimiento solo por su talento, inteligencia o rendimiento.
Eso me pasó a mí: las buenas notas y los logros no solo importaban, sino que se volvieron una expectativa. Cuando sacaba un sobresaliente, no me felicitaban, sino que decían “eso es natural”, porque soy talentoso. Se sorprenderían si sacara otra nota, porque tengo las capacidades, nada debería impedir mi éxito, y si algo falla, es porque no me esforcé lo suficiente — es decir, desperdicié mi talento.
Me tomó años de terapia entender que el niño talentoso, si se le trata así, aprende que debe rendir siempre al máximo porque “es capaz de más”, “es más inteligente”, “aprende más rápido”.
Así, no aprende a luchar, a intentarlo de nuevo, a equivocarse o a fracasar — habilidades que no solo no se premiaban, sino que se consideraban motivo de vergüenza.
De adulto, esto me llevó a no disfrutar mis logros y a sentir vergüenza cuando conseguía algo con esfuerzo y dedicación. Hacía todo para parecer que todo era fácil y que el resultado no importaba realmente — porque me daba vergüenza que algo me hubiera costado, aunque lo hubiera logrado.
Además de consumir mucha energía mantener esta falsa imagen, el miedo al fracaso se volvió paralizante. Si mi valor está en mi talento, en que todo me sale fácil, ¿qué pasaría con mi autoestima si descubrieran que luché con algo? ¿Y si intenté y aún así fallé?
Una de las consecuencias más dolorosas del síndrome del niño superdotado es que nunca experimenta qué se siente no ser bueno en algo y seguir intentándolo.
Ya sea para practicar, mejorar o simplemente divertirse. Por eso, de adulto, cualquier situación con riesgo de fracaso — un nuevo trabajo, aprender una habilidad, un proyecto difícil — se vuelve amenazante.
Porque ya no es el “niño inteligente” quien resuelve, sino un adulto de carne y hueso que no sabe cómo aprender, cómo aceptar sus errores ni cómo superar sus fracasos. No aprendí que equivocarse es parte natural de la vida, sino que es algo que debo evitar a toda costa.
En mi vida, esto funcionó así por mucho tiempo. De joven adulto, esperaba el máximo de mí en todo lo que hacía. Si algo no salía bien a la primera, prefería dejarlo antes que enfrentar la decepción o que alguien descubriera que no soy perfecto.
En mi primer trabajo trabajaba mucho, pero siempre sentía que podía ser descubierto: que no era tan “talentoso” como decían de niño o como pensaba mi jefe cuando me contrató.
Esta inseguridad interna me agotaba; sentía la necesidad compulsiva de demostrarme a mí mismo, mientras me imponía expectativas imposibles de cumplir.
Pero el problema no era conmigo, sino con esa narrativa infantil que ve el talento como un don mágico que solo hay que tener.
En los últimos años he empezado a desmontar esa vieja etiqueta. Estoy aprendiendo que, aunque el talento es genial, nuestro valor viene de intentarlo, perseverar y tener la actitud correcta — y que no todo es una prueba para superar, a veces solo podemos disfrutar lo que hacemos. Y si fallamos, el mundo no se acaba.











