Sonreí al despertar y ver el nombre de nuestra compañera de cuarto en la pantalla del teléfono. No sabía de ella desde hace años, y me alegró su mensaje. Mi vista aún estaba borrosa, apenas podía descifrar las palabras que parecían no tener sentido. Poco a poco, muy despacio, mi mente logró entender la última frase: “¿Vienes al funeral?” Ay, Zita, ¿tenía que enterarme así?
Saqué la caja donde guardo recuerdos que he ido cargando de casa en casa. Fotos, cartas, entradas de conciertos, una pulsera de cuentas. Siempre hacías pulseras de cuentas. Durante toda la secundaria, mi mano estuvo llena de ellas.
Fuiste mi mejor amiga durante tanto tiempo. Crecimos juntas y nos convertimos en personas diferentes, tú y yo, y ese cambio silenció muchas amistades de la infancia. Pero la nuestra no. Nos mantuvimos firmes, conocíamos cada defecto y miedo del otro, sabíamos qué botones evitar y qué palabras necesitábamos escuchar en los momentos difíciles.
Luego apareció un chico que no me gustaba, pero tú estabas enamorada de él, y de repente todo se volvió incómodo, las conversaciones se hicieron escasas, y quizás él dijo algo, o yo dije algo, pero lo cierto es que dejamos de buscarnos.
A veces pensaba en ti, otras esperaba que fueras tú quien escribiera, y cuando no llegó ningún mensaje, ni siquiera cuando nació mi hija, la espina se clavó un poco más y decidí que ya no…
Pero nunca pensé que sería para siempre. La vida siguió, las cosas pasaron, y ni siquiera noté que pasaron años sin hablarnos. Que alguno de los dos dijera: “¿Qué demonios fue eso?” y luego solo nos riéramos y todo siguiera. Ahora estoy aquí, mirando mi teléfono, y debo aceptar que eso ya no pasará.
Estoy enfadada contigo, Zita. No te había guardado rencor hasta ahora, pero ahora sí. Estoy molesta porque no me avisaste, porque tú sabías que ya no había tiempo y no me lo dijiste. Y también estoy enfadada conmigo por creer que aún había tiempo, la suposición más tonta que todos hacemos cada día.
¿Pensaste en mí en esos últimos días? Porque yo he pensado mucho en ti desde entonces. Y nunca para recordar por qué peleamos. Sea lo que sea, ahora me parece tan insignificante.
Pienso en el día que hablamos por primera vez. Cuando ninguna de las dos conocía a nadie, en aquel primero de septiembre cuando entraste al comedor del colegio con esa energía con la que siempre llegabas a todos lados, y luego te detuviste insegura. Yo te recordaba de la inscripción, sabía que seríamos compañeras y te grité que había un lugar junto a mí.
Eso fue todo. Eso bastó para 15 años de amistad, y quizás una frase igual de corta bastó para que terminara. Y solo una malvada sospecha para que todo acabara.
Y ahora mi vida sigue, las cosas me pasan, y ayer, cuando estaba sola en el vestuario del gimnasio, algo brilló a mi lado en el suelo.
Era un dragón hecho de cuentas, montado en un alambre, justo como las figuras que siempre me hacías. Los dragones son los favoritos de mi hija.
Sabía que no te irías sin dejarle algo. Sin enviar un último mensaje.
“No pasa nada” —susurré mientras acariciaba las cuentas entre mis dedos—. “Yo también lo siento. No tenemos que hablar más de esto. Allí arriba volveremos a acostarnos en una litera del colegio, escucharemos Good Charlotte y nunca creceremos. ¿Está bien así, Zita?”











